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Hay días de cansancios infinitos, locos y absolutos.
Agotamientos que llegan desde lo más profundo de las entrañas, con las agendas laborales, las exigencias de maridos y amantes, cualquier sistema o todos los impuestos. Y a esto se le suma hacer mercado, negociar con cajeros, vendedores, madres y jefes. Además de la incapacidad para reflexionar, escribir, cocinar o tender la cama, las piernas no responden, los ojos no abren y los dedos no se mueven. El corazón poco vibra e inventar un dolor de cabeza no es solución cuando aquél que comparte almohada busca su instante de gloria.
Y así, día tras día, se nos va instalando el cansancio en cada célula; se va colando entre los sueños y la vigilia y se hace tan pesado como imposible de exorcizar. Un cansancio de siglos que trae las pesadillas de muchos, un cansancio de inutilidades, de irreverencias y de exclusiones odiosas. Aparece también el cansancio por una vida de injusticias, de pocas soluciones y de siempre en lo mismo. Ni la rabia puede existir, porque hay cansancios que llevan en su alma la dosis de un desasosiego manchado de milenios.
En ese instante de absoluta entrega a la sensación de invalidez y de desazón profundo, existe la semilla de un nuevo rumbo y de una magia inaudita de atención. Si hay un instante del que no podemos huir es de este agotamiento extremo. Su existencia obliga a su aceptación, se sobrevive, pero es, a la vez, un momento de transición. Y este colapso, una vez aceptado, permite identificar esos espacios emocionales en los que no queremos estar más, esos escritorios ajetreados a los que no queremos ir más, esas conductas de otros y con otros que no podemos tragarnos más. Primer principio de recuperación. Ese momento es un único instante de luz porque evidencia todo lo que debemos dejar atrás para aligerar el paso, las acciones y la vida.
Ahí, sin esfuerzo en la mitad de lo exhausto, es cuando mirar por la ventana, apreciar una nube, sentir la lluvia y llorar un poco alivian la existencia. También contribuye un pensamiento de gratitud, pero no hay más que hacer sino fluir con este sentimiento mezclado de insanidad y certeza de que el oficio del destino es destrabar los rumbos. Sin duda respirar profundo viene bien, pero, tal vez, lo mejor es un suspiro, un solo suspiro.