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«¿En dónde está la indignación?»

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ASÍ HAN TITULADO LOS MEDIOS VArias noticias de impacto mundial, como las torturas ejercidas por guardias norteamericanos en la cárcel de Abu Ghraib en Iraq y los excesos de los banqueros de Wall Street que desataron la crisis financiera de 2008. En cada ocasión este titular ha servido para cuestionar la incomprensible falta de estupor o repudio ciudadano ante abusos o atrocidades colosales. Por esa razón, hoy se puede aplicar a lo que está pasando en la capital de Colombia.

En efecto, ¿en dónde está la indignación bogotana? Nuestro alcalde ha destruido una ciudad que, hasta hace poco, era celebrada en el mundo como un ejemplo de superación urbana, pasando del caos invivible de los años 80 a una ciudad limpia, segura y funcional. Sin embargo, ante el desastre de la administración Moreno, la población se ha cruzado de brazos, aceptando, resignada, la devastación de Bogotá. Por suerte, las cosas empiezan a cambiar. En las últimas semanas han surgido las primeras protestas, algunas organizadas por jóvenes a través de Facebook y, a la vez, arquitectos, columnistas, analistas y medios extranjeros han sumado sus voces para condenar el deterioro de Bogotá. Pero no es suficiente. La ciudadanía ha padecido una alarmante erosión en su seguridad, calidad de vida, movilización y bienestar general, y está hastiada con la corrupción, la incompetencia y la desfachatez de sus funcionarios públicos. La ciudad no se merece esta suerte y es urgente que el alcalde renuncie antes de que acabe con lo que resta de Bogotá. Es sospechoso, por decir lo menos, tanta labor iniciada y con tan pocos resultados a la fecha. Nadie critica que se realicen reparaciones y mejoras a la ciudad. Pero, ¿por qué todas al tiempo? Bogotá tiene obras en más de 200 frentes y cada una está retrasada. Los vagones de Transmilenio no dan abasto. La movilidad vehicular se ha vuelto imposible. El pico y placa, en su diseño actual, ha aumentado el número de automóviles existentes. La controvertida reparación de la calle 26, por lo visto, quedará inconclusa porque se acabó el dinero para las losas, y la corrupción es tan grande que cayó el contralor distrital. Todo esto apunta a una situación inaceptable. Existe una falacia propia del subdesarrollo, y es creer que toda obra pública se tiene que hacer de tal forma que implique un caos y un atropello para la sociedad. Eso es falso. ¿Acaso alguien cree que en Canadá, EE.UU. o Europa sus centros urbanos no requieren jamás de reparaciones? Es obvio que sí, pero en esos países priman el bien común y el respeto al individuo, y por eso las obras se hacen de manera considerada, casi imperceptible. En Bogotá sucede lo contrario. Cualquier arreglo se vuelve una maldición eterna y traumática para la ciudad. Quizás eso explica, en parte, por qué el alcalde cuenta con una opinión negativa superior al 85 por ciento. A todas luces es un deber cívico impedir la continuidad de la presente administración distrital. Es urgente que la población se movilice para manifestar su rechazo a esta alcaldía, a la corrupción que la ha caracterizado y a su incompetencia. Samuel Moreno pasará a la historia como el alcalde que destruyó Bogotá. Pero depende de nosotros si se lo permitimos. O mejor: si se lo seguimos permitiendo.

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