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Grabado en piedra

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AL LLEGAR UNA NUEVA TECNOLO- gía creemos que ella ofrece la mejor y más segura forma de guardar recuerdos e información significativa.

 Grave equivocación: puede tender la trampa que nos privará irremediablemente de la memoria impresa de las cosas. Si queremos asegurar a la posteridad la posibilidad de gozar de un texto, una imagen, una voz, hay que plasmarlos en el medio más tradicional, ojalá el más antiguo, grabarlos en piedra, si fuere posible, y si no, en papel del tipo más clásico o en acetato.

Si la Piedra de Rosetta no hubiera guardado por dos milenios los decretos del gobernante egipcio, difícilmente se hubiera podido descifrar el lenguaje de los jeroglíficos. La Constitución de Atenas, de Aristóteles, descubierta apenas en 1891, perduró gracias a que fue impresa en papiro. En cambio nosotros jamás podremos recuperar lo guardado en aquellos primitivos disquetes utilizados hace 20 años al masificarse el uso de la informática, hoy condenados a la más nostálgica inutilidad. Ningún computador actual trae siquiera puerto para CD-ROM y muy pronto —más de lo que imaginamos— ni siquiera para USB.

¿Cómo conseguiremos ver todas esas fotografías que un día quedaron sin imprimir en papel fotográfico porque preferimos guardarlas en viejos “royos” o en archivos de CD-ROM? Si todavía queda papel fotográfico, hay que correr a imprimirlas. ¿Qué destino daremos a esos viejos casetes en los que grabamos las conferencias, las voces de nuestros hijos, las serenatas que nos dieron, etc., si ya ningún reproductor de sonidos los lee? Corren el mismo peligro —la ilegibilidad tecnológica— las partituras digitales de los actuales compositores, cuando, dentro de un par de años, los programas Sibelius y Finale hayan sido enterrados por otros “más avanzados” que ni siquiera reconocen a sus predecesores.

Late en el fondo una faceta perversa de los avances tecnológicos actuales (que no de los viejos): lo nuevo condena a la absoluta caducidad a lo precedente. Toda mudanza informática o digital nos pone en el primer día de la creación, en un mundo sin pasado ni memoria recuperable. ¿Es racional que ningún procesador de textos de hoy pueda leer nuestros viejos escritos, elaborados en Word Perfect, tan en boga hace sólo dos decenios en el medio universitario?

A lo anterior se suma la estresante fragilidad y vulnerabilidad de los nuevos aparatos almacenadores de archivos. El riesgo de destrucción de la información guardada en ellos crece en forma directamente proporcional a la ampliación de la cantidad de archivos que pueden almacenar en su megamemoria.

Es antieconómico e impráctico continuar transvasando cada dos años nuestro vasto universo de archivos a nuevos formatos, lenguajes, aparatos y memorias que nos fuerzan a comprar, y que implican la total inutilidad de los anteriores. Tal vez la cíclica reconversión a tecnologías de memoria hará indispensables los servicios especializados de lectura retrospectiva para documentos “perdidos”. Pero si no hay manera de detener esta ola de derogación total de tecnologías anteriores, sólo nos quedará la opción de guardar lo verdaderamente significativo grabándolo en piedra.

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