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Las movilidad de bogotanos, a las urnas

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Empieza el debate político para la Alcaldía de Bogotá. Peñalosa y David Luna ya despliegan posiciones diferentes frente al tema de la movilidad que seguramente definirá estas elecciones.

Los bogotanos ya no soportan más deterioro en su calidad de vida. La perdida de tiempo, animo y voluntad en los trancotes está acabando con el espíritu de la ciudad. El problema puede ser atendido de diversas maneras, y será responsabilidad de los electores evaluarlas y definir prioridades. Sin ser experta en tráfico hay observaciones sobre la movilidad en Bogotá que parecen pertinentes. Existe una contradicción evidente entre el crecimiento de la ciudad que es autorizado a pesar de que la movilidad, insuficiente ahora, no se desarrolla a la par y por el contrario solo se deteriora. Bogotá, además, sólo tiene algunas vías continuas, la mayoría se interrumpen. En el norte por ejemplo, está la 7, la 11 y a veces la 9; todas las intermedias deberían extenderse de manera paralela, lo que requeriría la compra de predios o la construcción de puentes elevados. El pico y placa trasladó la negligencia y corrupción acumulada de la administraciones a los ciudadanos con un raciocinio sencillo y vicioso: como no hay vías suficientes, los ciudadanos no pueden usar el carro. Esta medida que debió haber sido provisional, utilizada mientras se construían vías y sistemas de transporte, empieza ya a colapsar. La devaluación del dólar y la presión por la imposibilidad de utilizar medios de transporte públicos aumentó de manera dramática el parque automotor. La ciudad tiene casi 2 millones de carros en circulación. Existe, claro, la necesidad de estimular el uso de servicios masivos en vez de carros particulares. Mockus y Peñalosa optaron por formas restrictivas: pico y placa, altos costos en impuestos y parqueaderos. El mal trato a los propietarios de vehículos particulares solo agrava el daño social que causa la imposibilidad de desplazarse, olvida además que son ellos los que pagan impuestos de rodamiento. La propuesta fracasa en la medida en que no hay un servicio público capaz de movilizar a la población; sin los carros particulares el transporte público no daría abasto. El Transmilenio ya es insuficiente. El sistema mueve 193 mil personas, lo que está más de 4% por encima de su capacidad de carga. Los casi 50 mil taxis en la hora pico son escasos. La necesidad de un sistema de transporte masivo que se interconecte con lo que existe es evidente. Debemos considerar también las alternativas. El metro elevado es más barato y elimina la necesidad de cavar y adentrarnos en una obra que, viendo el ritmo de la contratación distrital, puede no terminar nunca. La concesión de vías nuevas con peajes puede impulsar el crecimiento de malla vial. La gestión de semáforos es definitiva para que dejen de ser luces programadas y tengan capacidad de reacción. Finalmente, la policía de tránsito podría atender las infracciones importantes que afectan el trafico, y no a permanecer en las vías secundarias buscando carros mal parqueados.

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