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Sin que el orden implique jerarquía, y dejando de lado los debates sobre hombres y mujeres que también revolucionaron la literatura en este lado del mundo, diremos que Mario Vargas Llosa, Gabriel García Márquez, Julio Cortázar y Carlos Fuentes fueron los autores de aquel grupo o fenómeno editorial llamado “Boom Latinoamericano”, y que durante las décadas de 1960 y 1970 hizo que los ojos de distintas latitudes apuntaran a Argentina, Colombia, México y Perú, a pesar de que algunos de ellos para la época ya vivían en Europa.
Un grupo de amigos que se conoció en distintos momentos y lugares, que conforme vieron el alcance de sus obras se comprometieron a seguir impulsando la literatura de este lado del mundo. “El futuro de la novela está en América Latina, donde todo está por decirse, por nombrarse”, le dijo Carlos Fuentes a Mario Vargas Llosa en febrero de 1964, tal como lo señala el libro Las cartas del Boom, que será la base para contar varias anécdotas en este artículo.
Aunque puede considerarse que predominó el llamado realismo mágico -que para algunos surgió en realidad de Juan Rulfo-, al Boom no lo caracterizó una estética o un estilo con unas características en común, sino un proyecto que tuvo precisamente la diversidad de sus voces y que refleja también la pluralidad de América Latina: la novela.
Lo ha dicho Xavi Ayén, periodista español, quien escribió Aquellos años del Boom. En una entrevista para Infobae, declaró: “Es un tema delicado porque cuando hablamos de otros movimientos artísticos-literarios lo que une es una estética común, no sé… Los surrealistas, los románticos, por ejemplo. En cambio éstos no tienen una estética común, aunque actúan como colectivo. Vargas Llosa no es realismo mágico, pero sí hay un rasgo común definitorio y todos lo creían a ciegas: una idea trascendente de la novela. La novela era aquello capaz de expresar la verdad profunda de la existencia humana y no había nada superior a eso. No hay poetas, es narrativo. Un novelista estaba calificado para hablar de los grandes temas de la humanidad. Pero claro, cada uno aplica esa idea de una forma muy distinta, y por eso a la larga hubo peleas”.
Quizá Vargas Llosa fue el que menos utilizó la fantasía y lo mágico en sus obras, lo que no lo hace tampoco menos que García Márquez, Cortázar y Fuentes, pero desde su estilo reconocía de dónde venía esa virtud de los escritores y artistas de este lado del mundo: “Los latinoamericanos somos soñadores por naturaleza y tenemos problemas para diferenciar el mundo real y la ficción. Es por eso que tenemos tan buenos músicos, poetas, pintores y escritores, y también gobernantes tan horribles y mediocres”
La muerte de Artemio Cruz, de Carlos Fuentes (1962); La ciudad y los perros, de Mario Vargas Llosa (1963); Rayuela, de Julio Cortázar (1963) y Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez (1967) son las novelas que aparecen en primer lugar cuando se suele hablar de la vitrina del Boom, aunque haya muchas otras de cada uno de ellos, fueron estas obras las que enmarcaron dos décadas de oro para la literatura latinoamericana.
Los editores de Las cartas del Boom, Carlos Aguirre, Gerald Martin, Javier Munguía Augusto Wong Campos, escribieron en el libro: “La verdad más importante de todas, casi siempre ignorada por los revisionistas de los últimos cuarenta años, es que la novela latinoamericana fue la única literatura del planeta que reaccionó de forma plena a la coyuntura compleja y extraordinariamente fértil de la década de 1960, la época más apasionante desde la de 1920 y, desde las perspectivas política y cultural, el último gran momento utópico de Occidente”.
¿Cómo fue la amistad de Mario Vargas Llosa con Gabriel García Márquez?
Independientemente de la intensidad y la frecuencia, con Fuentes y Cortázar tuvo una amistad de varios años. Con García Márquez también, pero esta duró menos. Alicia García de Francisco contó en un artículo publicado por la agencia EFE, que el colombiano, cuando vivió en Barcelona, se ubicó “en el número 6 de la calle Caponata con vistas a un jardín que le recordaba su Colombia natal y a menos de 50 metros estaba su amigo Vargas Llosa, que alquiló por 16.500 pesetas mensuales el 3º 4ª del número 50 de la calle Ocio, aunque el bullicio le llevó a alquilar también el sobreático, que utilizaba de estudio.En estos dos domicilios, donde vivieron entre 1967 y 1975 (García Márquez) y entre 1970 y 1974 (Vargas Llosa), escribieron sus respectivas novelas ‘El otoño del patriarca’ y ‘Pantaleón y las visitadoras’”.
