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Para muchos, el fútbol no es solo un deporte. En el aspecto social, económico, político o religioso tiene alguna influencia. Hay personas que viven, y lastimosamente mueren, por el escudo de su club. Hay miles de millones de dólares que se mueven alrededor del mundo por transmisión, patrocinios y torneos en el que patean un balón de lado a lado. Dictaduras y democracias han utilizado este medio para su beneficio y hasta el Papa ha sido víctima de la pasión por San Lorenzo.
Las raíces del fútbol se establecieron con los Aztecas, los Chinos en la época antes de Cristo, en la Edad Media o el Renacimiento, fueron los ingleses quienes dictaminaron las reglas y lo convirtieron en un deporte. Por medio de las costumbres británicas, este era un jeugo de caballeros, muy educado y formal. En los partidos la gente llegaba vestida de traje y corbata y disfrutaba de los encuentros como si fuera el teatro. En el momento en el que la pelota cruzó el charco y se dió a conocer en Sudamérica.
Precisamente en Montevideo, Uruguay, es en donde toma lugar esta historia. El Club Nacional de Montevideo -uno de los dos equipos más grandes del país charrua- estaba en búsqueda de un talabartero. El talabartero es la persona encargada de trabajar con cuero. En aquella época, a principios del siglo XX, las pelotas con las que se jugaban los partidos y los botines que usaban los futbolistas eran de este material y debían ser tratados por un especialista. Es por esto que el cuadro ‘tricolor’ decidió contratar a Prudencio Miguel Reyes.
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Prudencio tenía un taller en el que hacía todo tipo de productos en cuero y era un experto en el tema. Antes de cada encuentro se encargaba de inflar los balones o, como también dicen en el Río de la Plata, “hinchar” los balones. Reyes siempre estaba presente en los partidos de su equipo para verificar que el esférico estuviera en óptimas condiciones para el juego en todo momento y también aprovechaba para animar a Nacional. “¡Nacional, Nacional! ¡Arriba Nacional! ¡Vamo’ arriba Nacional!” gritaba sin cesar.
Los espectadores presentes en el estadio Parque Central siempre se preguntaban quién era el bulloso que gritaba tanto. “Ese es el hincha, el hincha pelotas de Nacional”, exclamaban los que ya lo conocían. Poco tiempo después la gente se le empezó a unir y la palabra de hincha recorrió el continente y el mundo entero. Por la influencia que Prudencio Miguel Reyes generó en el mundo del deporte, en los años 70 empezaron a organizarse las primeras barras del equipo uruguayo y en los noventas se estableció La Banda Del Parque, hinchada organizada del ‘decano’.
En la actualidad los fanáticos, barras, aficionados o hinchas son esenciales para el desarrollo del fútbol. Traen vida al estadio y hacen vibrar la tierra con tal de que su equipo gane el partido. En una de las obras literarias más recordada por los futboleros, Eduardo Galeano afirma que “jugar sin hinchada es como bailar sin música”. No es por nada que el poeta Ricardo Forastiero Fernández le escribió un poema al primer hincha de la historia en el que relata su historia y repite una y otra vez “el hincha, hincha, hincha de Nacional”.