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La reacción en cadena que comenzó en Túnez, que prendió la espoleta egipcia y ahora se halla en plena combustión en Libia, ha sido ejemplar por la ignorancia que los gobernantes demostraban sobre el estado de su propia ciudadanía.
Lo más parecido a un vaticinio sobre el futuro del mundo árabe que estos días ha emanado del Departamento de Estado norteamericano ha sido que los monarcas lo tienen mucho mejor para resistir que los presidentes republicanos. La declaración apenas traicionaba la mayor preocupación que embarga estos días a Washington, después de ver como su aliado principal en la zona, Egipto, transita por una especie de limbo geopolítico, que no permite augurar cuánto de esa alianza persistirá una vez que se aclare la densa niebla que hoy rodea El Cairo. Y las preocupaciones número dos y tres de Barack Obama se llaman Arabia Saudí y Marruecos, ambos reinos que se encomiendan directamente a Alá.
La reacción en cadena que comenzó en Túnez, prendió la espoleta egipcia y ahora se halla en plena combustión en Libia, ha sido ejemplar por la ignorancia que los gobernantes demostraban sobre el estado de su propia ciudadanía. Mientras las masas tunecinas creaban una situación en la que el ejército optaba por pedir al dictador Ben Alí que eligiera el exilio, el establecimiento mubarakista en El Cairo aseguraba confiado: “Egipto no es Túnez”; cuando las fuerzas armadas egipcias ordenaban a su presidente Hosni Mubarak, al que habían obedecido como la voz de su amo hasta aquel preciso instante, que se retirara al Sinaí, Muamar el Gadafi afirmaba, con la seguridad que da haber perdido el mundo de vista, que “Libia no es Egipto”. Y hoy Bahréin, Yemen, Omán, Arabia Saudí, Jordania y Marruecos, entre otros, hinchan pecho para decir que sus feudos respectivos no son como los que ya han dado el primer paso para la transición. ¿Lo son?
Lo último que le conviene a Washington, sin que por ello haya que dudar de la sinceridad de Obama cuando pide el fin del ‘gadafismo’, y la democracia en Túnez y Egipto, es que el mundo árabe sufra un acceso de ‘democracitis aguda’. En eso la coincidencia con su verdadero gran aliado, Israel, es absoluta.
Una colección de reyes y presidentes que no sean responsables ante sus pueblos respectivos son gobernantes en relativo precario que necesitan apoyo internacional, suministro de armas, y una comprensión para sus propias flaquezas como sólo Washington puede proporcionar. A cambio de ello, esos regímenes facilitan votos en la ONU; inversiones a domicilio en el caso de los petro-Estados; actitud vigilante contra los terroristas de Al Qaeda, lo que no obsta para que algunos de ellos como la monarquía saudí financien a los de Bin Laden, porque siempre es apropiado apostar una vela a Dios y otra el diablo, en árabe a Alá y a Shaitán.
Y aunque en las simulaciones exteriores se muestren todo lo antiisraelíes que la retórica exige, ni uno solo de ellos quiere que exista un Estado de Palestina, soberano y democrático, porque les pondría sonrojantemente en evidencia. De manera muy diferente esos mismos países, convenientemente democratizados, podrían darle una fuerza a la reivindicación de los derechos del pueblo palestino contra Israel, que sólo la democracia consiente.
Arabia Saudí, única monarquía teocrática en el mundo, fue formalmente fundada sólo en 1926 tras una serie de guerras de expansión libradas por Abedalziz Ibn Saud y sus descendientes, pero su legitimidad se remonta a comienzos del siglo XVIII, cuando un emir tribal selló una alianza con Al Wahab, un reformador religioso de la escuela hanbalita que había fundado una corriente islámica en extremo rigorista, que preconiza una interpretación literal del Corán. No hay un movimiento republicano digno de tal nombre en la península arábiga, pero la riqueza del país ha ido erosionando los vínculos tribales en los que se basa la gobernación autocrática pero no desprovista de un cierto consenso de la monarquía, y se dejan oír voces que le piden al rey Abdalá —84 años y de salud más que frágil— una progresiva adopción de formas de la democracia representativa.
Marruecos es el país árabe donde impera lo más parecido a una legalidad democrática. Hay partidos, elecciones no necesariamente falseadas, y un grado de libertad de expresión; pero con una salvedad, el artículo 17 de la constitución dice apenas con otras palabras que el rey Mohamed VI, de 47 años y en el trono desde 1999, puede hacer lo que le dé la gana. Marruecos, cuya dinastía reina desde mediado el siglo XVII, y su monarca se proclama descendiente del profeta y emir de los creyentes, es decir, Sumo Pontífice musulmán, sí ha conocido un fuerte movimiento republicano, hoy parece que sofocado, y una corriente islamista que no busca el cuerpo a cuerpo con el monarca, pero de arraigo indudable en sus 30 millones de habitantes.
Las manifestaciones en Rabat y Casablanca de unos miles ya que no cientos de millares de seguidores, no han pedido el derrocamiento de Mohamed VI, pero por primera vez en muchos años tampoco portaban retratos del soberano alauí. La revocación de ese artículo sería jubilosamente acogida por una gran mayoría de marroquíes. En ambos casos, el de la península arábiga y el del norte de África, la opinión pide pan y justicia, si no un cambio radical de régimen.
Y lo que hoy es una protesta aparentemente contenible, si no se encuentra pronto el camino de la reforma podría ser el día de mañana, que quiere decir mañana, no en el siglo XXII, una repetición de los ‘tsunamis’ que convulsionan al mundo árabe-musulmán. Esa es la gran preocupación de Washington; que no tiene nada pensado o en preparación para el día en que eso ocurra.
*Columnista del periódico español ‘El País’.