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Y ahora Siria

Santiago Gamboa
25 de marzo de 2011 – 10:00 p. m.

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NO ES EXTRAÑO QUE SIRIA NO quiera quedarse atrás en esta ola de rebeldía que sopla en los países árabes.

Este viernes que escribo ya se habla de 37 manifestantes muertos en Deráa, lo que quiere decir que podrían ser muchos más, y que debe haber otro tanto en las mazmorras de la policía, mientras el gobierno anuncia reformas y promete “estudiar un borrador de ley de partidos”, así como otras medidas de intención democrática. De este modo, Assad opta por el camino tomado por Marruecos, Arabia Saudí y Yemen, es decir, ofrecer algo para apagar la mecha, aunque los 37 muertos están ahí, así como el deseo, entrevisto, de respirar un aire diferente. Los civiles sirios que combatirán (si lo hacen en masa) tienen a su favor lo que ha ocurrido en los demás países. Sacar el ejército y la aviación con orden de dispararle al pueblo, como hizo Gadafi, es ahora más difícil. El joven Assad, a quien no le tiembla la mano (es oftalmólogo de profesión), se lo pensará dos veces. Los F-16 de la OTAN podrían llegar; además tiene a Israel al lado, que no la dejará servida. Tal vez por eso prefiere una vistosa concesión, pero, ¿será suficiente? Personalmente no lo creo, pues Siria es uno de los países con menos libertades de toda la región. Allá la gente va a la cárcel por un correo electrónico, por reenviar una caricatura política (ocurrió en 2004), los bloggers son espiados, los teléfonos intervenidos, la gente arrestada sin pruebas. Y la corrupción, dios santo. En Damasco los policías alquilan esquinas para poner multas que van a su bolsillo. Todo se mueve con el bakshish o propina. Hay un desempleo enorme, los jóvenes no saben qué hacer, la economía no despega. A su lado el Egipto de Mubarak era una tierra de promisión. Siria es el país árabe que, junto al Líbano, más parentela tiene con Colombia. Uno de cada tres meseros del bellísimo café Al Rawda, en Damasco, tiene parientes en nuestra región. En lo personal es el país árabe que prefiero, y Damasco la ciudad a la que siempre anhelo volver. Es una de las más antiguas del mundo. Las pruebas de su existencia remontan a los inicios del segundo milenio antes de Cristo. Hititas, persas, turcos, griegos, franceses, bizantinos, muchos pueblos la nutrieron. El mongol Tamerlán la asoló e incendió en 1401, destruyendo parte de las murallas. Los franceses la bombardearon en 1926 y dejaron perforaciones de bala en los techos de latón del suk. Lawrence de Arabia combatió por ella contra los turcos. La dinastía de los Omeyas, en el siglo VII d.C., la convirtió en el centro religioso, político y cultural del Islam, erigiendo la Gran Mezquita, cuyo plano se repitió en Córdoba, cuando el último Omeya logró escapar de las dagas de los Abassides, provenientes de Mesopotamia. El viajero Ibn Jubayr, en el siglo XI, la comparó con el Paraíso. También la llaman la “ciudad del hijo de Noé”, y afirman que el día del Juicio Universal dios descenderá por el alminar de la Gran Mezquita para combatir al Anticristo. Esta larga historia basta para comprender que los sirios no nacieron ayer, y que no van a dejar pasar una oportunidad como esta. Por eso les deseo que sea corto y con poca sangre. Que su dios “los proteja y sea misericordioso”, y que Assad regrese a Londres y abra un consultorio oftalmológico, como quiso de joven.

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