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No dudo de los excesos cometidos por conquistadores y encomenderos contra los indios americanos. Ni de sus atropellos en África, donde montaron un comercio de esclavos, como respuesta a las “Leyes de Burgos” expedidas por el rey Fernando el Católico para proteger a los indígenas de los abusos de los conquistadores. No existe otro imperio que aplicara medidas semejantes en defensa de los pueblos conquistados. Algunos historiadores se refieren a tales leyes como el primer antecedente documental de los derechos humanos. Por eso tampoco dudo en afirmar que la solicitud del presidente de México al rey de España y al papa, para que pidan perdón por su genocidio de hace 500 años, es una impostura.
Gracias al aporte de la cultura árabe, la Edad Media ibérica fue una época de esplendor en materia de conocimiento. Brillaron la ciencia, la filosofía, el derecho. Los príncipes medievales hispanos eran elegidos por los súbditos y estaban sometidos a normas jurídicas aprobadas por la comunidad. En el siglo XV Colón llegó a América. En el XVI Magallanes abrió el camino a las islas Molucas y Legazpi, a Filipinas. España se convirtió en el imperio más poderoso de su época. Temerosos de su poder, Inglaterra y los Países Bajos, como potencias emergentes, veían su enemigo en España. Pero no era fácil combatir militarmente al imperio. Había que apelar también a una guerra moral.
Ese es el origen de la “leyenda negra”. El filósofo Julián Marías la define como “una condenación de toda la historia de España, incluyendo la futura”. Estimulados por la reforma religiosa, anglicanos y calvinistas asumieron la vocería impenitente de la “leyenda negra” y la proyectaron sobre los cuatro puntos cardinales. Ocupados por España, los Países Bajos desataron su guerra de independencia cuya historia fue escrita luego por los padres fundadores de Holanda. A su vez los colonos puritanos que vinieron a América del Norte se sintieron la avanzada protestante para liberar a los indios de la crueldad española. En el siglo XVII el gran imperio comenzó a decaer y el eje del pensamiento se desplazó del ámbito hispano al anglosajón. Allí, entre los enemigos de España, se escribió la historia oficial de la Modernidad, incluyendo en ella la “leyenda negra”. Y los iberoamericanos la compraron sin beneficio de inventario.
No fueron españoles sino ingleses, holandeses y belgas quienes practicaron la guerra en sus colonias hasta el aniquilamiento. “Es probable que Inglaterra en su inocente quehacer colonial, con la ayuda posterior de su epígono anglosajón al otro lado del Atlántico, se llevara por delante en un exterminio sin precedentes hasta ese momento a más de diez millones de interfectos”, escribe el historiador vasco-holandés Álvaro van den Brule. Las “Actas de Supremacía” de Enrique VIII e Isabel I de Inglaterra arrasaron propiedades y vidas de católicos ingleses sin fórmula de juicio. Sus colonos en la América inglesa ordenaron matanzas a destajo que exterminaron comunidades enteras. Eso es, literalmente, genocidio. Fue al sur del río Grande donde echó raíces el mestizaje, y no al norte, donde aún hoy se proclaman supremacías étnicas y políticas. Y no fue en la Colonia sino en plena república donde esta América mestiza presenció el mayor despojo territorial que han sufrido sus indígenas. Al parecer el presidente de México ignora esa historia. En materia de abuso contra la población aborigen, nadie es inocente.
* Exsenador, profesor universitario.