¿Las políticas deben hablar suavecito?

02 de marzo de 2018 – 09:00 p. m.
Allí donde los hombres que alzan la voz son celebrados por ser asertivos y saber lo que quieren, las mujeres son juzgadas y tildadas de histéricas, charlatanas e irrespetuosas.
Allí donde los hombres que alzan la voz son celebrados por ser asertivos y saber lo que quieren, las mujeres son juzgadas y tildadas de histéricas, charlatanas e irrespetuosas.

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Está haciendo carrera en el debate público colombiano una crítica insensata y dañina centrada en el tono. El argumento va así: si alguien propone una idea o denuncia algo de manera que pueda ofender a otra persona, o incomodar, o ser considerado como “irrespetuoso”, entonces el contenido de lo que dice pierde cualquier validez. No es coincidencia que este reclamo sea dirigido principalmente en contra de las mujeres que han tomado la palabra y el protagonismo en esta campaña electoral.

La fiscalización del tono es algo con lo que las mujeres tienen que lidiar en sus rutinas diarias. Allí donde los hombres que alzan la voz son celebrados por ser asertivos, saber lo que quieren y exigir el reconocimiento que merecen, las mujeres son juzgadas y tildadas de histéricas, charlatanas e irrespetuosas.

Debajo de esto se encuentran los prejuicios y los roles de género que llevan varios siglos sin ser cuestionados. Es así como, a medida que políticas como Claudia López, Marta Lucía Ramírez, Clara López, Angélica Lozano y tantas otras líderes han conseguido reconocimiento a pulso y gracias a sus trayectorias profesionales, también les toca lidiar con las mismas críticas machistas: ¿No será que están hablando muy duro? ¿No se cansarán de hablar tanto? ¿Es justo que sean tan irrespetuosas?

Sólo en las últimas dos semanas hemos visto varios momentos en que candidatas han tenido que responder por su “tono”. El mensaje parece claro: la igualdad de oportunidades sí, pero siempre y cuando las mujeres cumplan con reglas arbitrarias de comportamiento y no incomoden.

Colombia le tiene miedo justificado a la violencia. En un país marcado por el conflicto, esa prevención se trasladó rápidamente al discurso. Hemos visto cómo los discursos irracionales fomentan el odio y generan tragedias.

Pero, por eso mismo, es hora de reclamar la pasión como mecanismo adecuado para dar debates. ¿Acaso una madre de los asesinados en Soacha falsamente acusados de ser guerrilleros, por ejemplo, debe quejarse sin alzar la voz? ¿El hecho de que el tema le toque fibras profundas de sensibilidad y la lleve a dar discursos repletos de pasión invalida el contenido de lo que dice?

No podemos ser un país obsesionado con la forma, con las buenas costumbres, con la prudencia. Para dar debates profundos, difíciles, tenemos que dejar los filtros inútiles del cómo se dan las discusiones. Sin caer en discursos de odio, se pueden dar discusiones acaloradas y eso no significa que se censure la diferencia; al contrario, es una muestra de transparencia, de mostrarse humano.

Pero sobre todo hay que sacudirse el sexismo. Las mujeres en la contienda electoral han trabajado mucho para formular propuestas como para que la primera pregunta que deban responder es si no les parece que deberían hablar en un volumen más bajo. Ese tipo de crítica es una verdadera falta de respeto y, peor aún, nos priva de debates que pueden construir una Colombia mejor.

¿Está en desacuerdo con este editorial? Envíe su antieditorial de 500 palabras a yosoyespectador@gmail.com.

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