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En cada ocasión imaginaba que la deidad encargada de repartir juguetes iba a darme la prioridad. No importaba si era Papá Noel, Santa Claus, el Niño Dios o como quisiera llamarse: cada noche de Navidad me consideraba un elegido y esperaba que mi petición fuera atendida al pie de la letra.
Creo que todos los niños estuvimos dominados por ese trance emocional. Luego, cuando nos hicimos grandes, consideramos lo importante que fue crecer imaginando mundos posibles. Era natural soñar con lugares llenos de juguetes para nosotros. Después entendimos que no todo lo que queríamos se nos podía conceder.
Gracias a esas vivencias la imaginación se convirtió en nuestra mejor aliada para soportar no solo la escasez sino la ausencia de quienes no estaban o la de aquellos que jamás volverían a estar con nosotros.
Por eso la Navidad es también una época para la remembranza de lo que fuimos. De la melancolía por lo que perdimos y que el presente compensa en el reencuentro emotivo con los que quedan: familiares y amigos.
La Navidad nos trae también el recuerdo del niño que vive aún en nosotros; al cual, el paso de los años, le vamos sanado las heridas, asunto que se nos convirtió sin darnos cuenta en una tarea para toda la vida.
En el Caribe colombiano la Navidad comienza en octubre. Para entonces en Barranquilla y otras ciudades de la región suenan las primeras canciones anunciando aquello que la antecede y sucede. A mediados de noviembre la mayoría de la gente arma y adorna en sus casas los arbolitos navideños y decora las fachadas, iluminándolas con luces de colores.
No importa lo que se piense de la Navidad, ni cómo la celebra cada cual. El anuncio de su llegada es suficiente para que la mayoría de las personas experimenten una sensación intensa de alegría y de bienestar.
Mi trabajo de docente me permite el contacto con muchas personas, de quienes he ido recogiendo sus conceptos y opiniones sobre la Navidad. Las sorpresas comenzaron al contabilizar que mantengo contacto con más de trecientos cincuenta semanalmente. Sus edades fluctúan entre los 5 a 68 años. La mayoría son estudiantes y maestros; algunos músicos, escritores, médicos, psicólogos, arquitectos, policías, ateos, sacerdotes, y cristianos de diversas confesiones. Y otro grupo importante son las amas de casa y los padres de familia, quienes son los que más se emocionan al momento de hablar sobre la Navidad.
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Muchos de ellos se sienten poseídos por el Gran Espíritu Navideño y creen que con solo decir “Navidad es Navidad” lo tienen todo claro. No ha faltado quien ha puesto al lado de su pesebre, en vez de un Papá Noel, un hombre disfrazado de marimonda incitando a la parranda. Para muchos barranquilleros la Navidad es una especie de precarnaval. Aunque, viéndolo bien, en la Navidad no hay nada carnavalero.
Juan Carlos García ha recordado que en Soplaviento (Bolívar), su pueblo natal, los arbolitos se adornan con coloridos totumos y algodón para simbolizar la nieve, aunque sus paisanos sepan que la Navidad se origina en el norte. Ni los adultos, mucho menos los niños, imaginan a renos tirando de trineos, ni osos a polares en los alrededores de este pueblo; por eso, los más dedicados han tallado los personajes y animales apropiados para ponerlos en un pesebre donde todo sea conocido.
El artista plástico de Lorica (Córdoba) Freddy Sánchez ha sido más imaginativo al momento de la puesta en escena de la Navidad. Sabe que, igual que antes, basta con cortar de un árbol la rama más frondosa, luego de secarla al sol y decorarla como arbolito navideño. Pero lo que más le emociona es imaginar un Papá Noel caribeño con un nombre más autóctono, Papá Juancho o Papá Pello, no suena mal. Expresa que pudiera ser cualquiera de los más generosos fundadores del pueblo: un mulato de barba blanca, dirigiendo una recua de burros, cargados con bolsas de regalos para colgarlos en las puertas de las casas, con el nombre de cada niño.
Aunque hay una Navidad de mercado y de caros juguetes, siempre el ingenio la superará. Los caballitos y carritos de madera, los camiones y mariposas de lata, las muñecas de trapo, los juegos de cocina, los trompos, las pelotas de colores, el avión tallado a mano y muchos otros juguetes de fabricación casera atraen más a los niños.
No faltan las rarezas del mercado público. Caminándolo encontré, al costado de una verdulería, un pesebre con ovejas, vacas, burros, dinosaurios, rinocerontes, leones, jirafas y jaguares. Más adelante, escuché a un jactancioso cristiano proferir: “Nosotros no celebramos la Navidad”. Era un vendedor callejero de juguetes para niños. Amable, risueño y dispuesto a negociar con los transeúntes.
