Medellín: La ciudad que no vi y que me contaron

Esta es la primera vez que voy a contar una ciudad sin haberla visto. Mejor dicho, voy a hablar de ella a través de la voz de otros, voy a mostrarla desde ojos ajenos. La razón es simple, una de mis semanas laborales más atareadas coincidió con el tiempo que estuve en Medellín y pasé casi toda mi estadía en el Hostel Natura, trabajando desde la computadora.

Panorámica nocturna de Medellín, con el Palacio de Exposiciones en primer plano.  / Cortesía
Panorámica nocturna de Medellín, con el Palacio de Exposiciones en primer plano. / Cortesía

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de estar sentado en la banca de atrás

sin interferir en el mundo para

dejar que la realidad se aquiete

adentro y afuera,

me hacer querer estar

aquí

para siempre”.

Fragmento del poema Las luces de la autopista, de Santiago Rodas

I.

Lo poco que pude percibir del movimiento de la ciudad en la quietud de mi habitación fue el sonido del metro a mis espaldas; de frente, la luz que entraba por la ventana y variaba desde el amanecer hasta el ocaso; de a ratos, las gotas de lluvia que se metían en la habitación para recordarme a Bogotá; y de lleno, el canto de las catitas que funcionaba como un despertador cada mañana.

Admito que dudé en escribir esta crónica. Sin embargo, vi la oportunidad de un nuevo ejercicio y decidí aprovechar que las voces de otros estaban disponibles, estaban ávidas de contar. Algunas veces, el ejercicio de la entrevista suele estar condicionado por tratar de prever la información que pretendo conseguir desde las preguntas; pero en esta ocasión, decidí entregarme a la voz de quienes guiaron mi recorrido por Medellín como quien cierra los ojos y se lanza al vacío.

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¿Puedo dialogar con alguien sobre algo que no conozco?¿Puedo conocer al dialogar? Sí, escuchar al otro me muestra. Medellín es la ciudad que me contaron. Esta gente es la que les va a mostrar y, tal vez, lo que yo escriba es tan solo la sombra de la sombra, un reflejo del contraste en la pared de la caverna. Sin embargo, quiero desplegar Medellín como si fuese un mapa de rutas que realmente hubiese caminado. Quiero contarla para que, cuando me lean, sientan la ciudad como yo la sentí a través de otros: palpable, real, genuina. Quiero que, al contar Medellín en esta crónica, se sienta como lo que sabés que siempre estuvo ahí, a pesar de no haber existido nunca.

II.

Casi al final de mi visita, decido organizar la única mañana que me tomo para caminar y reviso una lista de los lugares que tal vez podría llegar a conocer. Analizando las opciones y las distancias, me propongo llegar hasta Grammata, librería ubicada en la Calle 49b con 75. Al entrar me siento tan cómoda que me quedo un buen rato mirando todo y conversando con los libreros. Para cuando estoy por irme, descubro las escaleras que señalan la continuidad del espacio. El asomarme y sentir la necesidad de subir fue confirmar que ese universo al que me llevan los libros se extendería una hora más y un piso más arriba.

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Subo despacio y veo la entrada de la librería Palinuro. Cuando leo que se autodefinen como un espacio para los libros leídos, entiendo que están destinados a ser parte de la memoria de Medellín. Llego hasta la cima y recibo el primer impacto: si las historias de los libros tuviesen un olor, seguramente sería algo así como la combinación del olor de las casas que habitaron y el de las manos que los sostuvieron. Porque Palinuro no vende libros usados, vende tradición, y eso se siente al recorrer los estantes y descubrir las fotos en las paredes. La tradición de las ciudades se construye desde el recuerdo y la memoria en las historias será la que edifique la identidad de los pueblos.

Una de las fotos en la pared es de lo que fue Palinuro durante varios de sus ya casi 16 años años de existencia, es aquel lugar que me dicen que tenían sobre la carrera Córdoba y la calle Perú. En otra de las fotos se ve un grupo de hombres riendo, celebrando la dicha de embarcarse en semejante proyecto. Avanzo y en la siguiente habitación me encuentro con una muestra de arte. Miro bien y descubro pequeños objetos y detalles en los estantes. Una luz entra por las ventanas y las plantas saludan al sol en una inclinación delicada y silenciosa. Padre e hijo están sentados en el escritorio y me reciben como quien atiende en el living de su casa.

