Los ucranianos que se comieron a sus hermanos

“Polka para tres mujeres con hambre” es la obra de teatro que se escribió pensando en el exterminio ucraniano ocurrido entre 1931 y 1934.

“Polka para tres mujeres con hambre” fue interpretada por Manuela Muñoz, Merly López y Jeannette Parada. / Camila García.
“Polka para tres mujeres con hambre” fue interpretada por Manuela Muñoz, Merly López y Jeannette Parada. / Camila García.

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Para Stalin, el autoproclamado “hombre de acero”, Ucrania era la única nación que podría ocasionarle problemas. El dictador soviético mandó soldados comunistas a retener los granos, el pan y a destruir las villas de los campesinos ucranianos para despedazar el optimismo y las ideas del pueblo. “Se debe recuperar Ucrania antes de perderla por completo”, declaró.

Los destrozó sin armas ni bombas, no necesitó cámaras de gas ni usó un horno: los mató de hambre. Ordenó que se requisara el pan y se decomisaran los granos, las patatas y el cereal. Los forzó a trabajar sin pago, los cansó y a los rebeldes los llamó “enemigos del Estado” y los masacró. Ideó una ley llamada Protección a la propiedad del Estado, en la que se estableció que “no se le otorgaría ningún tipo de amnistía a los culpables de robar propiedades del Estado”. Sus pretensiones de independencia las redujo a la miseria y los sometió a comerse las hojas de los árboles, la carne de los perros, la basura, la tierra, y, cuando ya no quedó nada, a que se comieran entre ellos.

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Polka para tres mujeres con hambre fue escrita pensando en esos días. Entre 1932 y 1933 ocurrió una de las mayores hambrunas sistemáticas, ocasionada por una “política de exterminio deliberada”, que planeó Stalin para no perder el control de una nación que tenía el potencial de emanciparse.

El holocausto ucraniano aún no es reconocido por el total de la comunidad internacional, y se habla de que la propaganda occidental ha inflado la cifra de víctimas a 10’000.000. Es imposible saber el número real de mortalidad porque los documentos en los que se registraron los hechos fueron quemados, pero se estima que se acercó a 2’000.000 de personas.

La obra narra la historia de tres mujeres moribundas a causa de enfermedades terminales, pero, sobre todo, del hambre. Relata cómo fue la vida durante el Holomodor (muerte por hambre) que padeció Ucrania. Su piel pegada a los huesos y sus vidas rasgando lo último que quedaba de sus músculos para permanecer. Eran tres personas que olvidaron los escrúpulos y que, entre melancolía, nostalgia y desamparo, se acompañaron esperando a que un gato apareciera para despellejarlo, o que alguna carreta con muertos de hambre o fusilados pasara por su cambuche para comprar algo de carne. Se reían y entre la hostilidad de su realidad bailaban polkas. Se contaban sobre sus viejos amores, seguramente muertos en combates o abaleados por intentar robar un grano de maíz. Después de aguantar mucho y recibir poco, los principios, la moral y el pudor se desvanecieron. Los límites se los llevó el vacío profundo en el estómago, la debilidad y la sed. Con paciencia, aguardaron por la primera que murió, y la prepararon para servirla en las tazas destartaladas y rayadas con las uñas.

Una puesta en escena para enfrentarse con el momento en el que las barreras se disipan y la humanidad se intercambia por la infamia, lo grotesco y la vulnerabilidad extrema.

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Jesús E. Domínguez, egresado de la Escuela de Formación de Actores del Pequeño Teatro, escribió la historia después de ver por televisión un documental sobre aquellos días. Fue la primera que produjo y quiso profundizar sobre los extremismos que sobrepasan los derechos del ser humano. “Lo quise enfocar hacia los límites de las personas en la guerra. ¿Hasta dónde podemos sobrepasar las barreras morales y trastocarlas por otras para sobrevivir? Esa es la imagen de la obra”, dijo Domínguez. También cuenta sobre la incomodidad que le ha generado a algunos espectadores, sobre todo porque, además de trágico, el relato es cómico. Hay risas en medio del horror.

El Pequeño Teatro, lugar en el que se presentó la obra y el primero en cobrar una entrada en Medellín, se fundó en 1975. Lo iniciaron Eduardo Cárdenas y Rodrigo Saldarriaga, dos amigos que se encontraron después de un tiempo de estar fuera de la ciudad, y reflexionaron sobre el uso del tiempo y sus pulsiones por esta disciplina. Han sido 44 años de montar más de ochenta obras, una escuela de formación de actores, dos salas: una para 500 personas, otra para 75, y un grupo de teatro estable. Entre el repertorio se encuentran nombres como el de Eduardo Cárdenas, el actor más viejo de Medellín y con más horas de tablas en la ciudad. También figuran Ramiro Rojo, Héctor Franco, Andrés Moure y Albeiro Pérez, entre otros.

Los sueños del Pequeño Teatro han pasado por numerosas paredes, han sobrevivido a separaciones y a las afugias económicas propias de los que luchan por mantener vivo el arte en lugares que aún no aprecian su belleza ni su valor. Ahora tienen casa propia en el centro de Medellín y gozan de un público diverso, gracias al sistema que adoptaron hace 16 años: entrada libre con aporte voluntario. Su lucha ha sido constante y a lo largo de sus años han formado espectadores fieles, críticos y generosos. Continuarán contando historias que, en este caso, reflexionaron sobre los absurdos de la guerra, los abusos del poder, la decadencia de la condición humana y los límites disipados a causa de los impulsos por sobrevivir.

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