A pesar de esa cercanía, la ideología política de cada uno empezó a crear diferencias entre ambos. Uno de los episodios bisagra fue el caso del poeta Heberto Padilla, que fue detenido durante 31 días en 1971 por cuestionar el régimen de Fidel Castro. Escritores como Juan Goytisolo, Jean Paul Sartre, Susan Sontag y dos de los miembros del Boom, Carlos Fuentes y Mario Vargas Llosa, entre otros, se sumaron en una carta dirigida al líder de la Revolución Cubana para exigir la liberación del poeta. García Márquez, cercano a Castro, no hizo parte de la misiva.
Pero también está el famoso episodio del puñetazo que el escritor peruano le propinó en el rostro a García Márquez a las afueras de un teatro en Ciudad de México, el 12 de febrero de 1976. Como bien lo dijo Vargas Llosa, “eso se lo dejo a los biógrafos”, y muchos han hablado de las razones por las que el autor de La fiesta del chivo o de Conversación en la catedral le pegó al autor colombiano, pero lo cierto es que ninguno de los dos aclaró nunca por qué se dio ese hecho que terminó de reafirmar el rompimiento de una amistad entre ambos.
A pesar de lo sucedido, quedaron varios momentos como evidencia de una amistad y de un compromiso entre ambos por impulsar la literatura latinoamericana. Uno de ellos quedó registrado en el libro Dos soledades. Un diálogo sobre la novela en América Latina, que recoge la conversación que ambos tuvieron en la Universidad Nacional de Ingeniería de Lima entre el 5 y el 7 de septiembre de 1967. Sin embargo, quizá el documento que más reafirma el respeto y la admiración de Vargas Llosa por García Márquez es la tesis de doctorado del peruano en la Universidad Complutense de Madrid, en 1971, y que luego se convirtió en libro: García Márquez, historia de un deicidio, un ensayo en el que en más de 600 páginas analiza la obra de Cien años de soledad.
En ese libro, entre muchas otras cosas, Vargas Llosa cuenta cómo se conocieron, y confiesa que llegaron a planear escribir una novela a cuatro manos sobre “la guerra tragicómica” entre Colombia y Perú, ocurrida en 1931. Incluso, una carta de Gabriel García Márquez a Vargas Llosa, escrita el 20 de marzo de 1967, da cuenta de este plan: “La coincidencia del burdel me ha inspirado una idea que tarde o temprano tendremos que llevar a cabo tú y yo: tenemos que escribir la historia de la guerra entre Colombia y el Perú. En la escuela nos enseñaron a romper filas con un grito: “¡Viva Colombia!, ¡abajo el Perú!”. La mayoría de las tropas colombianas que mandaron a la frontera se perdieron en la selva. Los ejércitos enemigos no se encontraron nunca. Unos refugiados alemanes de la Primera Guerra Mundial, que fundaron Avianca, se pusieron al servicio del Gobierno y se fueron a la guerra con sus aviones de papel de aluminio”.
Además de relatar cómo se conocieron, el Nobel de Literatura de 2010 dijo sobre García Márquez en Historia de un deicidio que: “Entre todos los rasgos de su personalidad hay uno, sobre todo, que me fascina: el carácter obsesivamente anecdótico con que esta personalidad se manifiesta. Todo en él se traduce en historias, en episodios que recuerda o inventa con una facilidad impresionante. (…) Al contacto con esta personalidad, la vida se transforma en una cascada de anécdotas”.
Así fue la relación de Vargas Llosa con Julio Cortázar
Julio Cortázar fue el ángel y el puerto seguro para varios escritores que llegaban a Europa, pero sobre todo a París, a buscar también en esas tierras fértiles los espacios indicados para seguir con su oficio. A García Márquez lo recibió y lo apoyó en su llegada a la capital francesa, y con Vargas Llosa hizo también lo propio. Fue el argentino que se hizo querer por todos, como lo dijo el Nobel colombiano en un sentido texto cuando Cortázar falleció el 12 de febrero de 1984.
Incluso, la única foto que existe donde están Cortázar, Fuentes, García Márquez y Vargas Llosa, es del 15 de agosto de 1970, en el estreno de El tuerto es rey, del escritor mexicano, en Bonnieux, minutos antes de dirigirse a la casa del autor argentino. En esa ocasión también estaban otros narradores como Juan Donoso y Juan Goytisolo.
Vargas Llosa y Cortázar se conocieron en París en 1958, mucho antes de que cada uno publicara el mismo año las novelas que los catapultarían a nivel internacional. Los años en la ciudad de las luces y el concepto del peruano sobre el autor de Rayuela quedaron también registrados en La trompeta de Deyá, un perfil que Vargas Llosa escribió sobre el argentino y que se le dedicó a Aurora Bernárdez, que fue la pareja de Cortázar.
