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La muerte de un monstruo

El autor e ilustrador, más conocido por su trabajo en libros infantiles, falleció a los 83 años.

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Los monstruos comenzaron a crecer en su cabeza desde pequeño. Eran los familiares lejanos que lo visitaban mientras estaba enfermo, algo que se convirtió en una suerte de ocupación durante su niñez. Pero también eran sus padres, “locos que vivían vidas desesperadas”, quienes nunca supieron, al menos no públicamente, que uno de sus hijos, el ilustrador, era gay.

Los monstruos se hicieron más grandes y grotescos, pero fueron dominados por Max, que retornó a tiempo a casa para la cena en Donde viven los monstruos, libro publicado en 1963 y que instalaría a Maurice Sendak como referencia obligada de la literatura infantil, incluso contra su voluntad. “Yo escribo y alguien más dice que eso es para niños”, dijo, en palabras elegantes, durante una entrevista. En otra respondió con un bofetón: “Me niego a mentirles a los niños. Me niego a servirle a la mierda de la inocencia”.

A pesar de unas primeras críticas negativas, Donde viven los monstruos fue objeto de un ascenso vertiginoso en la escala de los afectos infantiles. Los héroes ya no brillaban y las historias no destilaban una moral acomodada, moraleja obligada que finaliza con un tantán al final de la pieza: eran relatos fantasiosamente reales y monstruosamente bellos.

Sin embargo, no sólo se trataba del relato. Sendak era un dotado narrador de historias, armado de un talento gráfico que, entre otros reconocimientos, lo hizo merecedor del Premio Hans Christian Andersen.

“El señor Sendak lamentaba con frecuencia que se le rotulara como ilustrador y no como un artista a secas”, escribió Derick Dreher, director del Museo y Biblioteca Rosenbach, en Estados Unidos, el lugar que contiene la mayor cantidad de obras de Sendak. Más allá de los libros, el trabajo de este autor se extendió al diseño de escenarios y vestuario para teatro y ballet. Donde viven los monstruos ha sido adaptado para la ópera y el cine; en 2009 el director Spike Jonze estrenó una película basada en este libro.

Sendak asegura que está “loco” y que, de no ser así, su trabajo no sería tan bueno. Así se lo dijo al periódico inglés The Guardian el año pasado en un diálogo cargado de sarcasmo, pero también de una cierta oscuridad, un quejido emanado de la soledad que le legó la muerte en 2007 de su compañero, el psicólogo Eugene Glynn.

Algunos de sus críticos lo acusaron de irreverente, un hombre inteligente, pero vulgar. Sin embargo, su maledicencia no era más que conciencia plena de la oscuridad de la condición humana. Sus personajes, ninguno el lugar común cuando se habla de literatura infantil, poblaron más de 100 libros y 22 de éstos estuvieron en la lista de los más vendidos del diario The New York Times; 17 millones de personas han adquirido Donde viven los monstruos.

En cierto sentido, la visión, la distorsión creada por este artista y sus dibujos, ha logrado capturar el corazón de varias generaciones de niños, especialmente porque su autor no pretende entregar alegría, paz y amor, sino una historia verdadera, cargada de bellas ilustraciones. De la misma forma que otros grandes relatos, Sendak creó un mundo y logró que los demás lo siguieran hasta allá sin hacer promesas ni grandes discursos en el camino hacia el lugar en donde viven las cosas salvajes.

 

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