Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
/
EL VECINO BRASIL ESTÁ EMPEÑADO en construir la tercera represa maior do mundo, llamada de Belo Monte, con las aguas del río Xingú, en el corazón de la selva virgen amazónica.
La voracidad energética de un país que sobrepasa los 190 millones de habitantes y el derrotero económico de “desarrollo” a ultranza que han trazado sus industriales a través de los políticos los llevaron hace años a concebir esta hidroeléctrica, que hace unos días obtuvo la aprobación y licencia final.
La licencia, como ya lo sabemos los colombianos, fue amañada. Amnistía Internacional y Survival International, que vienen trabajando en el tema, han contado la historia de los 50 mil indígenas del área que serán desplazados por la represa y han acusado graves violaciones a los derechos humanos: los moradores ancestrales de la selva no fueron consultados. La OEA misma envió su documento de protesta, pero el gobierno de Dilma lo devolvió sin abrir el sobre. La construcción de la presa parece inevitable.
La presa del río Xingú, tributario fundamental del Amazonas, inundará 500 km cuadrados de selva y de ahí para abajo no habrá más peces en el cauce. Correrá la suerte de todos los embalses: putrefacción de material orgánico y colmatación acelerada, al igual que Asuán o que Betania. Los habitantes, como en Avatar, verán sus árboles y sus rocas devastados, su cultura en peligro y su subsistencia amenazada. Decir que su terruño va a sufrir una transformación es decir que ellos mismos, sus costumbres, su cosmología y todo su bagaje, sufrirán un cambio radical. La tierra, para ellos, es sagrada. ¿Se justifica sacrificarles seres humanos y culturas a los falsos dioses del progreso?
El planeta es un todo y estamos ligados los unos a los otros. Hacemos parte de una fina urdimbre cuyos componentes son interdependientes, complementarios e imprescindibles. Cada acción individual repercute en el orden cósmico y tiene consecuencias sociales importantes.
Por poner un ejemplo: en los cursos de yoga para apoyar adictos adolescentes, cuando se les menciona la idea de que las células de su cuerpo sienten y resienten cada muerte violenta y cada árbol caído causando un dolor profundo, aunque este dolor no pase por la consciencia, los muchachos abren los ojos como descubriendo una verdad fundamental, a saber, que su adicción no se debe sólo a una perversión individual, pues se trata también de una enfermedad social que los cobija.
¿Qué daño sutil no hará pues en la psiquis colectiva ahogar 500 km cuadrados de un área del globo rica en diversidad? ¿Cómo podrán los indígenas Xingú, nuestros hermanos ancestrales del Jaguar, volver a ser los mismos sin su tierra y su agua? Junto con la selva, estamos también anegando nuestras células.
Da mal ejemplo el vecino. Se queja de que otras naciones interfieren en su libre determinación y en su soberanía, pero está haciendo justo eso con las naciones de su propia selva. Da mal ejemplo al no buscar energías alternativas con la fuerza de este “nuevo” continente, que sirvan para proteger cada árbol de los que tiene fortuitamente bajo su custodia y de los cuales, uno creería, es responsable como son responsables los pulmones de mantener la vida.