Recuerdo la imagen como si fuese una postal antigua: el señor Luis Alberto Arango me mira y me sonríe, todo en él se ve impecable y tan cálido que siento que no habría posibilidad de ser recibida por otra persona en ese lugar. Su hijo lo acompaña y, al verlo con su boina, siento como si hubiese entrado en una especie de túnel del tiempo. Y esa sensación se hace realidad cuando ambos comienzan a mostrarme la librería. Acompañan mi recorrido por las diferentes bibliotecas que exhiben orgullosas esos ejemplares maravillosos y únicos. Miro bien otra vez, quiero entender de dónde viene la luz que no entra por las ventanas, pero me distraigo con los libros que Luis Alberto me muestra con el entusiasmo de un niño.

Lo veo sacar y volver a colocar los ejemplares con un movimiento tan sutil como si, de repente, el libro se le pudiese escapar de las manos. Y es cuando lo entiendo. Los libros de Palinuro son libros vivos y la luz de adentro viene de ese continuo movimiento, al ser libros leídos y por leer, al ser libros que se tocan, que se desplazan entre las manos y el espacio.

Don Luis me dice que, a pesar de no haber conocido nada de Medellín, no puedo irme sin hablar con Juan Fernando Ospina, el director de Universo Centro. Que si alguien me puede contar la ciudad o parte de ella, es él. Me dice que va a pasarme su teléfono y lo veo sacar una agenda de hojas avejentadas y luego buscar en una serie de tarjetas personales que guarda en una pequeña cajita, ubicada debajo de las fotografías. La agenda está llena y las páginas están cargadas del peso que da el amarillo en el papel teñido por todos los años encima. Busca el número y lo transcribe en un papelito, su letra es tan elegante como él. Insiste en que llame a Juan, me regala el último ejemplar del periódico de distribución gratuita y, como todo buen anfitrión, me acompaña hasta la puerta de su casa para despedirme.

III.

Salgo de Palinuro y lo primero que hago es buscar un lugar para comer. Me doy cuenta de que el tiempo pasó y, de repente, lo que iba a ser una mañana de paseo, terminó por convertirse en medio día. Mientras espero el almuerzo, llamo a Juan Fernando Ospina. Me atiende y me dice que me devolverá la llamada en una hora. Espero y, al rato, concretamos la entrevista para esa misma noche. Me pide si puedo ir hasta allá, hasta la redacción de Universo Centro: “Es que quiero que veas el lugar, que conozcas el parque de los periodistas”. Acepto entusiasmada frente a la idea de salir a conocer algo de la Medellín nocturna y voy hasta el lugar con la liviandad de quien anda tranquilo por las calles de su barrio.

Sin embargo, no es la misma sensación que tengo al llegar. Me acerco buscando la dirección en las paredes de los bares y camino envuelta en un olor rasposo y dulce, una mezcla de marihuana y asfalto. Encuentro el sitio y llamo a Juan, lo descubro atendiendo la llamada muy cerca de mí. Y entonces, lo veo: es un hombre alto, tiene el pelo largo y lo lleva suelto. Va tan holgado y sus movimientos en el bar son tan seguros que vuelvo a sentir que me reciben en una casa.

Me sorprendo de la cantidad de gente en el lugar y en la calle, y es lo primero que le comento mientras me siento y me acomodo para escucharlo. Enseguida, Juan me responde que sí y que “la gente se guardaba muy temprano en los 90´s.”. Al escucharlo decir eso, similar a lo que me pasó en Palinuro, me preparo para viajar hacia atrás en el tiempo. Juan me pregunta qué quiero saber y yo le respondo que simplemente quiero escucharlo hablar, que puede hablar de lo que quiera. Le digo que no se sienta presionado por hablar de la Medellín que todos cuentan y él me responde que sí, que es de esa Medellín de la que hay que hablar.

Me cuenta que, en 1.991, el bar de Mona (y actual antesala de la oficina del periódico) era un espacio para “tomar tranquilos” en donde no existía “ese tipo de miedos”. Lo definió como un “símbolo de resistencia” que, a su vez, era y sigue siendo un “espacio de convivencia para todos”, en donde punks conversan con metaleros y artistas plásticos con periodistas.

Juan me dice que, con el paso del tiempo, “el centro se transformó en un lugar decadente” y que fue entonces cuando el círculo de periodistas de Antioquia reclamó el busto de Manuel de Socorro Rodríguez, ubicado en el centro del parque, alegando que “nada bueno podría salir ahí” y que “en él convivía gente que no le aportaba nada a la ciudad”.

Recuerdo la expresión de Juan al contarlo, abriendo los ojos en un gesto de indignación y sorpresa, diciéndome después: “Nosotros tenemos muchas cosas que decir. Tenemos una voz”. Y esa voz se hizo escuchar por primera vez en noviembre de 2008, cuando apareció la primera edición de Universo Centro que, según él, “es un híbrido, no es del todo periodismo ni del todo literatura”.