Un amigo teólogo, quien prefirió el anonimato, me aclaró que en principio la Navidad tuvo una motivación diferente. Contrastando algunas fuentes verifiqué que tiene razón ya que el nacimiento de Jesús no fue en diciembre del año uno, sino a finales de septiembre, dos años antes de la era cristiana, en otoño, porque los pastores en esa estación aún tienen pastando sus rebaños.
La primera mención que se hizo del 25 de diciembre apareció en el Calendario de Filócalo, en el año 354. Y los padres de la Iglesia, en el 440, oficializaron ese día como el nacimiento de Jesús. Los historiadores han precisado que esta fecha se sincretiza con la celebración del solsticio de invierno, la fiesta de la Saturnalia del Imperio romano y las tradiciones paganas de los babilonios.
Las pruebas de los estudiosos pueden ser contundentes, pero no alteran las emociones que por siglos han configurado la psiquis humana. Son aproximadamente 60.000 generaciones que se las han ingeniado para ponerle sentido a lo inexplicable. Valiéndose de su imaginario han podido confrontar lo insondable; no hubiéramos sobrevivido la crudeza de la realidad sino hubiera sido de esa manera.
Por ello, la época de Navidad también significa imaginar, así sea por corto tiempo, que es posible recuperar aquello que perdimos: volver a ser niños felices, abrazar cada vez que sea posible a quien uno quiera sin temor al rechazo. Además, creernos con permiso para liberar las sonrisas, comer sin recato y bailar hasta el cansancio. En definitiva, la Navidad es un paliativo para saldar las cuentas del corazón.
Por eso, lo que parezca triste y doloroso, se tiene que sublimar, convertir en fortaleza, comprándose un vestido elegante y unos zapatos de buena marca para exhibir nuestro buen gusto y refinamiento. Se intercambian y se reciben regalos, aguinaldos y reconocimientos por el desempeño laboral. Por eso todo debe brillar, verse nuevo en las personas. Ponerle a todo un rostro alegre: a la nostalgia de la Navidad y a la expectativa de la llegada de un año nuevo, que en últimas será uno menos de vida.
Aunque sepamos que el nacimiento de Jesús y el origen de la Navidad tengan una simbología confusa, ahora que hemos crecido nos hace sentir más vivo el recuerdo de las madrugadas del 25 de diciembre, convencidos de que al momento de despertar encontraríamos una bolsa, al pie de nuestra cama, amarrada con una cinta verde, repleta de los juguetes pedidos en una carta que habíamos escrito con mucha devoción días antes.
Después de todo, la Navidad es, como ya lo expresé, la conmemoración de la pérdida de un paraíso situado en la infancia. De un tiempo en el que éramos felices porque no sabíamos que todo lo que nos estaba dando la vida lo perderíamos irremediablemente.
En todas las culturas se conmemoran los cierres de ciclo, así sea en fechas anteriores o posteriores a la nuestra. Durante todas las generaciones humanas se edulcora lo irremediable. A los finales, para que sean menos tristes, se les canta, se les llena de flores, comida y alcohol; se les pone música y se les vuelve festivos. Aunque algunos no se sobreponen y sucumben al no aceptar las vicisitudes de la vida y la pulsión de muerte los absorbe. Y constatamos después de todo que las cifras de suicidios se disparan, los accidentes aumentan dramáticamente y los heridos por riñas callejeras llegan a cantidades impensadas.
La Navidad es la nostalgia de la infancia. Una infancia en la que las rudezas, sutilezas, dolores, goces, culpas, demandas, pérdidas, hallazgos, sonrisas, lágrimas eran solo eso. No aquello que ahora se esconde con vergüenza porque crecimos.
El niño era feliz porque no sabía qué era la felicidad ya que vivía en la plenitud. De grandes, la nostalgia infantil es la añoranza de haber sido feliz porque no se sabía que todo iba a ser tan duro como es. Se celebra la pérdida de ese paraíso, de la misma manera que celebramos el día del cumpleaños, disimulando así lo que, si se quiere, es un paso más hacia la muerte.
Celebrar la Navidad también es aceptar que hay un tiempo para asumir nuestra frágil humanidad y tomar la vida tal como es, toda y con todo, sin discusiones. Lo cual incluye asumir los rituales que nos consuelan y convocan a vincularnos al colectivo que pertenecemos. Nos corresponde entregarnos y confiar en la sabiduría de nuestros ancestros, quienes sabiamente se inventaron estos rituales que nos consuelan y nos dan alivio.
Nuestra actitud respecto a la Navidad debe estar signada por una suerte de sosiego espiritual, de reconciliación con el mundo y nosotros mismos. Por ponernos ante la vida como discípulo de sus vicisitudes y no como víctima de su trasegar. Se trata de aprender a fluir en ella sin prejuicios y sin agüeros.