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EN LA CARTA QUE ESCRIBIÓ ESTA SEmana la senadora Gilma Jiménez a Antanas Mockus, se queja de que no todos estén acatando “la decisión de la Dirección del Partido Verde, de invitar a ciudadanos, organizaciones sociales y partidos políticos distintos del Partido Verde” a apoyar la candidatura de Enrique Peñalosa a la Alcaldía de Bogotá, y teme que esto lleve a “que otros partidos contradictores aprovechen la ocasión para tratar de debilitarnos”.
Dice que “celebra y agradece la invitación que el expresidente Uribe le hizo a respetables líderes del Partido de la U, para que inicien diálogos con nuestro partido” y anuncia que está lista a conversar con quienes Uribe designe.
Jiménez es una líder política valiente, cuyo compromiso con la infancia no se ha limitado (por suerte) a destrozar el lenguaje firmándose “senadora de los niños”.
Cuando fue secretaria de Bienestar Social de la alcaldía de Peñalosa, transformó la unidad de recepción de niños abandonados de Bogotá, de la pocilga que era, en un bello jardín infantil atendido por profesionales. Además se le metió a la tarea de desmontar El Cartucho, esa miseria humana acumulada en el corazón del poder bogotano, y con ello rescató a decenas de madres con sus hijos, cuyas desgracias los habían depositado allí como deshechos. Sólo estas dos obras son más de lo que han logrado muchos políticos del país en sus largas y retóricas carreras.
Sin embargo, con esta carta pública la senadora cae redonda en una trampa. El ardid lo tendió Uribe, y no es la primera vez. Ya en 2007 saboteó la candidatura de Peñalosa con sus declaraciones de amor. Sabe que con sólo anunciar su respaldo al candidato verde, inmediatamente lo debilita, pues desdibuja su razón de ser, confunde su causa.
Si alguien quiere instaurar el buen uso de los recursos, ¿cómo podría aliarse con la U, cuyos concejales bogotanos han disfrutado a sus anchas de la rica torta burocrática bogotana que descaradamente ha repartido el alcalde Moreno? ¿Cómo, si fue el gobierno Uribe el que elevó a los Nule de modestos contratistas a ilustres cacaos, a pesar de su escasez administrativa y financiera?
Si alguien defiende la igualdad social, ¿puede aliarse con el partido responsable de la impúdica concentración de la riqueza de los últimos años? ¿Va a sellar pactos con quién? ¿Con Andrés Felipe, el Hood Robin, que les dio ingreso seguro a los hacendados con impuestos de ciudadanos del común y bajo cuyas narices el Incoder legalizó la tenencia de cómplices del paramilitarismo de miles de predios despojados a la fuerza a los campesinos?
Si alguien defiende el “no todo vale”, ¿cómo puede aliarse con un expresidente que autorizó que sus funcionarios metieran hampones por el sótano de la Casa de Nariño y tuvo un íntimo asesor que sibilinamente respaldaba a grupos clandestinos incrustados en el DAS para perseguir e intimidar a magistrados, políticos y periodistas?
Quienes quieren dividir a los verdes no son los “partidos contradictores” de los que habla la senadora Jiménez, sino el mismísimo Uribe y su U con sus cantos de sirena (y la amenaza tácita de lanzarse si los verdes no le caminan). Abrirles la puerta con la esperanza de cautivar los votos de sus simpatizantes será intentar ganar para perder.
Pues sólo si los bogotanos tienen claro quiénes son los verdes y que ahora, como cuando gobernaron la ciudad, defenderán el interés público, la transparencia y la igualdad social, votarán por ellos. Si, por el contrario, perciben que se están yendo por el camino del todo vale para vencer, con seguridad los abandonarán.