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HACE APENAS CINCO AÑOS LOS ESpañoles vivían –vivíamos- en el mejor de los mundos.
Éxito económico proclamaba el presidente del Gobierno José Luis Rodríguez Zapatero, se había ya –eso aseguraba– superado en renta per cápita a Italia, y Francia y Gran Bretaña estaban a un paso; había comenzado una racha -que al menos continúa- de hazañas deportivas; la relación con América Latina, base de la política exterior de cualquier Gobierno de Madrid, parecía mejor que nunca y la inversión en el mundo iberoamericano producía, todavía en 2007, el 9% del PIB español. Y hoy la península se interroga dolorosamente: ¿habían sido los 25 años anteriores solo un espejismo?
España era uno de los países peor preparados de Europa para hacer frente al tsunami económico que el capitalismo financiero ha desencadenado sobre el planeta. La productividad ha sido siempre inferior a la media europea; las exportaciones, aunque se han diversificado en las últimas décadas, siguen siendo básicamente agrícolas; el turismo ha sido un maná extraordinario, pero ha contribuido a crear un país de servicios que vende lujos modestos a las clases medias del mundo desarrollado a precios competitivos, un tipo de estructura, sin embargo, que depende enormemente de que en Europa occidental haya plata para gastar, y cuando escasea los efectos sobre España son inmediatos; y aún más importante, un sentimiento de ‘nuevo rico’ ha presidido una orgía de endeudamiento con la que los españoles han vivido demasiados años por encima de sus posibilidades. La exigencia vital, tan española, de tener vivienda propia hizo que se disparara la construcción, la ‘economía del ladrillo’, de tal manera que a la hora de las vacas flacas hay 800.000 viviendas sin comprador posible. A un antiguo ministro de Economía de Felipe González, Carlos Solchaga, le oí decir en La Habana lo que a mi juicio mejor define el encantamiento de los españoles consigo mismos: “España ha sufrido un ataque de riqueza”.
Hasta aquí los datos básicos, aquello que inevitablemente ponía a España en situación delicada; pero la mano humana también tiene que ver con la catástrofe. Hace ya muchos años que el espectáculo de la política española es particularmente desagradable. El PP, la derecha en la oposición, practicaba la máxima italiana: Piove, Governo ladro; ocurriera lo que ocurriese, de todo lo que no saliera bien tenía la culpa el Gobierno socialista. Y éste, bajo Zapatero desde 2003, aunque observaba algo más las formas, no podía disimular el desprecio que sentía por sus rivales. España es un país de envidias y odios, atemperados estos últimos por el recuerdo de la Guerra Civil, que prohíbe a los españoles lo que yo llamo la Gran Violencia. Pero España sigue siendo, pese a ello, con Italia y Portugal, el país de menor número de delitos de sangre del mundo desarrollado, aunque eso conviva con una violencia ambiental, una intolerancia de temperamento, una agresividad antropológica que se nota especialmente en la circulación rodada, en las competiciones deportivas, y en cualquier conversación pública o privada. Muchos políticos españoles se odian entre sí, aunque nadie se mate por ello.
El PSOE, en el poder, ha tenido mala suerte. Si el tsunami le hubiera caído al PP, estoy convencido de que la situación sería muy parecida. Pero eso no desmiente que los socialistas podían haber gestionado mucho mejor la crisis. Zapatero es un puritano que quiere a toda costa ser de izquierdas en un mundo que no consiente más que una sola economía, a la que las izquierdas pueden a lo sumo aplicar paños calientes. En el caso español esos paños han sido de carácter libertario: ampliación de los supuestos de aborto, matrimonio entre personas del mismo sexo, y una investigación de los crímenes del franquismo llamada ‘ley de memoria histórica’. Pero el presidente español es el que ha perdido mayor número de ocasiones de tener la boca cerrada en lo que llevamos de democracia, como con su empecinamiento, que duró años, en negar la existencia de la crisis; como cuando decía que había “brotes verdes” en la economía y no cesaba de crecer el número de desempleados; y como cuando apelaba sin cesar al optimismo sin ninguna base objetiva para ello. A mayor abundamiento, la estructura política que se ha dado España, el Estado de las autonomías, aun siendo la única que puede hacer compatible democracia con colectividades como Cataluña y el País Vasco, se ha convertido, sin embargo, en una antología del despilfarro en el mejor de los casos, y de la corrupción rampante, en el peor. El número de empleados públicos se ha desmelenado, y los favores económicos a amigos políticos, vulnerando o contorneando la ley, son el pan nuestro de cada día.
Todo ello explica un fenómeno como el de los ciudadanos ‘indignados’ que se han estado concentrando en las plazas de Madrid y las grandes ciudades españolas. Una protesta que, lamentablemente, se agota en sí misma, carece de ideario conocido, y no pasa de justificada pataleta ante lo mal que van las cosas. Pero que nadie se confunda. Cuando piden “democracia real” no es porque no haya democracia. Muy al contrario, ni en Francia, Italia, o Gran Bretaña tendrían barra libre en la prensa y en la vida pública, en general, los partidarios de la desaparición del Estado como la tienen en España. Protestan y están en su derecho, pero solo porque esa democracia no les da trabajo.
Y así estamos con casi cinco millones de desempleados, un déficit, alimentado glotonamente por las Autonomías, que hay que corregir haciendo sufrir aún más a los que menos tienen; varios años de crecimiento cero o retroceso, que solo en 2011 muestra una tímida tendencia positiva; y un desánimo que ha hecho retroceder la imagen de España en Europa, al tiempo que crea problemas casi psiquiátricos en América Latina, como cuando, a la vista de que los principales partidos en Cataluña, Convergencia i Unió, y País Vasco, PNV y Bildu, se declaran ‘soberanistas’ para no decir directamente que propugnan la separación, tu interlocutor te pregunta, medio asombrado, si se va a romper España.
Y, para terminar, contextualicemos, sin embargo, el desastre. España tiene una renta per cápita de unos 25.000 dólares; el desempleo real es seguramente un 30% menor de lo que las estadísticas indican, a causa de la economía sumergida; el turismo se está recuperando; y la democracia, por mucha indignación que produzca y se muestre ineficaz contra la corrupción, sigue pujante, y nadie teme decir lo que le dé la gana en público o en privado. Como decía un sabio, la situación es desesperada, pero no grave.
* Columnista del diario El País de España