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El barro y el silencio

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ENTRE JUNIO DE 2008 Y DICIEM- bre del año pasado, dos años y medio que pasé hundido hasta las cejas en la escritura de una novela, dejé de leer (casi) todo lo que no tuviera una relación directa con mi libro y sus problemas, o más bien con la resolución de los problemas de mi libro.

Ahora he comenzado a ponerme al día, a recuperar los libros urgentes que ya estaban haciendo demasiado bulto en mi biblioteca, y uno de los primeros me ha golpeado como un puñetazo y me ha dejado una mezcla curiosa de nostalgia y de rabia y de envidia de la buena. Es El barro y el silencio, de Juan David Correa, una cosa breve de 180 páginas de interlineado generoso y pocas palabras por línea que es, para decirlo de una vez por todas, una de las experiencias más intensas y conmovedoras que me ha dado recientemente la literatura colombiana.

El barro y el silencio comienza haciendo constar lo que no es. No es ficción: no es un cuento sobre la catástrofe de Armero, a pesar de que Correa escribió ese cuento; no es una novela, a pesar de que Correa hizo varios intentos por escribirla. “La tarea de la ficción no es rebuscar y confrontar versiones del pasado para armar un relato, como sí lo es la de la crónica”, escribe Correa: yo no puedo estar más en desacuerdo, pero eso es lo de menos, porque ésta es una de esas frases que son verdaderas en la medida en que dan forma al proyecto del escritor. El proyecto de Correa es, según lo explica, “dar cuenta de una serie de conversaciones que tuvieron lugar gracias a que decidí no escribir una novela”. Las conversaciones, como se imaginará el lector, giran todas alrededor de esos días de horror que vivió Armero en noviembre de 1985. Pero lo que Correa hace con ellas va más allá, mucho más allá, de ese aséptico “dar cuenta”: El barro y el silencio es un libro de estructura inteligente y de honestidad a prueba de bombas, un libro que se las arregla misteriosamente para navegar por las peligrosas aguas de la catástrofe colectiva sin caer en ninguna de las dos trampas opuestas pero igualmente nocivas: la frigidez y el sentimentalismo.

La emoción que sirve como columna vertebral de este hermoso libro se repite de diversas formas en páginas diversas, pero en esencia es ésta: veinticinco años después de que Armero quedara sepultado por el barro, los supervivientes siguen sin hacer el duelo. El pueblo, escribe Correa, “sólo merece imágenes de noticiero cada 13 de noviembre, sin que nadie se haya preocupado por saber qué hacen los que quedaron, en dónde están, que esperan, qué cosas lamentan, cuál ha sido su vida después de la nada”. Correa y su libro quieren llenar ese vacío, remediar esa cruel negligencia de la historia. La catástrofe tocó muy de cerca a Correa, o más bien a su familia; El barro y el silencio es un intento por hacer ese duelo con las herramientas de la memoria, obligando a recordar a quienes han olvidado, mirando el dolor a la cara y luego poniendo todo en palabras. Uno de los entrevistados, al escuchar la lectura que Correa le hace de sus propias declaraciones, dice: “Es la primera vez que me da tan duro. Es la primera vez que oigo mi historia”. Dar sentido al dolor y a la pérdida, o permitirnos comprenderla de mejor manera: eso es lo que hace la buena literatura. Eso es lo que hace El barro y el silencio.

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