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Creencias trasnochadas de la Iglesia

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LA IGLESIA CATÓLICA MARCHA EN una dirección y el mundo moderno en otra, y nada lo demuestra tanto como el tema de la planificación familiar.

Tomemos un ejemplo concreto: Filipinas. Éste es el país con la mayor población católica de Asia. La vasta mayoría de las personas, más del 90%, son católicas. En ese aspecto se parece mucho a Italia, y también en otro fundamental: son del mismo tamaño geográfico, alrededor de unas 116 mil millas cuadradas de tierra. Sin embargo, hay una diferencia importante entre Filipinas e Italia, y es el número de habitantes, porque el primero poco menos que duplica la población del segundo. Además, esta brecha crece a diario, porque la población de Filipinas aumenta a una tasa del 1,9% cada año, mientras que la de Italia sólo crece al 0,42%. Y en pocos lugares se siente tanto esta explosión demográfica como en un hospital de la capital: el Dr. José Fabella Memorial, en Manila, donde nacen en promedio unos 100 bebés cada día.

¿Por qué existe este crecimiento desbocado? La prohibición de la Iglesia católica de permitir el uso de los métodos anticonceptivos. En estos días, inclusive, se está discutiendo en el Congreso de la República una ley que le permitirá al gobierno filipino educar a la gente sobre los beneficios de la planificación familiar y, a su vez, facilitar el acceso a los diversos métodos anticonceptivos. La mayoría está a favor de la legislación, pero hay un obstáculo grande y, quizá, insalvable: la Iglesia católica. En efecto, la oposición de la Conferencia de Obispos de Filipinas es tan clara y feroz, que los principales jerarcas de la Iglesia ya han afirmado, públicamente, que de pasar la ley en el Congreso ellos la desacatarán y que, además, excomulgarán al actual presidente, Benigno Aquino III. Así lo dice el padre Melvin Castro: “Aceptar el control de la natalidad es oponerse a la voluntad de Dios”.

Que todavía exista esta mentalidad medieval es grave. Pero que todavía exista con semejante fuerza e influencia, con la capacidad de empujar a todo un país, de manera obstinada e irresponsable, a semejante crecimiento sin control, lo que equivale a condenar a millones de personas a seguir padeciendo la pobreza, la ignorancia y el subdesarrollo, es una atrocidad. Aunque eso no es del todo nuevo. La Iglesia católica ha condenado a millones de africanos a morir de sida debido a su prohibición del condón. Y a pesar de todos los estudios que han demostrado que esa prohibición es criminal, los prelados de la Iglesia insisten en su error y todavía no cambian, oficialmente, de posición. Antes, prefieren que millones se sigan muriendo de sida.

No obstante, el mundo moderno no acepta estas decisiones. Más aún, según el último estudio del Guttmacher Institute, el 98% de las mujeres católicas en los Estados Unidos, creyentes y practicantes, usan métodos anticonceptivos. O sea: la creencia religiosa no es incompatible con las relaciones sexuales, el control de la natalidad ni el uso de los métodos anticonceptivos. Por desgracia parece que los únicos que lo siguen creyendo, como viejos trasnochados y obsoletos, son los altos jerarcas de la Iglesia católica. Y debería darles vergüenza.

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