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Muchos creyeron que Donald Trump abandonaría su promesa electoral de construir un muro. El muro es inútil y demasiado costoso. Los demócratas lo bloquearían en el Congreso, decían.
Tenían razón, pero se equivocaron. Porque lo importante no es el muro, sino lo que representa políticamente. El muro no es una promesa cualquiera. Es una joya de la política porque contiene kriptonita emocional, ese escaso mineral que descubren y explotan los populistas. Una campaña presidencial es como una competencia de búsqueda de minerales, los candidatos perforan la opinión pública con propuestas. La mayoría encuentra yacimientos secos. Solo algunos candidatos descubren el codiciado mineral, la emoción electoral necesaria para ganar. Los populistas no son genios de la política, simplemente carecen de límites. Explotan yacimientos tóxicos sin sonrojarse. Incumplen el mínimo deber democrático del respeto a las instituciones y a la deliberación transparente, leal y civilizada. Acuden a las bajas pasiones. No invocan la esperanza, sino la desesperanza represada en pozos de rabia localizados en distintas partes de la geografía social.
Según Trump, el muro con México busca reprimir la llegada de “narcos, criminales y violadores”. Interpreta con perfección el sentimiento nacionalista y racista que ciega a una parte del electorado estadounidense; ese sentimiento que dejó el modelo de globalización y neoliberalismo de los últimos 40 años. Impulsado por el conservatismo ortodoxo que despreciaba pero hoy apoya a Trump, haciéndose el tonto, para que este lo saque del atolladero del descontento social que dejaron esas políticas, pero aplique la misma fórmula de reducciones de impuestos, desregulación y aumento del gasto de Reagan y Bush, cuyos guayabos de déficits fiscales trillonarios y caída del crecimiento económico solucionarán los clintons y obamas que lleguen.
La campaña electoral de Trump solo despegó cuando señaló a los mexicanos inmigrantes de violadores y narcos, y al muro como la solución mágica. Ese día encontró la fórmula para encauzar políticamente la rabia, su moneda de cambio. El muro no va a atajar la inmigración ilegal, que es la menor en décadas, porque son más los mexicanos que se devuelven que los que emigran, y mucho menos las importaciones de automóviles que Trump señala de causar el empobrecimiento de las clases medias. Pero es un símbolo poderoso de Trump, un talismán nacionalista, un muro contra el mundo para preservar el viejo Estados Unidos, que se está deshaciendo por la caída de las fronteras que protegen de la inmigración y el libre comercio.
La objeciones a la ley reglamentaria de la Jurisdicción Especial par a la Paz (JEP) se vendieron como un muro contra los cabecillas violadores de menores y contra narcotraficantes que buscarían burlar la extradición. Como el muro de Trump, las objeciones son contra “narcos, criminales y violadores”, e inútiles. De hecho, la de los delitos sexuales contra menores ni siquiera es una objeción, sino un proyecto de ley adicional.
Por eso el uribismo insistió en ellas a sabiendas de que no pasarían. El propósito de presionar al Gobierno para presentarlas y de confundir con las tesis del fiscal no era mejorar la realidad, sino sus decaídas encuestas.