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Así formaba la selección Argentina en aquella final del 25 de junio de 1978: en el arco: Ubaldo Fillol (5); en la línea defensiva: Luis Galvan (7), Jorge Olguin (15), Daniel Passarella (19) y Alberto Tarantini (20); en el medio campo: Osvaldo Ardiles (2) y Americo Gallego (6); en el sector ofensivo: Daniel Bertoni (4), Mario Kempes (10), Leopoldo Luque (14) y Oscar Ortiz (16). En el segundo tiempo salió Ardiles al 65′ para darle paso a Omar Larrosa (12); igualmente, en el 74′ salió Ortiz para que ingresara René Houseman (9).
El estadio Monumental de Nuñez fue el lugar propicio para que la selección de Argentina creara un recuerdo con el mismo nombre de la cancha en la que jugaron. Un 10 que salió goleador del campeonato y un estilo de juego auspiciado por César Menotti que combinó la gambeta de las calles latinoamericanas con la intensidad del fútbol europeo.
El fútbol fue un pequeño salvavidas para la imagen del gobierno argentino en aquel entonces. Muchas dudas recaen sobre el primer título que logró la selección albiceleste en 1978 por la posible influencia del general Jorge Videla en el desarrollo del Mundial, especialmente en el partido que Argentina disputó con Perú en la última jornada del Grupo B en la segunda fase del certamen.
En aquel entonces la organización del mundial se dividía en tres fases: la primera constaba de cuatro grupos compuestos por cuatro equipos; los dos primeros clasificaban a la siguiente ronda; en la segunda fase quedaban dos grupos de cuatro equipos; el mejor de cada cuadro pasaba a la final.
Argentina y Brasil eran los favoritos en un grupo que también contaba con Perú y Polonia. Brasil le ganó a Perú por 3-0 y Argentina venció a Polonia 2-0 en la primera jornada. En la segunda fecha se dio el encuentro directo de las dos potencias del fútbol latinoamericano. Un partido sin goles terminó por confirmar que todo debía definirse en la última jornada. Los partidos entre Brasil vs. Polonia y Argentina vs. Perú debía jugarse a la misma hora. Sin embargo, el compromiso de los anfitriones se realizó después de la victoria de Brasil por 3-0. Los locales tenían que ganarle por cuatro goles o más a los peruanos para quedarse con el pase a la final.
El general Videla ingresó al camerino de los peruanos minutos antes de comenzar el partido. Si bien en los primeros minutos se disipó cualquier duda con la presión y una llegada de riesgo de los visitantes que pegó en el palo, el resultado final de 6-0 a favor de Argentina, más el hecho de no haber jugado al mismo tiempo del partido entre Brasil, dejó un sinsabor en la atmósfera y muchos siguen hablando de un Mundial que sirvió como estratagema de la dictadura para mejorar su imagen y olvidar que, en el transcurso del mismo, hubo cerca de 50 desapariciones de ciudadanos argentinos y que estuvieron asociadas con la persecución y represión estatal.
En el documental La historia paralela, Estela de Carlotto, presidenta de las Abuelas de Plaza de Mayo, dijo que»Mientras se gritan los goles, se apagan los gritos de los torturados y de los asesinados».
El contexto que rodeó al Mundial no fue el adecuado. Tan difícil fue deambular entre la alegría de una Argentina que se acercaba a su primer título y unas calles vigiladas y silenciadas por tantas desapariciones y secuestros que se realizaron en la Escuela de Mecánica de la Armada, – a menos de un kilómetro del estadio Monumental-, que para quienes fueron protagonistas de aquel triunfo inolvidable -ante una Holanda que repetiría el subcampeonato y que ya no contaría con Cruyff en sus filas-, sería difícil demostrar que cada partido se ganó con la convicción con la que trabajaban desde el camerino cada vez que leían en el tablero la letra de Pizzarotti que decía cuantos días faltaban para ser campeones del mundo.
El Gráfico, que por años se consolidó como un medio deportivo que instauró el fútbol como una narrativa literaria, recopiló en su artículo Argentina 1978 las palabras de dos referentes de aquella selección y su molestia por los señalamientos de la dictadura en el torneo: “El equipo lo había elegido para jugar en base al conocimiento técnico y la capacidad de los jugadores que eran muy dotados técnicamente. Y elegimos como recuperación de la pelota el esfuerzo colectivo desde la ocupación de espacios. Y cuando teníamos la pelota, que Dios ayudara a los rivales porque la mayoría de los jugadores estaban capacitados para gambetearse a un tipo como si fuera una silla. Por eso me da bronca cuando le ponen un manto de sospecha o me dicen que recibimos ayuda de los militares”, contó Menotti.
Daniel Bertoni, que marcó el tercer gol en la final contra Holanda, también manifestó su molestia: “Me da bronca que nos desmerezcan por algo extrafutbolístico, es injusto. Nosotros nos rompimos el culo adentro de la cancha jugando contra equipos durísimos. No merecíamos eso. Yo era futbolista. No era ni militar ni montonero. Que el Mundial se usó como cortina de humo puede ser, pero eso pasó siempre”.
Lo cierto es que ese 25 de junio sería uno de los días más extraños y a la vez más alegres para la Argentina. Sin un Diego Armando Maradona que empezaba a ampliar su voz y su figura, la selección albiceleste lograba llegar a una final de un Mundial después de 48 años. Su rival: una naranja mecánica que podía destruir al contrario con su intensidad de juego.
Un partido confuso, sin mucho orden. Un gol con una definición forzada, casi que desde el suelo. El pie de Mario Kempes que dejaba huella como goleador de ese mundial. Un 10 que encarnaba una de las filosofías de Menotti: “Se puede dejar de correr, o dejar de entrar en juego durante largos minutos; lo único que no se puede dejar de hacer es de pensar”.
Una Holanda que se resistía a ser subcampeona otra vez. Que encontró el empate en el minuto 59 del segundo tiempo con el ingreso de Dick Nanninga, que también fue encontrando su juego, pues en la primera parte se había extraviado entre imprecisiones y festejos de los anfitriones del mundial.
Todo a la prórroga. La hinchada empieza a jugar también un papel relevante. Aunque la sed de gloria está por encima del cansancio, los gritos y alientos de quienes habitaron las gradas empujaron a una selección que sabía que la historia estaba en sus botines. La agilidad de Kempes para eludir rivales, la suerte que también lo acompañó tras un disparo que atajó el arquero Jan Jongbloed, y que en el rebote quedó de nuevo en el poder del 10 para empujar el balón al fondo del arco en el minuto 105, y volver a levantar los brazos mientras del corazón surgía su sexto grito de gol en el campeonato acercaban a Argentina a su primera copa del Mundo.
Un gol de Daniel Bertoni en los últimos cinco minutos del partido sentenció una alegría que pudo significar un alivio para los que vestían de militares dentro y fuera del estadio. Esa gesta, que no tendría por qué legitimar la barbarie de aquellos días, fue un paréntesis de esperanza y de júbilo para el pueblo argentino.
“Mis goles no eran para (el exdictador Jorge) Videla, sino para la Selección. Nunca jugamos para los militares en el poder. (…) Lo que hacíamos dentro de la cancha no era para que los militares sacaran pañuelitos y festejaran. Era para que Argentina consiguiera el título de campeón del mundo que nunca había logrado, a pesar de tener muy buenas selecciones y los mejores jugadores”, afirmó Mario Kempes, goleador y figura de aquel Mundial del 78 en una entrevista del diario Página/12.