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Que ‘donde se hunde el dedo sale pus’ dijo el presidente Santos en una dramática afirmación que hace eco a múltiples comentarios de prensa y de columnistas de opinión.
La corruptela se volvió una endemia: La propiedad rural está sujeta al despojo de los violentos, pero también al de quienes utilizan la complicidad de registradores y notarios o adjudican irregularmente baldíos, para contribuir a una múltiple expoliación. El carrusel de la contratación en todos los niveles de la administración pública supone que ha contaminado a no pocos niveles de la administración privada. O al revés. La política dejó de ser un instrumento para el acuerdo entre diferentes posiciones doctrinarias y se convirtió en un medio para el enriquecimiento ilícito. La justicia sigue funcionando entre múltiples problemas que la solidaridad de cuerpo no deja corregir, y que a menudo son estimulados por el ejercicio visceral de ciertos funcionarios que la administran. La fuerza pública está salpicada por actuaciones irregulares que, según se está debatiendo, comprometen incluso a algunos de los que han sido sus altos mandos. Los medios de comunicación ejercen una suerte de control ciudadano que, sin embargo, se desvirtúa con la actitud de muchos de los profesionales de la comunicación a su servicio que confunden el interés público con el suyo propio. Organizaciones no gubernamentales, entidades territoriales, sindicatos, juntas de acción comunal, se han dejado contaminar de un fenómeno que desbordó el escenario delictivo para convertirse en una especie de subcultura nacional. Más que nacional, casi que universal. Por fortuna hoy no hay nada oculto bajo el sol y cada nuevo día pone al descubierto nuevas falsificaciones incrustadas en diversos ejes de la más variada gama de instituciones. Inclusive viejos engaños y falsedades que sólo hasta ahora se descubren. Pero hay un compromiso con este país de quienes tienen alguna responsabilidad dirigente, en cualquier ámbito y a cualquier nivel. Un compromiso con las próximas generaciones de colombianos. Avergüenza dejar como legado un país así. Cuando uno habla con los jóvenes percibe más que su reclamo su desesperanza. Cuando habla con los mayores descubre que añoran un país antiguo, cuyos íconos eran figuras como Echandía, los Lleras o Gaitán quienes, por encima de sus virtudes y defectos, resultan irrepetibles en medio de ésta perversión de los hábitos públicos. Quizás sólo los niños, algunos niños que no han perdido su capacidad de soñar, sean la excepción en este cuadro de angustia. Ayuda también, saber que la sociedad en medio de sus momentos más críticos –como ahora la nuestra- encuentra quiénes defiendan valores propios de una sana gestión pública y contribuyan a superar el desaliento individual y colectivo. Por encima de sus aciertos y equivocaciones, existen funcionarios cuyo ejercicio al frente de sus cargos ayuda a encontrar algunas razones para el optimismo. El general Carlos Arturo Suárez, por ejemplo, inspector general del ejército, investigó con objetividad el tema del los falsos positivos al interior de su propia institución; el procurador Alejandro Ordoñez, intervino con audacia en el carrusel de los contratos; la contralora Sandra Morelli y la Fiscal Vivian Morales están dejando positiva impronta en su paso por la administración pública. Pero más allá de los casos individuales es preciso reaccionar contra semejante tragedia. Hay que superar el abatimiento social y recuperar en el imaginario de los colombianos un sitio para la esperanza. Existe un hondo problema ético que es necesario resolver. Probablemente nadie tiene la fórmula pero, de seguro, habrá que empezar desde abajo. En la formación de los niños, en el ámbito de la familia, en las instituciones más próximas al ciudadano, en la democracia local. Allí están las respuestas. Si el presidente Santos quiere derrotar la corrupción –o siquiera reducirla a sus justas proporciones como alguna vez lo expresó, en medio de cierta hilaridad ciudadana, el ex presidente Turbay- no basta con apelar a medidas punitivas o sancionatorias. Tiene que comprometerse en un complejo proceso de reingeniería social. Santos tiene ya un puesto en la historia nacional pero, si logra dinamizar ese proceso, sería recordado como el gran estadista que recuperó para su país la certidumbre de que el futuro puede ser mejor que el presente. No tendría par entre los líderes de su espacio y de su tiempo. *Exsenador, profesor universitario atm@cidan.net