Después de tomarnos el primer guaro, Juan me invita a conocer la redacción. Pasamos la barra, los baños, y empezamos a subir por una escalera caracol. Juan sube ágil, pero a mí se me complica un poco el ascenso. De repente, siento la dimensión desmedida de mi cuerpo que no sabe cómo acomodar su metro ochenta sin golpearse. Luego de un poco de esfuerzo, llegamos y me siento en un nirvana: el espacio de esa terraza techada se cubre de plantas grandes y pequeñas que caen generosamente frente a la vista. Al fondo, una pequeña oficina que hace a su vez de depósito, en donde reconozco pilas de ejemplares de diferentes ediciones. Veo pequeños juguetes en los estantes y algunos afiches pegados en la pared.

Hay varios libros apilados que llaman mi atención enseguida. Pregunto y Juan me cuenta que, además de los textos que publican en cada edición, Universo Centro se permite editar libros en donde la cara de Medellín está contada desde la voz del pueblo. Saca el libro de los barrios, lo abre en el medio y me dice: “quisimos dejar una memoria”. Anoté esa frase en la libreta con tinta roja y ahora que la releo para hablar de esto me pregunto cuántas memorias se pueden dejar sobre la misma ciudad, si en realidad se construye desde la cantidad de personas que la recuerdan de vez en cuando porque la habitan o desde los que hacen algo para tenerla siempre presente, aun desde lo fue.

Bajamos al bar para despedirnos y tomarnos el último guaro. Miro la redacción antes de irme y pienso que todo eso empezó con una contestación a una provocación absurda y que, con el paso de los años y el proyecto creciendo, se volvieron, como dijo Juan, un “referente no oficial”. Son esa cara oculta de la luna, ese lugar al que no esperabas llegar pero que el camino te mostró. Y pienso que, tal vez, sea eso lo que le pasa a Juan con Medellín, al escucharlo despedirse, mostrando la palma de las manos, entregándome esa confesión sincera, diciendo: “Medellín no es la tacita de plata. Es la ciudad que recorremos todos los días, en la que vivimos todos nosotros. Este es nuestro hogar, que no es perfecto, pero lo aceptamos así”.

IV.

El día antes de viajar ofrecí el último taller de literatura que dictaría en 2018. Estábamos a fin de año y, mientras me presentaba con los alumnos, se me ocurrió contar que celebraría mi cumpleaños dentro de poco. Me respondieron que ese día, el primero de diciembre, ellos celebran “la alborada”. Quise saber de qué se trata la celebración y me hablaron de una costumbre que nace de la necesidad de encender fuegos artificiales “para ocultar los sonidos de las balas”. Me contaron que ahora hay campañas para celebrar sin ruidos y se me ocurrió pensar en la posibilidad de que una cosa tenga que ver directamente con la otra y que la proporción de balas, algún día, pudiese disminuir junto con la cantidad de pirotecnia.

¿Qué pasa con el miedo que evocan los ruidos? Así como hay buenos recuerdos, también hay malos: en las balas se encarnan los traumas de Medellín. Al hablar de esto, me doy cuenta de que el temor no es ajeno, hace parte de la memoria de todos. Porque la identidad de la ciudad la construyen los que la habitan y la memoria de los que no están. Y, aunque venga de la experiencia de otro, nos identificamos, nos lo apropiamos. Pertenecer es, también, adueñarse de los temores de la ciudad. Convivir con el miedo en Medellín es como aprender a vivir con una sombra: ¿se neutraliza, se incorpora o se olvida?

Al rato de charlar con los alumnos, les hago un comentario sobre la multitud de luces navideñas a nuestro alrededor y una de las chicas me responde: “sí, las luces artificiales son el símbolo de la civilización”. Pienso en lo poco que pude ver de Medellín durante los días que estuve sin habitarla: tanta luz, tanto esplendor civilizado colgando de los balcones, adornando las ventanas, señalando el progreso. Pienso enseguida en esos fuegos artificiales de colores, iluminándolo todo, igual a esas luciérnagas de mentira; y en la palabra “civilización”: ¿Cuánta luz necesitamos proyectar en el cielo para sentir que la noche no termina de avanzar?

Laureles es un barrio en donde conviven pequeños y grandes comerciantes y los edificios tienen nombre. Valentina, una de las asistentes del taller, dijo que Laureles “es como un bosque encantado: difícil llegar y fácil perderse”. Al escucharla, recordaré todo lo que me costó encontrar el lugar en donde estábamos, la sensación de estar perdida en las circulares. Calles envolventes que te hacen sentir que avanzás sobre tus pasos, en círculos, pero que, de alguna forma, te hacen llegar a otro lado, la vida misma.

