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Delirio y abuso de los caudillos

En 200 años, son muchos los que han llegado como los restauradores de la patria y han terminado como tiranos.

19 de junio de 2010 – 04:00 p. m.

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La historia bicentenaria de América Latina está repleta de caudillos. Desde el río Bravo en el norte de México hasta la Patagonia en el extremo sur de Argentina, por razones de seguridad frente a la anarquía, para salvaguardar intereses económicos privados, en alianza con Estados Unidos  contra el comunismo o por legítimo mesianismo esotérico o religioso, nunca han faltado los gobernantes extremos. Reconocidos como “restauradores” o “verdaderos demócratas”, con vigor o laboriosidad sin parangón, todos tuvieron comienzos aplaudidos, pero aferrados al poder se convirtieron en tiranos.

La lista es larga y sus abusos increíbles. El mexicano Antonio López de Santa Anna, a sus 39 años, en abril de 1833 llegó por primera vez a la Presidencia. Lo hizo 11 veces más cambiando de partido a su antojo y perdiendo con Estados Unidos los territorios de Texas, Nuevo México, California, Colorado, Arizona y Nevada. Se salvó de ser fusilado, a los 50 años se casó con una muchacha de 15, lo apresaron los indios y lo salvó un terremoto, y después de muchas guerras terminó exiliado en Turbaco (Colombia), donde vivió como potentado, antes de regresar a México en 1873 ya olvidado, solo y octogenario.

Y qué decir de José Gaspar Rodríguez de Francia, un excéntrico personaje que asumió como dictador supremo de Paraguay en 1813 e “impuso una de las primeras versiones de Estado policiaco de la historia”. Despreció el dinero, vivió inmerso en el ocultismo, ignoró al poder judicial, durante un cuarto de siglo prohibió la publicación de periódicos y cuando murió en 1840, su país gozaba de una prosperidad económica envidiable que impuso a partir del totalitarismo. Un siglo después, durante 35 años, entre 1954 y 1989, en el mismo Paraguay el general Alfredo Stroessner a su manera hizo lo mismo.

Argentina no se queda atrás. La historia de Juan Manuel de Rosas lo prueba. Contra la anarquía y el desgaste de las luchas políticas, los estancieros lo llevaron al poder en 1829 y lo soltó 23 años después aplicando un severo régimen de “buenas costumbres”. Le quitó la independencia a los jueces, manipuló a la Iglesia, quemó libros prohibidos, y lo que él no pudo hacer lo ejecutaron los criminales de La Mazorca para deshacerse de sus rivales. Murió exiliado en Inglaterra, donde lo recibieron como un dignatario. Hoy la historia lo recuerda como un dictador necesario para el devenir de una Nación.

En Centroamérica abundan los déspotas. El caso de Manuel Estrada Cabrera en Guatemala, hijo de un sacerdote y una vendedora de dulces, es patético. Espiritista y paranoico, reelegido tres veces, el New York Times lo llamó “el Nerón de los tiempos modernos”. Entre 1905 y 1920 su legado fue el terror. No muy distinto a Maximiliano Hernández, de El Salvador. Otro ocultista que entre 1931 y 1944 hizo de su país un lastre para las garantías individuales. De la misma línea de Jorge Ubico en Guatemala, Tiburcio Carías en Honduras o Anastasio Somoza García y su hijo del mismo nombre en Nicaragua.

Ni siquiera Brasil se escapa a la regla. El caso de Getulio Vargas es la evidencia. Fue cuatro veces presidente y entre 1930 y 1954 lo dominó todo. Cerró el Congreso, eliminó las organizaciones de trabajadores, cambió la Constitución para acomodarla a sus propósitos, creó la Comisión Nacional de Represión al Comunismo, promovió una nueva visión de la sociedad brasileña que denominó el Estado Novo o Estado Corporativo, y cuando quiso recobrar su destino como protector de los trabajadores, los militares lo forzaron a renunciar. Él prefirió suicidarse en la Presidencia el 24 de agosto de 1954.

Porfirio Díaz en México, Gabriel García Moreno en Ecuador, Juan Vicente Gómez en Venezuela, Gerardo Machado en Cuba, Rafael Leonidas Trujillo en República Dominicana. Cada nación de América Latina guarda en sus entrañas el recuerdo de un “hombre fuerte” que favorecido por las fuerzas militares de cada país, en alianza con componendas políticas o potencias extranjeras, hizo de la Constitución un caucho para estirar hasta donde dio su caudillismo. ¿Un gen oculto? ¿Un patrón de conducta? ¿Un personalismo vivo? El periodista Mauricio Sáenz demuestra en su obra Caudillos (Editorial Panamericana) que “En América Latina nada ha cambiado en 200 años”.

De hombres fuertes, dictadores y otras especies

Mauricio Sáenz, abogado bogotano, jefe de Redacción de la revista Semana y editor de la sección Mundo, lanzará el próximo miércoles 23 de junio, en la Librería Lerner, su libro Caudillos, una serie de 16 perfiles de gobernantes de América Latina que terminaron aferrados al poder por intereses muy distintos a la democracia.

En su trabajo, Mauricio Sáenz, además catedrático de la Universidad Javeriana y coautor de los libros Cómo hacer periodismo (2002) y Poder y medios (2004), demuestra cómo estos caudillos llegaron al poder como grandes salvadores, pero después se  dedicaron a cambiar la Constitución para quedarse.

Un recorrido por la historia bicentenaria de América Latina para descubrir cómo en el ADN político de muchos mandatarios del continente hay una especie de gen oculto que los lleva a convertirse en el caudillo que llevan por dentro. Cualquier parecido con la realidad de algunas naciones de hoy, no parece una simple coincidencia.

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