Somos unos montañeros

Hace poco, con unas amigas, estuvimos compartiendo recuerdos de infancia que atesoramos.

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 Describimos escenas con tal detalle, que viajamos a esa finca de la abuela donde una se robaba el cacao del vecino, escuchábamos el chillido del marrano que le huía a la cena de Navidad, nos bañábamos en el río y casi nos ahogamos y montábamos a lomo de mula hasta llegar a una cascada que ya no existe. Recordando y recordando, nos dimos cuenta de algo que nos unía desde aquella infancia tan colombiana: éramos todas unas montañeras. Montañeras como quien viene y va de la montaña, o la ama, o la recuerda, o la añora: “Vengo del monte, soy montañero / siempre me arrebato, siempre me devuelvo / siempre me devuelvo, siempre me arrebato / vengo del monte, soy montañero”. La canción, o el poema, o el cuento que cito (en realidad es todo junto), es del libro Montañero (Chinechicera ediciones), de Edson Velandia. 

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Velandia, músico y compositor, llama la atención con sus ritmos psicodélicos y de raíces muy colombianas. Ya había lanzado un disco para niños (aunque aclara que “la música infantil no existe, como no existe la música senil”), y esta vez lo presenta dentro de un libro con letras que son a la vez relatos con ilustraciones de su hijo Luciano Awa. En la voz lo acompaña su compañera, Adriana Lizcano. Una producción familiar para la familia, podría decirse. Una creación con lo que tenían a la mano en su casa de Piedecuesta. Sentir montañero. Una de las canciones fue compuesta originalmente para el documental de Rubén Mendoza, El valle sin sombras, y su letra recuerda a Emilio Méndez, sobreviviente de la avalancha de Armero en 1985: “Voy a pararme en este planeta / y voy a esperar el amanecer”. También se puede esperar algo de lógica animal (o sentido común) en letras como “Las palomas no tienen plata / porque no tienen bolsillos / ¿Cómo van a guardarla?”, o “¡Voy a ser el chulo pálido / del movimiento vegetariano!”, que habla de un chulo que se da cuenta de que a los demás los están envenenando. Humor para niños, terror para los adultos que leemos entre líneas. Como buenos montañeros, puede que creamos en las brujas y de eso se habla en una de las canciones de Montañero, pero no para que los niños se espanten, sino que sean ellos quienes las espanten a ellas. Otra canción/cuento para felicitarle a Velandia y familia es Serenauta, que se vale del romance vallenatero y le da un giro divertido volviéndolo “sideral”: “Los agujeros negros / son como tus ojitos (…) en ellos me difundo / y me aparezco en otros lados (…) darte una serenauta / espero que te guste mi viaje / todo así sin gravedad”. Terminaron las historias con mis amigas. Terminó el disco, el cuento. Pero la montaña y sus animales y sus espantos y sus desastres naturales y sus abuelas jamás se irán, porque todos somos unos montañeros.

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