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Cuando estallan las guerras

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El estallido de una guerra en cualquier parte del mundo debería dejar impactada a toda la sociedad: el horror del sofisticado armamentismo que implica muerte de jóvenes soldados, desolación de las familias, estancamiento económico y surgimiento de poderes generalmente más tiranos. Pero, más que un impacto frente a este escenario, surge la indiferencia de casi todos los sectores que conforman la sociedad o, lo que es peor, se convierte en una representación de esas películas violentas, pero en vivo y en directo. Todo un espectáculo.

Las guerras han estado presentes en la vida de la humanidad desde la lejana comunidad primitiva, cuando el hombre comienza a sentir el valor del poderío y lo hace a través de la expansión territorial. En su evolución, en vez de superar situaciones conflictivas consecutivas, las ha profundizado, olvidándose siempre de grupos sociales que parecen no cambiar por su vulnerabilidad: niños, mujeres, ancianos, enfermos y discapacitados, para sacrificarlos en todo sentido. De acuerdo con la historia de los pueblos, cada etapa de desarrollo la humanidad ha demostrado un mayor perfeccionamiento en sus herramientas y armas de guerra. La guerra siempre ha ido a mejor, con su respectiva ventaja económica para algunos.

Muchas generaciones todavía recordamos los eternos titulares de la prensa escrita sobre la guerra de Vietnam y las luchas que de ella se derivaron en la segunda mitad del siglo XX. En las dos primeras décadas de este siglo se han consolidado varias guerras: en la República Democrática del Congo, que estalló en 1996 y de la cual ya la prensa casi no registra nada, pero sigue ahí; Siria, en 2011, para derribar a Asad, y el tirano está más atornillado que nunca, como cierto nefasto vecino; Yemen, en 2014, por un golpe de Estado, pero está lejos de terminar; Afganistán, desde hace 21 años, sigue desangrándose. Ahora la guerra se vistió de Ucrania y el nuevo tirano se llama Putin.

Nuestro país está acostumbrado a la indiferencia por la guerra que se vive desde hace mucho más de medio siglo. Aunque ilusionados pudimos vivenciar la finalización del conflicto con la guerrilla y el inicio de un proceso de paz a través del Acuerdo de La Habana, con el compromiso de la implementación de programas y proyectos, en especial en el área rural, ahora todo se ha venido abajo por la prepotencia de un Gobierno que con su pésimo lema “Paz con legalidad” ha inundado de sangre el país. Peor que en Ucrania.

Ana María Córdoba Barahona. Pasto.

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