Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
/
Oficiales del Ejército Nacional, preocupados por el retorno de viejas políticas que arrastraron a la institución al escándalo y al terror de los crímenes extrajudiciales por los que muchos cumplen condena sin que los nombres de las altas directrices lo hagan aún, buscaron entregar las pruebas y el sustento de esas nuevas presiones y preámbulos de nuevos excesos sin resultados. El medio receptor de las denuncias en Colombia no cumplió con la premura de una investigación de alto calibre que podía definir los nuevos rumbos de la opinión y la prevención de un nuevo ciclo de exterminios, pero lo hizo The New York Times, y en una resonancia mayor que ha hecho temblar una vez más a la comunidad internacional ante la muerte que sigue bramando desde las criptas de un Estado hábil para la evasión y excesivamente astuto para justificar lo inconcebible.
El ministro de Defensa, Guillermo Botero, ha salido nuevamente con la cara agria del rencor a gritar la pureza de todas las directrices y la fiabilidad de los protocolos, y el escalofriante Nicasio Martínez Espinel, comandante del Ejército, ha trinado después del escándalo internacional que vale más una onza de lealtad que una libra de inteligencia, suscitando con la frase en cuestión una sutil amenaza ante los sapos del régimen que traicionen la virtud de la subordinación y la sacralidad del acatamiento de las ordenes. Y pueden seguir justificando lo irracional y reduciendo a los términos de la favorable retórica el método tenebroso del conteo de muertos como sustento de la victoria ideal, pero la evidencia es clara y no tiene abstracciones: las presiones de altos mandos sobre las tropas de incursión en territorios confusos afianzan el margen de error en la búsqueda paranoica de enemigos, y aumentan considerablemente los excesos. Y los excesos no son más que muertos que parecían sospechosos por intuición o por comentarios de la zona. El escándalo y el terror pueden ser incluso más grandes que los viejos excesos conocidos por una evidencia aun más clara: las viejas guerrillas y sus bloques numerosos que ocupaban los territorios marcados ya no existen, solo reductos de disidencias impotentes y guardias analfabetas de laboratorios, y por esa única razón no podrían cumplirse las altas expectativas de bajas y capturas que las tropas cargan a cuestas sin posibilidad de retornar a sus brigadas con pocos resultados o con ninguno, aumentando la posibilidad de mayores crímenes bajo presión.
Pero esa alta peligrosidad práctica no puede entenderse desde un cómodo sofá del Country, y dirán que para eso cuentan los soldados de la patria con los cuerpos profesionales de psicólogos que atienden la baja moral después de un patrullaje por las selvas de ese país desconocido y salvaje. Si los resultados de esas cifran benefician la imagen de un presidente aturdido tal vez sea razón suficiente sobre todos los males, y dirán también que si esas cifras y ese número de muertos demuestran por fin la contundencia de un gobierno ineficiente en todos los otros campos y sectores, tal vez sea la única que pueda avalarse por cumplir a cabalidad con su único talento: el conteo de muertos.