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¿El renacer de la correspondencia?

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MUCHO SE HA HABLADO, CON LA aparición de la internet, del renacer de la correspondencia. Ha revivido, se nos ha dicho, un género literario convaleciente, incluso muerto. Ha hecho, hemos oído, que los jóvenes, que todos, vuelvan a comunicarse con la palabra escrita.

Y ese renacer de una entrañable costumbre de antaño; ese retornar de la palabra escrita; ese renovado irrumpir de la letra, la palabra, la tinta, el cálamo, en las vidas de los hombres, amaina mi melancolía y me infunde una apacible caricia en el alma, no sólo por lo que conservamos y restauramos del pasado, sino por todo aquello que le sustraemos al imperio de la muerte. Imperio que es silencio y olvido.


Ese retorno de la palabra, viva, pletórica, a nuestras vidas hace que me acuerde de otras épocas, quizás menos infaustas, en las que al amor de la lumbre leía una familia las noticias lejanas de un hijo; en las que a la luz del candil leía la mujer amada las cartas de su amante, confesándole al oído del corazón cuánto deploraba su ausencia. Épocas en las que sabios y eruditos escribían tratados con tiempo, paciencia y pulcritud —a veces en varias lenguas— a sus más caros amigos, a contertulios de otras latitudes. Y esa forma de erudición que con el carteo se producía, era también una de las maneras de la amistad.


Entonces, todas esas manifestaciones de la espera se hacían poéticas. Por la carta que nos albriciaba, por el abrazo perfumado y la fotografía de su dueña, por el beso en la frente de la madre adorada. La espera se hacía desconcertante por momentos, aunque no por ello dejaba de ser poética. Del desasosiego que causaba una misiva que no llegaba, por ejemplo, nació, como se sabe, ese conmovedor libro —canto en prosa a la espera— que se titula El coronel no tiene quien le escriba. Confesaba García Márquez, muchos años después, que sólo en aquella época hubiera podido escribir esa novela; en París, en la inopia, mirando todos los días en el buzón del correo si había recibido del diario El Espectador una carta con un cheque bancario por los servicios prestados, en tiempos en los que la dictadura de Rojas Pinilla había ordenado cerrar el periódico.


La palabra viva, la renovada comunicación entre las almas, la resucitada poesía de la espera, decía, me llenan de emoción y de optimismo. O me llenarían. Pues en lugar de cartas recibe uno telegramas escritos deprisa; frases sin comienzo ni final; vagas exclamaciones; párrafos —fárragos mejor sería decir— enteros sin una sola coma, sin un punto, en los que si hay adjetivos —superfluo aditamento de la correspondencia de hogaño, vano bizantinismo, rayano en la pedantería, de los imperativos de una correspondencia precipitada y efímera—, si hay adjetivos, digo, no hay verbo. Y nada importan la concordancia de género y de número ni los tiempos verbales. ¿Habrá alguno todavía que use en su correspondencia el pretérito imperfecto o el pretérito pluscuamperfecto?; ¿alguno, el futuro?


No lo sé, pero son éstas las características de las «cartas» (llamémoslas así) que se envían. No señores, no. No renació la correspondencia; ha renacido la telegrafía.


atalaya.espectador@gmail.com

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