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Si no fuera porque los anarquistas acostumbran introducir la violencia en sus manifestaciones, las calles de Atenas podrían ver fácilmente millones de personas expresando su indefensión, y su indignación, por el hecho de tener que llevar el peso de las medidas restrictivas de su bienestar que el gobierno se ha visto obligado a adoptar para que el país no entre en quiebra.
Víctima de los malos gobiernos, de los corruptos y de la inclemencia del capitalismo salvaje, los griegos del común están atrapados. Si las nuevas medidas se imponen, como de costumbre, sin tener en cuenta las condiciones de la gente del común, podremos ver situaciones inéditas, de aquellas que se gestan cuando un pueblo se siente sin salida.
Herencia de la mala administración tanto de conservadores como de socialistas, ayudados con muchas ganas por los corruptos y los especuladores, que por años estuvieron de plácemes viviendo la euforia de explotación de oportunidades de enriquecimiento, el proyecto griego de convertirse en un país solvente en todo sentido al interior de la Unión Europea, se vino al traste. La feria del gasto público a costa del endeudamiento irresponsable, para dicha de los prestamistas, dio tanto a los griegos como a los foráneos la impresión de un país que avanzaba raudo hacia niveles de desarrollo y de bienestar nunca vistos.
Cuando la deuda nacional, en silencio, llegó a superar el producto interno bruto, en un proceso que llevaría al nivel de un ciento veinte porciento, se presentó la crisis económica mundial que vino a destapar en el escenario helénico la caja de los males, y como en toda tragedia griega se pusieron en evidencia los factores de una catástrofe de grandes proporciones: el país había excedido, de lejos, los límites de déficit admitidos por la eurozona.
El gobierno socialista de Giorgos Papandreou tuvo que abandonar el programa PASOK que le había llevado meses antes al poder, para dedicarse a la ingrata tarea de buscar reanimadores y rescatistas que pudiesen evitar la quiebra del Estado. Por ese camino llegó muy pronto a las oficinas de los poderosos de la Unión Europea y, como corresponde, al entonces director gerente del Fondo Monetario Internacional. Las fórmulas que de allí salieron ya se conocen: los griegos, todos, menos los muy ricos, claro está, y los que se pusieron a salvo luego del atraco al erario píblico, deberían dedicarse a pagar, con la disminución de sus posibilidades de bienestar, las deudas adquiridas.
Papandreou no se había inventado el problema. Lo había heredado tanto del gobierno conservador inmediatamente anterior, como de gobiernos socialistas del pasado. Todos habían incurrido en los mismos pecados, en mayor o menos proporción, esto es el gasto público desmedido, con el común denominador de la evasión inaudita de impuestos y las prácticas generalizadas de corrupción.
Para los griegos del común, que ahora incluyen no solamente a la gran clase media sino a los sectores mejor educados y hasta ahora pudientes, alejados de las prácticas del gobierno y del gran capital, da lo mismo quién haya hecho qué. Lo cierto es que las medidas les afectan de manera grave. Ya no hay partidos políticos para escoger. Las arcas están vacías y el gobierno tiene que ir de nuevo a buscar otro paquete de ayuda. Lo que implicará medidas aún más drásticas que las de subir impuestos y aumentar la edad de pensión. Para no hablar de el desempleo de alto nivel, que implica el desaprovechamiento de valiosos recursos humanos, reducidos a una condición de improductividad que no les corresponde. Todo lo cual alimenta con abundantes razones la indignación ciudadana.
Aunque no se use, aunque no lo quieran, y aunque no corresponda a las leyes no escritas del mundo financiero, convendría que el nuevo paquete de salvación destinado a Grecia no sólo salve al gobierno, cualquiera que sea, sino que ayude a salvar a la sociedad. Por una vez, que debería ser en realidad la primera de muchas, los grandes decididores deberían tener en cuenta la situación de la gente del común. De lo contrario, nada de raro tiene que una sociedad atrapada termine por ir más allá del disgusto y la indiganción que cunde contra los malos gobiernos y los explotadores de la riqueza ajena, y se sume a los métodos de los anarquistas griegos, que no son todos filosóficamente amigos de la akratía sino que van a la calle a jugarse todo en contra de cualquier forma de opresión.
Vuelve y juega: malos gobiernos, abusos de contratistas y especuladores, corrupción y malversación de fondos provenientes de la riqueza común. El grado de indignación va creciendo por todas partes. Lo que obliga a pensar en profundas transformaciones de sistemas políticos que han demostrado su ineptitud para conducir al bien común.