Llevo años siendo castigado por mis infidelidades esporádicas. He sido acusado de cínico, bastardo, descorazonado, sexópata y criminal. Más de una vez he sido condenado al ostracismo, y desde ese exilio sexual, me he visto obligado a hacer penitencia y redimir mis pecados por cuenta de repetidos mea culpas. ?
Soy un infiel arrepentido. Pero de tanto arrodillarme, han empezado a doler las articulaciones. ?
¿Acaso la infidelidad no es un cohecho? ¿Acaso no hay una responsabilidad oculta que el género femenino no ha querido asumir??
Miro a mi alrededor y veo mujeres hermosas. Descubiertas, coquetas, flamantes, orgullosas. Mujeres que le dicen al mundo: “Soy bella”, orgullosa o aspiracionalmente, pero “bella”. ?
¿Cuántas de ustedes no dejan sus hombres en casa y se lanzan al mundo a embobar extraños, impunemente, a diario? ¿Cuántas de ustedes, mujeres comprometidas, no llegaron a un café y liberaron una sonrisa, quebraron su cadera, o simplemente permitieron que alguien viera cómo descubre la blusa un pedazo de cuerpo brillante y hermoso? ?
Por eso hoy digo ¡basta! ?
Basta de que me hagan creer que soy un hombre sin moral y sentimientos, y que yo mismo me he buscado lo que no se me ha perdido. ?
Basta de hacerme creer que son ustedes las santas, las víctimas de un género promiscuo. ?
Basta de que me hagan creer que son inocentes. ?
Después de horas de reflexión al respecto, he llegado a una conclusión que, aunque insólita, estimo incontrovertible: ustedes no tienen derecho a protestar por una infidelidad, si viven la vida en función del embellecimiento extremo. ?
¿Para qué? ¿Qué sacan con decirle al mundo que son bellas? ¿Acaso no les basta con el buen hombre que tienen al lado? ?
Gracias a este descubrimiento puedo hoy decir exento de remordimiento, que he sido infiel porque he sido tentado. Vivo en un mundo donde la seducción es ley, y los débiles de corazón caemos como fichas de un dominó cotidiano. ?
No hay otra solución para quienes llegamos a esta afortunada epifanía que solicitarles a ustedes, señoritas, una pequeña ayudita para controlar nuestro afán infiel: cúbranse, modérense, llámense al juicio.