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Tenía seis tigres a los que mató con una escopeta, pues lo iban a devorar, y para reemplazarlos se compró 200 palomas y un gato. Tenía una mansión de 15 habitaciones, bodega de vinos, piscina y jardines, y la vendió en 17 millones de dólares para cancelarle a Don King, su antiguo promotor, una deuda de 37 millones. Tenía una flota de automóviles último modelo que cambió por un Corvette, un Pontiac modelo 2000 y una Hummer, en la que suele salir por las noches para tomarse un par de cervezas con viejos y nuevos amigos y una que otra mujer.
Tenía la gloria y la perdió una noche de peleas, sobre un ring, por agarrar a mordiscos a un contrincante, Evander Holyfield, en 1997. Tenía el dinero y lo perdió porque, según él, sus asesores lo timaron. Tenía la vida y el mundo y el futuro a sus pies, y lo pateó todo una y mil veces. Una, y una, y una, y otra vez. Por drogas, por conflictos, por lesiones, por insultar, porque no soportaba a la humanidad, porque, como lo definió su primera esposa, Robin Givens, era maníaco-depresivo, y haber vivido con él fue “una tortura, un infierno y lo peor que hubiera imaginado nunca”. Porque una noche de 1992 fue acusado de violación por Desiree Washington, una reina de belleza, y acabó en prisión. Tenía el boxeo y lo dejó.
“Mike Tyson es depresivo, paranoico e inseguro, tuvo una infancia difícil, soporta un cierto complejo de culpa y lo pasa mal para relacionarse con el género humano. El tipo que terminó con Julius Francis en poco más de cuatro minutos reúne el perfil psicosomático de tantos ciudadanos de a pie, las patologías de un hombre corriente, los datos puntuales de muchas de las personas con las que se cruzará por la calle, cortejado por un puñado de voluminosos guardaespaldas. El boxeo se ha convertido en una terapia para el chico que creció a bronca limpia en la neoyorquina barriada de Brooklyn. Los sentimientos de traición le provocaron un estado de ansiedad, una sensación, descrita por él mismo, de hipervigilancia sobre los acontecimientos que sucedían a su alrededor y sobre las personas que se movían en torno a él. Cambió de managers en junio de 1997, tras emprender acciones legales por una presunta estafa. ‘Me dejaron tirado, gente por la que estaba dispuesto a morir’, rememora” (Informe del Hospital General de Massachusetts sobre el paciente Myke Tyson, luego de que un grupo de psiquiatras lo hubiera tratado durante un mes).
Mike Tyson. De niño abandonado a niño centro de burlas porque no pronunciaba bien las eses. De centro de burlas a jefe de pandillas. Robos, golpes, insultos. De jefe de pandillas a presidiario adolescente en 38 ocasiones. De presidiario a boxeador. Nació el 30 de junio del 66 en Brownsville, Brooklyn, Nueva York. Antes de que cumpliera dos años, su padre, Jimmy Kirkpatrick, se fue de casa. Su madre, Lorna Smith, se hizo cargo de él, a veces a los golpes, a veces a puro insulto, a veces con amor. A los 10 años, Michael Gerard Tyson ya iba por las calles de Brownsville a su antojo. Se peleaba con quien osara llevarle la contraria y se juntaba con lo peor de cada casa. Atracos, escándalos, cerveza. Fue expulsado del colegio y acabó en un centro de detención juvenil, la Tryon School. Allí se lo encontró Bobby Stewart, quien lo metió en el mundo del boxeo. Luego lo tomó Cus D’Amato y lo acompañó por varios años, hasta su muerte. El boxeo comenzaba a salvarlo. En lugar de pegar en la calle, golpeaba sacos de arena y sparrings. En vez de robar, cobraba un salario mínimo, cinco dólares para la comida y algo más.
Los cinco dólares de aquellos tiempos se multiplicaron por miles 10 años más tarde. Tyson se convirtió el 22 de noviembre de 1986 en el boxeador más joven de la historia en convertirse en campeón mundial de los pesos pesados al vencer a Trevor Berbick. De allí en adelante, se transformó en el hombre de hierro, el boxeador más brutal que haya existido jamás, como lo calificó la revista The Ring. “Quiero tu corazón, quiero comerme a tus hijos”, les decía a sus rivales antes de sus combates. Y en cierto modo, lo hacía. Vapuleaba, pulverizaba, hería y fulminaba. Incluso, mordía, como mordió a Holyfield el 27 de junio del 97. Ante todo, odiaba. Odiaba a sus contendores, al público, a las mujeres que no lo amaban, a los periodistas que hablaban mal de él y a quienes no le rindieran pleitesía.
El 11 de junio de 2005 cayó ante un irlandés, Kevin McBride, y decidió largarse para siempre de los rings. Pesaba 105 kilos. Tenía 40 años. Se lo veía lento, sin distancia, sin movilidad, sin la agresividad de otras épocas. “No puedo seguir con esto. No puedo seguir mintiéndome. No voy a seguir arruinando este deporte. Es simplemente mi final. Se terminó”, dijo, y se fue.