Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
/
EN ESTE ALUVIÓN DE NOTICIAS EN el que quedan sepultados hechos barbáricos, se ha olvidado ya, a escasas semanas, un hecho por demás insólito: a un niño de no más de 10 años le fue hallada una ametralladora en un bolso que portaba un domingo al caer la tarde.
Las autoridades en un operativo rutinario observaron que el menor estaba nervioso y procedieron a revisarlo y oh sorpresa: encontraron la mortífera arma en medio de comics, una pantaloneta y una toalla. Al parecer había estado bañándose en el río Cali a la altura de Terrón Colorado, barrio y asentamiento de ladera que alberga a más de cincuenta mil habitantes.
Fuera de la mediática bomba noticiosa que le dio la vuelta a Colombia nada se volvió a saber del menor y la policía se limitó a decir que están en averiguaciones exhaustivas. Ojalá que tengan éxito.
Sin embargo y una vez más, hechos como este ponen el dedo en la llaga de esa infame modalidad delictiva de usar menores de edad para que cometan toda suerte de delitos y fechorías.
Y como los tales centros de rehabilitación no dan abasto, pues a regañadientes los tienen que soltar a las pocas horas. Total, aumenta la impunidad y estos jóvenes continúan su carrera delincuencial.
¿El niño de la metralleta era simple “transportador” del arma o además iba a cometer alguna acción criminal? ¿Quién le contrató? ¿Cuánto le pagaron o le iban a cancelar por hacer “la vuelta”? ¿Está de nuevo en la calle como si nada exhibiendo ese Guinness Record?
Urge entonces una modificación a la ley vigente que protege a los menores y les da una especie de inmunidad o pasaporte al delito, burda burla a la justicia y gol que meten los que los adiestran, contratan, les pagan y los enrolan en la vida criminal.
Casos como el aquí narrado se ven a diario y su común ocurrencia es plato del día en todas las ciudades, sin que nuestros legisladores sean más efectivos en proponer y sacar adelante leyes que acaben con esta permisividad. De lo contrario, los menores ya no portarán un cirio en su primera comunión, sino un fusil o una metralleta frente a unas autoridades impotentes y manicruzadas.