“Durante los años sesenta, y, en especial, los siete que viví en París, fue uno de mis mejores amigos, y, también, algo así como mi modelo y mi mentor. A él di a leer en manuscrito mi primera novela y esperé su veredicto con la ilusión de un catecúmeno. Y cuando recibí su carta, generosa, con aprobación y consejos, me sentí feliz. Creo que por mucho tiempo me acostumbré a escribir presuponiendo su vigilancia, sus ojos alentadores o críticos encima de mi hombro. Yo admiraba su vida, sus ritos, sus manías y sus costumbres tanto como la facilidad y la limpieza de su prosa y esa apariencia cotidiana, doméstica y risueña, que en sus cuentos y novelas adoptaban los temas fantásticos”, escribió Vargas Llosa.
El 13 de junio de 1962, Cortázar le envía una carta a Mario Vargas Llosa en la que le cuenta que ha culminado su lectura de La ciudad y los perros: “Querido Mario: anoche acabé de leer tu novela, que me ha conmovido profundamente. Tengo mucho que decirte sobre ella y quisiera verte pronto para charlar”.
Años después, cuando Vargas Llosa publicó La casa verde (1967), Cortázar le escribió y le comentó: “Quizá te moleste este tono un poco exaltado. De acuerdo, bajaré el registro y te hablaré profesionalmente, sin olvidar las críticas que se me ocurren y sobre las que volveremos a hablar cuando nos veamos. Pero como también me ocurre que la novela me interesa profesionalmente, hay algo que tengo que decirte de entrada y sin el menor regateo: en el plano técnico, La casa verde es maravillosa. Yo no sé si alguien ha empleado ya el recurso que utilizas de los flashbacks incorporados a la acción en presente; no recuerdo ningún ejemplo, y pienso que lo has inventado”.
La amistad de Vargas Llosa y Carlos Fuentes
Si hubo alguien que demostró con acciones su interés en impulsar la literatura latinoamericana y aprovechar su época dorada, ese fue Carlos Fuentes. Así como Cortázar cumplió el rol de reunir y amparar a los escritores de este lado del mundo en París, Fuentes fue el encargado de mover cielo y tierra para que tanto su obra como la de sus amigos y colegas tuviera una buena recepción y cada vez una mayor acogida en otras latitudes.
Cuando Fuentes murió, Vargas Llosa reconoció: “Empezó esa labor en los años sesenta, cuando España y América Latina estaban desde el punto de vista cultural muy distanciadas la una de la otra. Creo que lo que hizo por acercar, vincular a estos dos mundos fue enorme y también una de las muchas cosas que tenemos que agradecerle”.
“En estos 50 años fuimos siempre buenos amigos, una amistad que nunca nada empañó. Era, por una parte, un escritor muy comprometido con su trabajo, incansable en sus proyectos literarios, y, por otra, una persona mundana, gran viajero, muy amigo de sus amigos y gran promotor de la literatura en nuestra lengua”, aseguró el peruano el 15 de mayo de 2012, día en el que falleció Carlos Fuentes.
Ese mismo año, el peruano recibió el Premio Carlos Fuentes y recordó a su amigo diciendo que “el talento literario era inseparable del encanto personal: era ameno, culto y políglota y tenía amigos por doquier”. Asimismo, en la ceremonia afirmó: “Se ha dicho que ‘La ciudad y los perros’ fue la primera novela del boom, pero debe concederse que fue ‘La región más transparente’, que apareció en 1958, cuatro años antes de la mía”.
Sobre La ciudad y los perros, el 29 de febrero de 1964, Carlos Fuentes le dijo a Vargas Llosa por medio de una carta que: “Acabo de terminar La ciudad y los perros, y me cuesta trabajo escribirte y saber por dónde empezar. Siento envidia, de la buena, ante una obra maestra que, de un golpe, lleva la novela latinoamericana a un nuevo nivel, y resuelve más de un problema tradicional de nuestra narrativa. Hablaba con Cohen en Londres y coincidíamos en que el futuro de la novela está en América Latina, donde todo está por decirse, por nombrarse, y donde, por fortuna, la literatura surge de una necesidad y no de un arreglo comercial o de una imposición política, como tan a menudo sucede en otras partes. Ahora, al leer una detrás de la otra El siglo de las luces, Rayuela, El coronel no tiene quien le escriba y La ciudad y los perros, me siento confirmado en este optimismo: creo que no hubo el año pasado otra comunidad cultural que produjera cuatro novelas de ese rango”.
Acto seguido, el 7 de abril de ese año, Vargas Llosa le respondió: “Es imperdonable que todavía no haya contestado tu carta, tan generosa y conmovedora. Me ha emocionado profundamente todo lo que dices de mi novela, y vez que me siento deprimido, la releo como quien se toma un estimulante. Yo también creo que el foco neurálgico de la narración está hoy en América Latina y que ahí tienen que nacer la energía, los mitos, los procedimientos capaces de salvar el género, que aquí en Europa todos parecen decididos a liquidar de un modo o de otro”.
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