Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
/
EL MINISTRO VARGAS LLERAS DA LOS pasos más cautelosos posibles en el tema de las drogas, mientras que su antecesor Fabio Valencia Cossio anda pidiendo premios y medallas por ser el mejor alumno en una asignatura, la prohibición, que habría que borrar del currículo por perniciosa y absurda.
Nuestros dirigentes se ufanan, como en los tiempos jocosos de López de Mesa, porque dizque tenemos autoridad moral para hablar del tema. ¿Y entonces por qué todo lo que sale de las bocas de los responsables del Gobierno son babosadas?
Nuestro primer jugador de póquer se iba entusiasmando el año pasado con el progreso de la Proposition 19 en California, y alcanzó a decir que si allá legalizaban la marihuana, había que repartir la mano de nuevo, pero como la propuesta perdió el presidente siguió rumiando su desazón en silencio.
Ahora surge la Comisión Global de Políticas de Drogas, con una agenda un pelín menos tímida y con adherentes de peso, así falte alargar la lista con miles más. La Comisión enfoca sus esfuerzos sobre todo en el problema de los países desarrollados, donde está la mayoría de los consumidores y de los adictos. Pero ¿qué pasa cuando el adicto es un país, no una persona, y la droga ansiada no es un psicoactivo cualquiera sino el dinero ilegal? Para eso las propuestas no son claras.
Hoy hay en el mundo 250 millones de personas, según un estimativo conservador de la ONU, que consumen drogas ilegales y que para conseguirlas violan la ley de una u otra forma. Pues bien, una ley violada masivamente es casi con seguridad un despropósito. Intentar borrar a la fuerza un mercado de ese tamaño conduce a un colosal desperdicio de dinero que hasta donde yo sé no ha sido bien medido, dado que el costo de ninguna manera se limita a lo invertido directamente en la represión. Los daños colaterales son tanto o más altos.
La argumentación económica de los prohibicionistas sería risible si no fuera la política oficial en medio mundo. Para ellos un éxito consiste en que suban los precios de las drogas al por menor en las calles, sin que se les dé un pepino lo obvio: que así aumenta la rentabilidad de los siguientes envíos. Las carcajadas de los narcos se pueden oír en kilómetros a la redonda.
El expresidente Gaviria, miembro de la Comisión Global, sugiere reducir el tamaño del negocio. ¿Por qué no más bien hacer acopio de audacia, como recomendaba Danton, y acabarlo del todo, como se acabó con el tráfico ilegal de alcohol en 1933 en Estados Unidos? Dicen que el consumo podría aumentar tras la caída de la prohibición, lo que quizá siendo cierto no entraña ningún problema del otro mundo. Tras la legalización se podrían aplicar políticas como la que aplican al tabaco en ciertos países (no en Colombia, donde los cigarrillos son regalados) que combinan altos impuestos con campañas eficaces contra el consumo.
En fin, tal parece que la política más tímida es la que se impondrá y que la Guerra Contra las Drogas se irá extinguiendo muy lentamente. Iluso me parece, en todo caso, pretender que la ONU lidere nada, como hace la Comisión. El cambio tienen que impulsarlo gobiernos dolientes como los de Colombia y México. Ah, y el póquer en este caso no aplica: hay que arriesgarse a perder. Dicho de otro modo, la autoridad moral es para gastársela.
Habría que publicar columnas como ésta u otras parecidas una vez al mes. De malas si nos volvemos cansones.
andreshoyos@elmalpensante.com @andrewholes