Censura en “Semana”

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No solo no explicaron las razones de su sospechoso y prolongado silencio ante un escándalo que sigue implicando vidas de civiles bajo las nuevas directrices de un gobierno desbordado y delirante. Ahora expulsan al columnista que cuestionó esa sospechosa postura, y ponen una clara y dura advertencia a los periodistas del medio si deciden escribir contra las decisiones internas y los nuevos lineamientos de la empresa. No es coincidencia que todo suceda ahora que el nuevo socio mayoritario sea el banquero imponente Jaime Gilinski y su grupo estelar, y justo en el momento en que el gobierno nacional, custodio de los grandes potentados, se encuentra al fondo del abismo por su incompetencia y cercado por todos sus excesos. La tensión ideológica en Colombia ha empezado a explayarse en todos los frentes del poder y sus dominios, y resulta cada vez más evidente la fragilidad de los medios de comunicación bajo el control y la paranoia de sus legítimos dueños que sienten la progresiva necesidad de intervenir en el cuarto poder que los hace indispensables ante el ejecutivo y sus contraprestaciones, y entre el ascenso de la crisis política que tiene inevitables efectos económicos y riesgos latentes. Por lógica elemental, las medidas de sus principales financistas se ajustan a sus prioridades.

Daniel Coronell era la voz más incómoda ante un gobierno con graves índices en derechos humanos, con viejos prontuarios que siguen merodeando el trono y con grandes escándalos abiertos susceptibles de una deducción aguda y un escándalo mayor, pero con grandes conveniencias fiscales para el sector empresarial que invirtió como nunca antes en su victoria. La solidez de esa imagen gubernamental y las mediciones porcentuales de su aprobación tienen efectos directos en el cumplimiento de sus promesas y en la sostenibilidad y sustento de sus decisiones. No es sorprendente entonces que sus grandes inversores se sientan nerviosos ante la inestabilidad y la rápida caída de un presidente recién electo y evidentemente asustadizo, súbdito de decisiones partidistas y preso de su propia inexperiencia que podría acelerar el colapso. Las estrategias de contención están, por supuesto, en las casas editoriales que pueden ayudar a matizar la catástrofe. La publicación de posibles nuevos crímenes extrajudiciales sobre el otro río de sangre de un genocidio de líderes sin fin significaba la estocada final en la sostenibilidad de sus políticas centrales y el desplome de todos los proyectos alternos. Este es el encuentro fatal entre un banquero y la ética profesional del periodismo que depende estrictamente de sus nervios. No podían soportar, mucho menos, el reclamo público del columnista más incómodo para los nuevos ajustes y proyecciones de una efectividad monetaria sin los idealismos de un periodismo comprometido con la verdad. La lealtad entre la empresa privada con nuevos estatutos tiene una nueva acepción con serias implicaciones ante una traición que atente contra el valor de los réditos. Semana ha demostrado ahora su talante y perfil rediseñados: una casa de venta de información rentable para su futuro aunque los muertos sigan cayendo a sus pies y entre el silencio cómplice de la censura.

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