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¿Se puede ganar una liga sin ser el mejor equipo?

Sí. Se puede. La Juventus lo acaba de hacer el fin de semana pasado. Y mientras tanto, son miles los que se han montado al bus de Gasperini con el Atalanta. ¿La Champions permitirá un milagro, así no sea el mejor equipo?

Torino (Italy), 26/07/2020.- Juventus' supporters celebrate after winning the Serie A title (Scudetto) for ninth consecutive season in Turin, Italy, 26 July 2020. (Italia) EFE/EPA/TINO ROMANO
Aficionados de la Juventus, que ganó su noveno Scudetto consecutivo
Foto: EFE / Tino Romano - EFE/EPA/Tino Romano

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La Juventus acaba de demostrar que se puede ganar una liga sin ser superior. Fue campeón de la Serie A con dos fechas de antelación tras su victoria frente a la Sampdoria. Ganó 2-0, un resultado con el que se puso a 7 puntos al Inter, el segundo clasificado, haciéndose matemáticamente inalcanzable.

Y si bien nos alegramos por Cuadrado —siempre es bueno que uno de los nuestros triunfe en Europa— queda la amargura de que, nuevamente, el título fue para la Juve. Queda la amargura de que ya son nueve veces consecutivas. Queda la amargura de que, una vez más, ningún equipo de menor prestigio pudo dar el golpe, dar la sorpresa, tumbar al campeón de siempre. Antes se acercó el Napoli de Sarri, y esta vez, tanto el Inter, como la Lazio, como el Atalanta, se quedaron cortos.

No ha sido bueno el año de la Juventus. ¿Pero, cómo, si acaba de coronarse campeón? Y sí, pero este año se quedó sin la Coppa Italia y perdió la Supercopa italiana. Además, en especial tras el parón, ha mostrado un fútbol muy regular, incluso viéndose superado en el campo recurrentemente. Hoy por hoy nadie lo da como candidato para la Champions.

El mediocre nivel del equipo, sin embargo, es apenas normal. La Juve venía de cinco años consecutivos con Massimiliano Allegri al mando. Tras la llegada de Sarri en el verano, la adaptación al juego del nuevo entrenador iba a ser, naturalmente, complicada.

El cambio de técnico dejaba espacio para que en esta temporada hubiera una sorpresa, porque la Juve, no obstante todas sus figuras, tendría baches, bajonazos, periodos de irregularidad. Seguro habría malas rachas y titubeos. El Napoli parecía el favorito para destronarlos, pero decepcionó a todos tras un comienzo de temporada horrendo, que resultó en la destitución de Ancelotti. Luego emergió el Inter de Conte, que pareció imparable por un tiempo, pero a partir de enero se vino abajo. Nos ilusionó la Lazio de Inzaghi, que contra todo pronóstico se metió de lleno en la pelea por el título, pero la pausa por la pandemia no le vino nada bien, y dejó también escapar la oportunidad de hacer historia.

No nos quedó más que creer en el Atalanta.

Se ha hablado mucho de la temporada de los de Gasperini, y realmente queda poco por decir. Una directiva que apoyó al entrenador y su proceso. Que le dio tiempo. Un club humilde que creció gradualmente, y este año terminó de explotar. Un grupo de jugadores, como el ‘Papu’, como Muriel, como Duván, que eran apenas buenos y hoy son estrellas en Europa. Una clasificación histórica a la Champions, la primera desde que el club existe. Una goleada portentosa al Valencia, 8-4 global y el boleto a cuartos de final. Un estilo de juego ultraofensivo, valiente, audaz. Un equipo que ataca siempre y hace mil goles y siempre quiere más. Un modesto club de Bérgamo que juega el mejor fútbol del sur de Europa.

Y este Atalanta, que hacía milagros en Champions pero era irregular en Italia, de forma silenciosa, con cautela, de pronto se coló entre los primeros tres clasificados del torneo; y hace tres semanas se presentó como candidato serio al título: si vencía a la Juve, quedaría a tan sólo seis puntos de los de Sarri, a falta de cinco juegos.

¿Qué sucedió en ese partido? Vamos sin matices: el Atalanta le pasó por encima a la Juve. Fue abismalmente mejor, le pegó un baile descomunal. Y aún así empató. Empató por dos penales en contra que Ronaldo inevitablemente cambió por goles. Empató porque la Juve tiene siete mil años de historia y jerarquía, tiene un fuego sagrado superior, un poder mitológico que no iba a permitir que lo humillaran en casa. Empató porque el pobre Muriel, que jugaba un gran partido, metió la mano donde no debía. Y empató porque el fútbol es injusto. Desgarradoramente injusto.

Lo cierto es que el Atalanta merecía la Serie A. Perdió el título en el primer semestre, porque un par de desconcentraciones significaron derrotas frente al Torino, el Cagliari y el Bologna. Partidos que no debió perder. Partidos que, de haber ganado, le habrían dado los nueve puntos que hoy significarían el campeonato.

El Atalanta, hoy, es más que la Juve. En realidad, es más que casi cualquiera. Juega mejor, marca más goles, se ve más trabajado, y, si bien no suma nada, es más divertido de ver. Ya miles nos hemos montado al bus de Gasperini. Definida la Serie A, hinchamos por el Atalanta en Champions como si hubiera sido nuestro club toda la vida. Ojalá el PSG tenga un mal día. Ojalá, en semifinales, el Atlético o el Leipzig no muestren mucho. Ojalá le falte suerte a cualquiera que le toque al Atalanta en la final. La Juve es nuevamente rey de Italia porque el fútbol no es de merecimientos. Pero qué hermoso sería si sí lo fuera.

 

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