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Si tienes petróleo es mucho más probable que las grandes potencias se preocupen de los derechos humanos de tu gente. La preocupación, por supuesto, no es permanente.
No importa que por décadas hayas hecho lo que te de la gana, con tal que el negocio fluya. Otra cosa es que se te vaya la mano, o que las cosas tomen un rumbo incierto. Caso en el cual cunde la alarma y se disparan los mecanismos más sofisticados de la institucionalidad internacional, que a su vez conducen al uso de los todavía más desarrollados de la tecnología de la destrucción. No importa que tu pueblo termine en todo caso siendo víctima, porque ahora lo será a nombre de otros lemas. Lo verdaderamente malo es que con todo ello no se arreglan las cosas, cuando las raíces del problema vienen de muy adentro.
Las anteriores parecen ser las enseñanzas inmediatas de algo que sucede en amplios sectores del mundo árabe. Las lecciones de fondo tardarán mucho más tiempo en ser identificadas y asimiladas. Porque lo que pasó en Túnez y en Egipto, lo que pasa en Libia y lo que se mueve en Yemen, Bahrein y otros países de la misma gran familia no sólo es una revolución contra tiranos que a lo largo de muchos años dominaron el escenario político de manera tal que, no importa lo que hicieran hacia dentro, mantuvieron abiertos los tubos de la explotación petrolera y en todo caso sostuvieron un orden internacional relativamente estable.
Lo que está pasando en el mundo árabe no es otra cosa que el hastío, por decir lo menos, ante la prolongación de un modelo que hasta ahora les gustó a los occidentales porque servía a sus intereses, pero que fue acumulando un déficit enorme de injusticia social al interior de cada pueblo, a lo que hay que sumar un vergonzoso retraso en el orden político. En otras palabras, mientras cada uno de esos regímenes ahora abominables, fue capaz de mantener allá a su gente callada, o acallada, el trato hacia el mundo árabe revistió unas características de normalidad incuestionable. Otra cosa es que ahora, a raíz de un incidente callejero, cuando un policía destruyó el negocito callejero de un humilde tunecino, se haya desatado una ola de energía popular contenida que busca un nuevo orden.
Las medidas tomadas para corregir el rumbo de los acontecimientos en Libia solamente sirven en este momento para que la nueva junta directiva se ponga el uniforme de guerra y demuestre sus capacidades de acción en el uso de la fuerza. Algo que sus recientes miembros, esto es Obama, Cameron y Sarkozy, hasta ahora sin demostrar sus habilidades estratégicas y bélicas, consideran una especie de deber histórico, y que en su imaginario esperan les haga aparecer en la misma fotografía de los aliados de otra época, de quienes estarán siempre lejos porque ellos, es decir Roosevelt, Churchill y De Gaulle, sí tuvieron que librar guerras peligrosas y mucho menos cómodas. Zapatero queda por fuera, qué pena, porque figura un poco solamente por el hecho de estar ahí en el camino.
El proceso de la guerra en Libia puede tomar unos días. El modelo ya lo conocemos. No es otro que el mismo de la llamada segunda campaña de Irak. Una guerra de alto uso de la tecnología más avanzada, a la que invitan a todos a admirar. Una campaña aséptica en apariencia porque no se ven muertos sino rayitos de luz que producen unas llamaradas lejanas. Pilotos victoriosos que regresan sonrientes como si acabaran de hacer una gracia de efectos no mortales. La victoria de la tecnología está asegurada. Lo mismo que la victoria en la manera como ante el mundo se presenta el espectáculo. Pero hay algo que sigue siendo incierto y es el rumbo que pueda tomar el mundo árabe en estos momentos de despertar. Porque no resulta fácil comprender cómo los nuevos pueblos de esa gran familia están descontentos con el orden interno que les ha sojuzgado pero no con el correspondiente orden internacional.