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Contra la impotencia aprendida

Paul Krugman
04 de junio de 2011 – 08:00 p. m.

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EL DESEMPLEO ES UN AZOTE TERRIble en gran parte del mundo occidental. Casi 14 millones de estadounidenses están sin trabajo y millones más están atascados en empleos de medio tiempo o donde no se aprovechan sus habilidades. A algunos países europeos les va mucho peor: 21% de los trabajadores españoles está desempleado.

Ni tampoco la situación muestra una mejoría rápida. Es una tragedia que continúa, y en un mundo racional, poner fin a esta tragedia sería nuestra más alta prioridad económica. No obstante, algo extraño ha pasado en la discusión política: a ambos lados del Atlántico surgió un consenso entre la gente poderosa e influyente en cuanto a que no se puede hacer nada ni debería hacerse nada sobre el empleo. En lugar de una determinación para hacer algo sobre el sufrimiento en curso y el desperdicio económico, uno ve una proliferación de excusas para la falta de acción, vestida con el lenguaje de sabiduría y responsabilidad.

Entonces, alguien necesita decir lo obvio: inventar excusas para no volver a poner a trabajar a los desempleados no es ni sabio ni responsable. Más bien, es una grotesca abdicación de la responsabilidad.

¿De qué tipos de excusas estoy hablando? Bueno, hay que considerar el informe más reciente sobre el panorama económico, dado a conocer la semana pasada por la Organización para la Cooperación Económica y el Desarrollo (OCDE). Ésta es, básicamente, un gabinete estratégico intergubernamental; aunque no tiene la capacidad directa para establecer políticas, lo que dice refleja la sabiduría popular de la élite política de Europa.

Entonces, ¿qué tenía que decir la OCDE sobre el desempleo elevado en sus países miembros? “El espacio de las políticas macroeconómicas para hacer frente a estos complejos desafíos se agotó en gran medida”, declaró el secretario general de la Organización, quien apeló a los países a “irse a lo estructural”; es decir, a centrarse en reformas a largo plazo que tendrían poco impacto en la actual situación de desempleo.

¿Y cómo sabemos que no hay espacio para políticas que hagan que vuelvan a trabajar los desempleados? El secretario general no lo dijo y en el informe mismo nunca se sugieren siquiera posibles soluciones a la crisis del empleo. Todo lo que se hace es resaltar los riesgos, como los ven, de cualquier alejamiento de la política ortodoxa.

Sin embargo, ¿quién habla seriamente de la creación de empleos hoy día? No el Partido Republicano, a menos que se cuenten sus llamados rituales a la reducción de impuestos y la desregulación. No el gobierno de Obama, que más o menos abandonó el tema hace año y medio.

El hecho de que nadie en el poder hable sobre el empleo no significa, no obstante, que no se pudiera  hacer algo. Hay que tener en mente que los desempleados carecen de trabajo no porque no quieran trabajar o porque les falte la capacitación necesaria. No hay nada malo en nuestros trabajadores; hay que recordar que apenas hace cuatro años la tasa de desempleo estaba por debajo de 5%.

El núcleo de nuestro problema económico está, más bien, en la deuda —principalmente la deuda hipotecaria— que se acumuló en los hogares durante los años de la burbuja en la década pasada. Ahora que reventó la burbuja, esa deuda funciona como una carga persistente sobre la economía, evitando cualquier recuperación real en el empleo. Y, una vez que uno se da cuenta de que el exceso en la deuda privada es el problema, también se da cuenta de que hay diversas cosas que podrían hacerse al respecto.

Por ejemplo, se podrían tener programas de gestión de obras (del tipo WPA) para poner a trabajar a los desempleados haciendo cosas útiles, como reparar carreteras —que, también, al incrementar los ingresos, facilitarían que los hogares liquidaran su deuda—. Podríamos tener un programa serio de reestructuración hipotecaria para reducir las deudas de los propietarios en problemas. Podríamos tratar de bajar la inflación de nuevo a una tasa de 4% que prevaleció durante el segundo mandato de Ronald Reagan, lo que ayudaría a reducir la carga real de la deuda.

Así que hay políticas que podríamos seguir para bajar el desempleo. Estas políticas no serían ortodoxas, pero tampoco lo son los problemas económicos que enfrentamos. Y quienes advierten sobre los riesgos de actuar deben explicar por qué estos riesgos deberían preocuparnos más que la certeza del continuo sufrimiento generalizado si no hacemos nada.

Al señalar que podríamos estar haciendo muchísimo más sobre el desempleo, reconozco, claro, los obstáculos políticos para seguir realmente cualquiera de las políticas que pudieran funcionar. En Estados Unidos, en particular, cualquier esfuerzo por tratar de resolver el desempleo se topará con un muro de piedra de la oposición republicana. No obstante, eso no es razón para dejar de hablar sobre el tema. De hecho, al volver a revisar mis propios escritos del último año, más o menos, está claro que yo también he pecado: el realismo político está muy bien, pero he dicho demasiado poco sobre lo que realmente deberíamos estar haciendo para resolver nuestro problema más importante.

Como lo veo, los formuladores de políticas se están hundiendo en una situación de impotencia aprendida en cuanto al tema del empleo: entre menos hacen algo sobre el problema, más se convencen de que no había nada que pudieran haber hecho. Y los que sabemos por qué, deberíamos estar haciendo todo lo que podamos para romper el círculo vicioso.

* Premio Nobel de Economía 2008

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