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La expedición, el 2 de abril, de la muy anunciada política arancelaria de los Estados Unidos ha sido la noticia mundial más importante de las dos últimas semanas. Fue presentada por el presidente Trump como “el día de la liberación”, con dos objetivos concretos: promover la actividad productiva de su país y responder a los gravámenes inequitativos que, según su visión, habían impuesto otras naciones a los productos estadounidenses. En el mensaje público de la Casa Blanca se presentó como una forma de “recuperar nuestra soberanía económica”.
Esta decisión ignoró los compromisos arancelarios asumidos por Estados Unidos ante la Organización Mundial de Comercio, así como los múltiples tratados de libre comercio que ha firmado. Dejó de lado también la competencia del Congreso de Estados Unidos para decretar los aranceles y usó, una vez más, las normas que le permiten intervenir al presidente en materia arancelaria por motivos de seguridad nacional. Es curioso que se pueda utilizar dicha justificación para una norma tan amplia.
En términos cuantitativos, se estima que el arancel promedio estará en torno al 20 % o un poco más, el nivel más alto en más de un siglo. Constituye un regreso a la tradición proteccionista que caracterizó a Estados Unidos desde su independencia hasta comienzos del siglo XX, pero rompe con el hecho de que fue también el país que promovió acuerdos mundiales de comercio después de la Segunda Guerra Mundial, con el Acuerdo de Aranceles y Comercio (GATT), que se firmó en 1947, y la creación de la Organización Mundial de Comercio, en 1995.
La política adoptada discrimina notablemente por países. Aunque el principio anunciado de “aranceles recíprocos” debería haber tenido en cuenta los aranceles a los cuales estaban sujetos los productos estadounidenses en los distintos países, los decretados están basados más bien en el cálculo, para cada país, del balance comercial de Estados Unidos dividido por las importaciones provenientes de ellos.
El arancel más alto fijado el 2 de abril fue para China: 34 % más dos aumentos anteriores del 10 % y los niveles previos. En este sentido, siguió la tendencia que había comenzado durante la primera administración de Trump y continuó durante la administración Biden. Sin embargo, sorprenden los altos aranceles decretados para otros países asiáticos, incluidos tres aliados fundamentales en Asia oriental –Taiwán (32 %), Corea del Sur (25 %) y Japón (24 %)—, y la India (26 %). Son, además, particularmente elevados para otros países de Asia oriental –sobre todo Camboya (49 %), Laos (48 %), Vietnam (46 %), Myanmar (44 %), Tailandia (36 %) e Indonesia (32 %)– y del sur de Asia –notablemente Sri Lanka (44 %) y Bangladés (37 %)—.
También sorprende el 20 % que se decretó para la Unión Europea. Representa la agudización de la crisis de la Alianza Transatlántica que se inició con el acercamiento a Rusia en torno a la guerra de Ucrania, que ha sido la relación geopolítica más importante para Estados Unidos después de la Segunda Guerra Mundial. En el caso de otros países europeos, hubo una preferencia por el Reino Unido (10 %), Noruega (15 %) y Turquía (10 %), pero otros fueron castigados, especialmente Suiza (31 %) y algunos países de Europa oriental –en particular Serbia (37 %) y sus vecinos—.
En torno a preferencias regionales, conviene resaltar la que tienen los países de Oceanía, Australia y Nueva Zelanda, que quedaron con un 10 %. También los de la península arábica, aunque no sus vecinos del norte (Siria con 41 % e Iraq con 39 %). Sorprende que Israel —su aliado más importante en Oriente Medio— haya quedado sujeto al 17 % y no a la tarifa mínima del 10 %. Por su parte, el grueso de los países africanos quedó con el arancel preferencial, con la excepción de Sudáfrica (30 %) y sus vecinos –Lesoto (50 %), Botsuana (37 %) y Angola (32 %)—, Madagascar (47 %) y algunos del norte de dicho continente –Argelia (30 %), Libia (28 %) y Túnez (28 %)—.
Pero, sin duda, la región más favorecida fue América Latina, ya que para el grueso de los países estará sujeto al arancel básico del 10 %. Además, ni Canadá ni México fueron afectados por las nuevas medidas, aunque sí por los aranceles a la industria automotriz, el acero y el aluminio (todos del 25 %) y sobre estos países se mantiene la amenaza implícita del 25 % que se ha decretado pero pospuesto en dos ocasiones. De hecho, Estados Unidos amenazó de nuevo a México con el argumento de que no está cumpliendo el tratado de aguas firmado entre ambos países en 1944.
Cabe anotar que las normas arancelarias mencionadas tienen algunas excepciones, que son importantes para varios países, que incluyen productos energéticos (petróleo, gas y carbón), farmacéuticos, semiconductores y minerales estratégicos (cobre, litio y tierras raras).
Los efectos de la nueva política de Estados Unidos son graves. Con las medidas de retorsión que han adoptado o podrían adoptar los países afectados, se ha iniciado una verdadera guerra comercial mundial. Se estima que el comercio internacional se reducirá en un 20 % y que obviamente la Organización Mundial de Comercio ha entrado en una crisis profunda.
La medida ya adoptada por China, anunciada el 11 de abril, de aplicarle a Estados Unidos un arancel del 125 %, es la reacción al que afectará sus exportaciones a ese país, del 145 %. China también ha anunciado que prohibirá la exportación a Estados Unidos de tierras raras y que más de una decena de empresas estadounidenses serán consideradas “entidades poco confiables”, lo que significa que no podrán hacer negocios en el gigante asiático ni con empresas de ese país.