Recordaré haber pedido indicaciones a tres hombres en una tienda, uno de ellos vestido como mensajero, y recordaré sus referencias: “derecho hasta el McDonald’s”, “doble antes del banco”, “cruzando el semáforo”. Me sonarán igual a cuando las escuché por primera vez: a indicaciones que uno podría dar en un pueblo a un lugareño, no a las que se podrían dar a una extranjera en la segunda ciudad más importante del país. Recordaré ver el cartel de la librería Antimateria y sentir el alivio en los hombros. La tensión del cuerpo que se desvanece al saber que estás llegando puntual, que no te perdiste, que tu sentido de la orientación respondió a la brújula interna que siempre te marca el rumbo y que, curiosamente, sabe hacia dónde tenés que ir.

Algo que me sucedió en la librería y que suele ocurrirme mucho en Colombia por ser extranjera es que me pregunten qué me ha parecido el país, qué me ha parecido la ciudad. Recuerdo haber respondido acorde a mi semana de encierro laboral: que, por lo poco que había visto, sentía que Medellín es una gran ciudad. Valentina me escuchaba seria, como si yo hubiese dicho algo significativo. Tenía el gesto de alguien que masticaba las palabras que acababa de escuchar. Las rumió durante unos segundos hasta que la escuché decir: “Las grandes ciudades se esmeran en conservar y restaurar; pero aquí hay pocas ganas de conservar la memoria de las cosas”.

Ahora, me imagino cómo cayeron esas palabras dentro de nosotros: una caída desplomada, igual al de una piedra grande y pesada que se arroja desde la orilla hacia el fondo del mar. Son palabras densas, oscuras, que avanzan como en cámara lenta, cada vez más y más profundo, hasta chocar con la negrura arenosa. Fernando, el único chico del taller, agregó: “Aquí no tienen miedo a pasar sobre el patrimonio histórico”. Y de repente, todos comenzaron a hablar de aquellos edificios y monumentos que ya no están, que viven en la memoria como fantasmagóricas reliquias. Dudo al escribir esta palabra y me pregunto qué son las reliquias. Pienso hasta que me respondo: son la memoria hecha objeto.

V.

Me cuentan del edificio Coltejer, uno de los rascacielos más importantes de Medellín, que fue construido sobre lo que antiguamente se conoció como el Teatro Junín y el Hotel Europa. La edificación comenzó en 1968 y finalizó en 1972, dejando 175 metros a la vista de todos los ciudadanos. Cuando llegué a Medellín, el taxista lo señaló entusiasmado y comentó sobre la forma de aguja que tiene la cúspide. Luego, al googlearlo, leí que no fue intención del arquitecto, que fue más bien una indicación del gerente de la textilera.

Espero que nadie le cuente esto al taxista, creo que ese entusiasmo por los mitos urbanos no debería morir jamás, ni siquiera por el testimonio de los que tienen el poder de desmentirlos. Pasar sobre los mitos es como pasar sobre la identidad de la ciudad, que tiene derecho a ser tanto verdad como mentira, en la medida que sus habitantes lo decidan.

Recuerdo que el taxista no habló en ningún momento del teatro ni del hotel, habló del avance, de lo próspero de la ciudad. ¿Qué se busca cuando la gente habla del edificio Coltejer sin mencionar al Teatro Junin? Siento que hay una confrontación de la memoria individual y colectiva: ¿qué ocurre cuando notás el paso del tiempo en dejar de nombrar lo que se deja atrás? Y al pensar en esto, me pregunto: qué es lo que yo busco al nombrarlos,  ¿evocar un recuerdo o señalar la importancia del olvido?

Me fui de Medellín pensando en que la historia se revive desde el recuerdo, que termina siendo la ruina de lo que fue; que puede ser tan efímero que desaparecería en cualquier momento, igual a una construcción a punto de derrumbarse. Sabemos que las cosas cambiarán, todo mutará para transformarse en algo más: tanto nuestra vida como la existencia de las ciudades están hechas de pequeñas muertes.

***

Dedico esta crónica a Andrés, quien me mostró esta ciudad con sus ojos mucho antes de viajar. Porque el inmenso amor que siento por él es igual a la experiencia de escribir esta crónica y contar Medellín: un acto de fe, igual a lo que sabés que siempre estuvo ahí, a pesar de no haber existido nunca.

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