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El año que viene cumplirá un siglo de fallecido el poeta Gabriel Escorcia Gravini, nacido, humillado, muerto e inmortalizado en Soledad, Atlántico. La lepra lo carcomió desde sus 15 años y lo mató a los 29. Pasó media vida oculto en una mazmorra acondicionada en el patio por su familia. Así se salvó del leprocomio.
No se salvó de la ruina corporal ni del desprecio de una enamorada ni del asco con que quemaron sus papeles con poemas, para evitar el contagio. El sarcasmo quiso que, ya muerto, consiguiera perpetuidad. Con su nombre, un dibujo mural de su cara y un fragmento de su obra más conocida está rotulado el abuelo cementerio soledeño.
Entrando, a mano derecha está la tumba. Lástima: sus seguidores la forraron con cerámicas azules y grises que desentonan en el concierto blanco de aquellos camposantos de pueblo donde se siente que los difuntos están a gusto. Claro, Soledad hoy es ciudad de 700.000 personas, pegada al sur de Barranquilla y cercana al aeropuerto Cortissoz.
En vista de que le prohibían salir de día, se escapaba de noche al sitio que más le evocaba su estado, el cementerio. Allí compuso La gran miseria humana, 30 estrofas de décimas espinelas, cada una con diez versos octosílabos. ¿Espinelas? Sí, ese era el apellido del músico y poeta de Murcia que a fines del XVI sistematizó esta forma de hacer poesía con aritmética en las rimas.
En las sabanas de la Costa los juglares campesinos, que hoy siguen haciendo décimas, se aprendieron de memoria esos versos fieros y sombríos. Pasaron 50 años y en una noche de parranda el compositor Lisandro Meza escuchó la retahíla, invitó a otra botella y se llevó el tesoro. Le compuso música, en 1975 la grabó con su voz y acordeón. Un cajero la acompasó.
Es la canción vallenata más larga de la historia: diez minutos, y eso que Meza omitió varias estrofas. Letra y melodía son un mantra, una letanía, un lamento de amor y muerte. Los costeños dicen que si alguien la baila completa, asegura el amor de la mujer atendida.
En El Espectador del pasado 3 de marzo, a propósito de los bailes de esqueletos del carnaval currambero, la filósofa barranquillera Sara Martínez Vega emparentó La gran miseria humana con la lírica medieval sobre la muerte. A su juicio, la obra de Gravini “es una suerte de danza macabra caribeña”. Se asemeja a la expresión estética de bardos, pintores y teatreros europeos que a veces metían miedo y a veces invitaban a gozar de los placeres, antes del fin.
En sus versos, el poeta de Soledad destapa su pena dándole voz a una calavera con la que dialoga: “Yo soy el cráneo de aquella / a quien cantaste un día / poemas que no merecía”. Lo reta a un duelo insensato: “Contesta, cráneo vacío, / ¿qué se hizo tu poderío?”. Y desfallece al final: “Y la calavera audaz dijo al verme correr / Aquí tienes que volver / y calavera serás”.
A pocos metros en diagonal del nicho de Gravini, golpea la vista el nombre tajante de otra difunta: Teotista. Cuentan los entendidos que, en noches de misterio, el poeta la convida a una danza no tan macabra.