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Pánico inducido

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Por regla general, la perspectiva de un giro a la izquierda en cualquier sistema político produce una reacción negativa en el mercado y no sólo en los países en desarrollo.

Las elecciones presidenciales de 1981 en Francia, por ejemplo, causaron un desplome del 20% en la bolsa de valores y la devaluación del franco por el llamado “efecto Mitterrand”.

La comparación más reciente del pánico que se apoderó de los inversionistas en Perú después del triunfo de Ollanta Humala es la elección de Luiz Inácio Lula da Silva en 2002, cuando el temor de que éste abandonara las políticas implementadas por Fernando Henrique Cardoso alimentó la huida de capitales, la caída del real brasileño y el aumento de la inflación. A pesar del mandato que recibió de los votantes para el cambio, Lula tuvo que comprometerse con el continuismo económico mediante señales inequívocas como el nombramiento de un ministro de Finanzas promercado.

De forma similar, Humala ha intentado transmitir un mensaje de tranquilidad sobre su responsabilidad fiscal y monetaria, entre otros mediante una “carta al pueblo peruano” parecida a la emitida por Lula en su momento. Para despejar cualquier duda sobre su metamorfosis política e independencia frente a Hugo Chávez, hizo adicionalmente un juramento de respeto a la democracia y la Constitución.

Más allá del predecible miedo inversionista, las elecciones presidenciales en Perú fueron caracterizadas por un pánico y polarización inducidos como pocas veces en la historia reciente de ese país. Con escasas excepciones, los principales medios de comunicación, las élites económicas y la iglesia, en alianza con la campaña de Keiko Fujimori, buscaron sembrar miedo entre la población sobre la hecatombe humalista, cuya biografía tampoco es digna de un santo. En esta “guerra sucia” las divisiones raciales y de clase que caracterizan a la sociedad peruana salieron también a flote. “Indios de mierda, solamente ellos podrían ser tan ignorantes”, fue tan sólo uno de los eslóganes racistas que se escucharon en referencia al voto por Humala.

No sin razón, Mario Vargas Llosa comparó la elección del próximo presidente del Perú con la escogencia entre el sida y el cáncer. Sin embargo, y por un escaso margen, los peruanos —junto con el escritor— decidieron que la incertidumbre que acompaña a Humala, aunque lejos de ideal, es un mal menor en comparación con el aura de corrupción, autoritarismo e irrespeto por los derechos humanos que acompaña a Fujimori, entre cuyos méritos más destacables —ya que su experiencia laboral es casi nula— está ser hija de un exdictador.

Como difícilmente habría ocurrido en caso de que ganara el fujimorismo, tanto el pánico del mercado como el que se ha inducido en torno a Ollanta Humala constreñirán la posibilidad de que el presidente electo implemente políticas radicales —aún si quisiera— y exigirán el desarrollo de un programa de unidad que atraiga la confianza inversionista y a la vez sane las heridas que existen entre la población peruana. El hecho de que tan sólo 20% de los peruanos esté de acuerdo con el modelo económico actual, a pesar de ser el país de mayor crecimiento en América Latina, apunta a una sola de las deudas pendientes que el “Humala pragmático” tendrá que saldar.

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