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Por debajo de las divisiones izquierda-derecha y reformismo-disrupción está la disputa con hegemonías corruptas.
Algunos columnistas están obsesionados con que al Centro Democrático le vaya mal en las elecciones de octubre y usan ese deseo como matriz de análisis, prestándoles un flaco servicio a los lectores. El principal problema de nuestro sistema político es la corrupción, que daña la efectividad del Estado y la legitimidad de sus instituciones. No hay que abundar en la gravedad de este problema.
Venimos de una consulta anti-corrupción en 2018, que tuvo un altísimo resultado, inesperado por varias razones; se hundió otra vez la principal reforma anti-corrupción, que era la eliminación de la lista preferente; el presidente Duque hizo un cambio notable al no dar nueva mermelada, aunque todavía no corrige la que dejó repartida Santos; y vamos hacia unas elecciones donde se puede reelegir la corrupción o no.
Pero a ilustres adalides de la consulta anti-corrupción lo que les importa es que el CD aparezca perdedor en octubre. Una causa más noble o importante, en cambio, es derrotar a las hegemonías político-clientelistas que se han apoderado de tiempo atrás de cientos de administraciones departamentales y municipales a lo largo y ancho del país. Esa merece ser una causa de país liderada por los medios.
Y la manera de adelantar este propósito nacional es sencilla y puede involucrar a muchas instituciones de la sociedad civil sin necesidad de incurrir en apoyos partidistas: vigilar que se cumpla la ley, especialmente los topes de gastos de campaña. Vigilar y meter presión ciudadana y mediática a los propios partidos, a la Fiscalía y al Consejo Nacional Electoral para que afilen los dientes en prevenir, perseguir y judicializar la injerencia ilegal del dinero en el proceso electoral.
Si se logra que la ley electoral no se viole impunemente, las hegemonías político-clientelistas que dañan nuestra democracia van a tener reveses y también los aspirantes sin escrúpulos. Al espíritu cívico-democrático lo primero que le debe interesar es esto. Si se crea la certeza de que perderán el cargo los infractores de la ley, los candidatos íntegros tendrán más ánimo para persistir.
Esto no tiene color político ni orientación ideológica. Ofende profundamente la conciencia cívico-democrática que se pueda repetir la corrupción al elector que hemos visto triunfar en Cundinamarca o Cesar, por ejemplo. La pregunta de si en esos departamentos o en otros va a perder o no el CD es simplemente miope.
La pregunta relevante es si habrá cambio político anti-corrupción. Después, si hay o ganará la coalición de centro-izquierda o la de centro-derecha. Ya hemos probado a darle prioridad a si es derecha o izquierda, con graves costos de toda índole, como en la reelección de Santos en 2014. Ese pésimo ejemplo de dinero a raudales ilegal para elegir impunemente a un presidente en nombre de una supuesta causa correcta lo tenemos que desterrar.
Más relevante o interesante que izquierda versus derecha es si en algunos departamentos, ciudades y municipios se unen para derrotar a las hegemonías de la corrupción. Es un buen dilema que ojalá ocurra para de paso recordarles la prioridad de la democracia a ciertos columnistas con “odio en el corazón”.