La Unión Europea también anunció que podría aplicar un arancel del 25 % para varios productos estadounidenses e incluso podría gravar los servicios que exportan las empresas de Estados Unidos hacia sus miembros, aunque también ha hecho una oferta de un comercio de manufacturas libres de aranceles. Canadá ya había respondido con un amento de aranceles para productos de su vecino, como reacción a los del acero, el aluminio y la industria automotriz.
La respuesta de 75 países ha sido de solicitar una revisión de los aranceles decretados. Se ha señalado que Estados Unidos ya está en negociaciones con dos de ellos, Japón y Corea del Sur. Pero ante la avalancha de solicitudes de revisión y los efectos adversos sobre los mercados financieros a los que me referiré más adelante, el Gobierno de Estados Unidos anunció el miércoles 9 que suspendería la aplicación de las nuevas normas por 90 días, aunque manteniendo el altísimo arancel para China, los aplicados al acero, el aluminio y la industria automotriz (con excepción de los insumos provenientes de Estados Unidos) y el mínimo del 10 %. La Unión Europea también anunció que esperará esos 90 días para activar sus acciones de retorsión.
El mundo estará atento a qué pasará después de la pausa de 90 días e incluso si ese período se utilizará para que Estados Unidos negocie con un amplio grupo de países. Eso confirmaría una de las visiones sobre el presidente Trump según la cual sus anuncios de políticas económicas que afectan a otros países son un instrumento de negociación. Esto ya se había hecho evidente con los aranceles decretados en dos ocasiones con México y Canadá, que se suspendieron con el compromiso de esos países de controlar el tráfico de fentanilo y la migración irregular del primero de ellos.
En caso de aplicarse las normas tal como fueron decretadas, habría cambios significativos en el comercio mundial. Afectarán obviamente las exportaciones que hacían todos los países a Estados Unidos, cuya demanda total de importaciones se reducirá, además, en forma significativa. Otros cambios en los flujos de comercio se relacionan con China, que tendrá una demanda de productos agrícolas y mineros que ya no se importarán de Estados Unidos y podrían beneficiar a algunos países, incluidos los latinoamericanos. Pero un tema complejo es el de los productos que el gigante asiático no podrá exportar a Estados Unidos e intentará vender en otros mercados, que se agregan a los excedentes de manufacturas que ya tenía. Esto podría dar lugar a medidas adicionales de protección contra los productos chinos que ya aplican varios países y que en varios casos se podrían adoptar como medidas contra el dumping. Pero, sin duda alguna, la política arancelaria de Estados Unidos generará el interés de muchos países de negociar con China nuevos acuerdos comerciales, con lo cual el gigante asiático podría tener a la postre algunas ganancias en esta guerra.
Habría también cambios en el origen y destino de los flujos comerciales de muchos otros países. En el caso latinoamericano, algunos analistas han señalado que la discriminación positiva que tendría la región podría ser una oportunidad para desplazar del mercado estadounidense a países que quedaron con aranceles más altos y de participar en mayor medida en cadenas de valor en las cuales hay un dominio de Asia oriental y México. Pero, en todo caso, las exportaciones que ya hacían hacia Estados Unidos resultarán perjudicadas.
También habrá efectos significativos sobre las inversiones internacionales relacionadas con empresas multinacionales que han hecho inversiones en otros países para exportar a Estados Unidos y, en general, sobre las cadenas internacionales de valor que se habían venido desarrollando durante las últimas décadas. Una de las industrias más afectadas será, sin duda, la automotriz, incluyendo el comercio de Canadá y México con Estados Unidos. Sin embargo, es posible que Estados Unidos logre concentrar en su país una mayor parte de dichas cadenas.
Si finalmente se consolida esta política, afectará, sin duda, el crecimiento económico mundial y ciertamente el de los países que tenían a Estados Unidos como el principal destino de sus exportaciones. También se predice que la economía de ese país experimentará una desaceleración y quizás una recesión. Algunos de sus sectores productivos se verán muy afectados, en particular el agropecuario, por las menores ventas a China. Además, se acelerará su inflación, tanto por los mayores precios de los bienes de consumo que importe como, aún más, por los aumentos en costos de producción de los insumos importados por muchos sectores productivos.
El pesimismo que esto ha generado se ha reflejado en la fuerte caída de las bolsas de valores del mundo entero, el aumento del precio del oro y la caída de los precios de algunos productos, entre ellos el petróleo. La decisión del miércoles 9 de suspender las normas arancelarias dio lugar a un fuerte rebote de las bolsas de valores que se revirtió parcialmente el jueves. También han dado lugar a bajas en los precios de los bonos del Tesoro y el aumento de las respectivas tasas de interés.
Pero, ante todo, la economía mundial ha entrado en un período de incertidumbre con pocos antecedentes. La comparación que se hace es con el fuerte aumento de la protección adoptada por Estados Unidos en 1930, que agudizó la llamada Gran Depresión. La comparación no es demasiado rigurosa, porque esa crisis tuvo su origen en el colapso financiero, especialmente del de la Bolsa de Valores de Nueva York en 1929. Pero, más allá, la pregunta de fondo es cuál será la economía mundial que veremos con el fin de la globalización y, sobre todo, con la enorme polarización que se genera entre los dos países más importantes del comercio mundial.
* Profesor de la Escuela de Asuntos Internacionales y Públicos de la Universidad de Columbia. Publicado por Radar Latam 360.
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