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Camino a Grecia

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No obstante el paquete que incluía unos €110 mil millones desembolsables a lo largo de tres años, armado por los países europeos y el Fondo Monetario Internacional hace justamente un año, las noticias más recientes acerca de la encrucijada griega son dramáticas y el rompecabezas, cada vez más espeso.

No obstante el paquete que incluía unos €110 mil millones desembolsables a lo largo de tres años, armado por los países europeos y el Fondo Monetario Internacional hace justamente un año, las noticias más recientes acerca de la encrucijada griega son dramáticas y el rompecabezas, cada vez más espeso. 

Cuatro puntos de fondo. Primero, la deuda pública consolidada (estimada en €348.5MM, 153.7% del PIB) es impagable. Segundo, esa deuda reposa casi totalmente en los balances de entidades funancieras cuyos patrimonios están expuestos a cualquier revaloración. Tercero, volverla pagable requiere recortar sustancialmente los  programas sociales que la generaron. Cuarto, estos recortes y ajustes no recibirán apoyo democrático, al contrario, probablemente impliquen más del tipo de inconformidad tan elocuente en el llamado 15M español. 

La solución al problema fiscal y al potencial riesgo financiero debe seguir incluyendo recortes en el gasto público. Sin embargo, aunque hay que alumbrar al santo, tampoco hay que arrimarlo demasiado a la candela. El santo se puede quemar si las medidas de austeridad, que jamás son bienvenidas ahondan la ingobernabilidad y preciptan el impago. El arte de hacer política pública es mezclar cada cucharada de necesidad con varias gotas de viabilidad democrática.

Pero cuidar la gobernabilidad, como si ello fuera cosa fácil, no resulta suficiente. Otra manera de quemar el santo es imponer programas de austeridad que excluyan diagnósticos sobre los problemas de largo plazo y medidas que los solucionen. Hay quienes proponen, por ejemplo, que Grecia se salga del Euro, asi sea un ratico, argumentando que una maxidevaluación sería maravillosa, entre otras cosas porque licauría la deuda y las obligaciones pensionales. Otros andan proponiendo variantes alrededor del “todos ponen” pirinolero, empezando por esquilmar, pero poquito, a los tenedores actuales.

La nuez está en otro bosque, creo yo. Es claro que la decisión de armar un enorme Estado de Bienestar a lo largo y ancho de Europa, en un contexto de gran movilidad de capitales, tiene sus más para la calidad de vida de millones de personas, y tiene sus menos para el crecimiento económico y la calidad de vida de otros tantos. La presión fiscal asociada con el creciente gasto social, luce irrelevante cuando están entrando capitales y se están valorizando los activos, entre otras cosas porque la moneda única implica que no hay posiblidad de armar líos monetarios en Atenas, razón por la cual las tasas de interés son bajas. Derechos fundamentales como el de trabajar menos horas en puestos inamovibles que paguen bien, jubilarse joven con pensión razonable y presumir gratuidad en servicios como la educación, la salud y la provisión de infraestructura física moderna lucen —en la vacas gordas– completamente viables, se otorgan a manos llenas, y todo el mundo está contento.

La decisión de redistribuir para igualar, muy chévere para los individuos que logran, al menos por unos años, sacarle jugo, tiene, sin embargo, costos. Varios trabajos muestran, por ejemplo,que estas decisiones explican en buena parte por qué el ingreso per cápita en Europa es inferior en 30% al de Estados, por qué está estancado desde hace 15 años.

En Colombia, nuestro creciente lío fiscal no puede comparare, en lo cuantitativo, con el lío griego. Pero yo creo que tienen la misma raíz cualtativa y el mismo tronco existencial. Ante todo —como lo muestra nítidamente la reciente discusión en torno del “carrusel de la salud”— ambos líos surgen de la letal pareja formada por una presunción de gratuidad generalizada, al menos en las clases medias urbanas, y una animadversión pasmosa al ánimo de lucro y a la iniciativa privada. En ambos el “Estado”, ese delicioso eufemismo, es la fuente inagotable de todas las soluciones. En ambos el crecimiento económico es un asunto secundario, de cara al inatajable impulso redistributivo.

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