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EN EL TRÁNSITO NACIONAL HAY caos y demencia que nosotros mismos hemos creado. Hace rato estamos muy enfermos y ni la comunidad ni los gobernantes reaccionan y, bien por el contrario, la patología se empeora notoriamente día a día, y con ella el malestar crónico del habitante de la urbe.
Lo que es más grave: pregúntele a un conductor o conductora colombianos si se sienten enfermos al agredir al peatón (incluso si el peatón no ayuda, pero es un ser humano sin parachoques), bloquear los cruces, acelerar cuando el de adelante pone luz direccional, pitar a la menor provocación, parar en sitio prohibido, etc… Probablemente se siente sano y en su derecho a expresar su amarga bilis. He ahí la enfermedad más grave: la inconsciencia y la incapacidad de hacer un cambio.
Adentrarse en las causas de la agresividad patológica del tráfico, incluyendo si investigamos por qué las mujeres son más feroces al volante que los hombres, requeriría diez tomos y un doctorado. Pero algunos factores son muy evidentes. Entre los orígenes primarios de la intolerancia encontramos, por ejemplo, el maltrato infantil. A mí me maltrataron, yo ahora de adulto, armado con un arma mortal de cuatro ruedas, me saco el clavo. Ese origen del ventajista que sin miramientos saca provecho, se complementa con la intoxicación por CO2, la polución auditiva, la presión del tiempo o su percepción como presión, la falta de naturaleza del citadino común que no se descarga jamás del cúmulo de estímulos artificiales, la dispepsia por comer chatarra y de prisa, la falta de sueño apropiado por exceso de ruido y luz en la ciudad, entre muchos.
Nos toca como individuos y como sociedad hacer el esfuerzo por crear un nuevo código de tránsito y convivencia. Mucha gente trata, pero rápidamente llega a su nivel de intolerancia. Y sin embargo hay pequeñas cosas que podrían hacer la diferencia:
— Perdonar el error del conductor de al lado, al menos una vez.
— Mirar al ser humano que va entre el automóvil y no dejar que el cerebro olvide que las latas y fierros son sólo la cubierta y adentro van personas, a las que, como en India, Brasil, Europa y Estados Unidos, se les mira a los ojos de carro a carro y se reconoce y respeta su presencia, y se negocia el cruce o se cede el paso.
— Hacer conciencia de las tensiones del cuerpo al manejar, y saber que la respiración larga, con exhalaciones enfáticas completas, baja el nivel de estrés y en consecuencia aumenta el nivel de tolerancia.
— Recordar que somos agresivos por exceso de sensibilidad y no por insensibilidad. Minimizar como individuo la agresión, mejora la convivencia.
— Compadecer a los que en sus busetas tienen que conducir, ganarle a la competencia, recibir el dinero y dar vueltas, trabajar por salarios ínfimos y aguantar muchas horas de ese infierno. Son los animales salvajes de la jungla, en vía de desaparición.
— Aprender, como muchos ya lo han hecho, que la sana resignación es fuente de bienestar. ¿A qué enervarse si no se puede cambiar la situación en el momento?
En último término, el remedio es pensar en el otro y cultivar conscientemente la paciencia y la tolerancia. Se puede, pero hay que hacer el deber con perseverancia cotidiana.