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Ante el poder del mar todos somos iguales. Esa es la gran lección de la tragedia del tsunami en el Japón.
El golpe de la naturaleza en esa parte del mundo tiene significados amplísimos, plantea problemas y obliga a hacer reflexiones que tienen validez general. La solidaridad humana está a prueba, sin fronteras. La transformación de los medios de comunicación, que se salen de los canales tradicionales, permite ver en directo un espectáculo de destrucción inimaginable para quienes no puedan percibirlo con sus ojos, e indescriptible para quienes en otras circunstancias habrían tenido el oficio de contar. El debate sobre el uso de la energía nuclear se revive, ante la contundencia de hechos cuyas consecuencias todavía no se pueden calcular. La fragilidad de las cadenas económicas y la susceptibilidad de las bolsas, recuerda el peligro de derrumbe de los castillos de naipes inventados por los genios financieros. Las equivocaciones del manejo de los asentamientos humanos resaltan por su desconocimiento de las relaciones con la naturaleza. La precariedad de los gobiernos, por buenos que sean, se hace ostensible.
Nada importa el nivel de desarrollo de un país, cuando las fuerzas naturales se salen de su aparente normalidad y desencadenan una ofensiva de grandes proporciones. Tal vez lo único que marca diferencias entre uno y otro pueblo al momento de las catástrofes naturales puede ser la capacidad de reacción anímica ante el desastre y la entereza con la que cada uno asume la tarea de la reconstrucción. Lo mismo que los recursos humanos, y económicos, para emprenderla. Pero todo ello, a pesar de las posibilidades mayores o menores de prever, siempre resulta posterior al ejercicio de fuerza sin contemplaciones de la naturaleza. Nadie se ha inventado la organización internacional capaz de ayudar a las sociedades en desgracia, trátese de Haití o del Japón.
En cuanto todos estamos conectados, no hay ahora tragedia que no se salga del ámbito del país que la sufre. La misma solidaridad de las emociones que se produce al ver seres humanos afectados por los golpes de la naturaleza, es ya un apreciable fenómeno internacional cuyas proporciones se hacen más comprensibles gracias a los medios de comunicación, que otrora estaban en manos del poder político y que han ido ahora a dar tan lejos que los propios periodistas tradicionales no los pueden controlar. Como dice Nik Gowing, el veterano periodista de la BBC, cualquier ciudadano con cierto criterio, ubicado en el lugar oportuno y con un ojo electrónico a la mano, se convierte en comunicador. En muchos casos con la ventaja de la espontaneidad.
Serias discusiones internacionales reviven con ocasión de problemas como el de las explosiones en las plantas de energía nuclear de Fukushima Dalichi. Ahí tienen los campeones de las energías limpias nuevos escenarios y argumentos para la acción. Los que trabajan en la lucha callejera, podrán mostrar las fotografías de terror de unas nubes que nadie sabe qué tanto mal puedan hacer. Los que trabajan en el terreno de lo científico tienen un aliciente para buscar nuevas formas de producir tecnologías de relevo para ese azaroso sistema que al tiempo que produce fuerza para mover tantas cosas constituye una amenaza de destrucción total. El debate político se animará, porque son muchos los lugares del mundo en donde los gobiernos deben decidir si insisten en sacarle provecho extremo a los reactores que tienen, y si prosiguen con sus nuevos proyectos.
La crisis de nervios que se genera, es de espectro internacional. Las dificultades de suministros de bienes y servicios afectan el alma, y el bolsillo, de esos seres fríos que se dedican a actividades financieras que tienen por estadio el mundo entero. Todo lo cual plantea para los gobiernos, y para su cooperación internacional, retos de enormes proporciones. Cómo defenderse, entre todos, de los embates de la naturaleza? Cómo evitar, entre todos, los males mayores? Cómo desarrollar la capacidad de compartir soluciones ante experiencias tan duras, de las cuáles nadie puede escapar? Cómo manejar adecuadamente los asentamientos humanos para no caer de nuevo en la trampa mortal que implica ubicarse donde existen riesgos de manifestaciones naturales? Ahí están unos interrogantes que habrá que despejar, sobre la base de la premisa elemental de nuestra igualdad ante poderes superiores, como los que emanan de la lógica implacable del orden, y en algunos casos, del desorden natural.