Ya me he expresado elocuentemente a través de la cuenta de Twitter @Margaritarosadf, cuando la misma Doña Margarita me ha dado la oportunidad de intervenir. Ahora anda toda elevada y por eso me atrevo a ayudarle aquí con lo del artículo.?
Mi historia es tan vieja como Ella porque siempre he estado presente en su vida, pero no crean que como un hecho común y corriente, no. Desde que esta mujer tiene uso de su sinrazón me posesioné como un rasgo contundente de su apariencia física. La gente se fijaba primero en mí porque la niña parecía una libélula, muy pálida y frágil. Yo en cambio me imponía ensortijado con mi propio temperamento amazónico y Ella se aferró a la fuerza que mis alcances le daban para sentirse, si no más bella, eso sí, única, pues nunca le ha gustado parecerse a nadie. No siempre generé comentarios positivos, pues tuve que aguantar mucho sobrenombre ofensivo o burlesco como “avispero”, “paraco” y “greñero”, entre otros. Sin embargo, muy digno seguí adelante con la primitiva majestad de lo puramente natural. Es decir, seguí comportándome como un salvaje.?
Desde el principio de nuestra vida, Ella se dio cuenta de mi poder sobre su personalidad y así se creó esta relación tormentosa y apasionada, porque no hay cosa que genere sentimientos más viscerales que saber que uno depende de algo o de alguien, pero también admito que la señora en el fondo me aprecia. ?
Sabiendo esto, me dejó crecer hasta más abajo de su cintura, que en aquellos años adolescentes ni se sabía dónde quedaba porque su cuerpo era como un lirio largo y sin formas. Mi patrona, Doña Margarita, como la llamo irónicamente porque el que manda soy yo, me mantenía suelto y desafiante, le encantaba escandalizar encrespándome más de lo que ya estaba amarrándome en gajos con unos trapitos antes de dormirse, y al otro día cuando me dejaba libre, yo salía cual fuga de caballos al galope en estampida feroz, y así nos íbamos para el colegio. No tardaron en mandarnos la policía, pues mi volumen no dejaba ver el tablero a las compañeras de clase que tenían la mala suerte de sentarse detrás de nosotros (Doña Margarita y yo ) y me ordenaron ir amarrado en una trenza obligatoria. ?
Todo el mundo tenía que ver con “ ese pelero” y la joven estaba muy contenta creciendo a la par conmigo, hasta que un día se nos acabó la dicha. Los piojos, fascinados con mi abundancia desde el primer momento, decidieron que yo era el lugar ideal para establecerse y reproducirse así como les gusta a ellos, en segundos y por millones. Tengo que abonarle a Doña Margarita su lucha con uñas y dientes para que no me cortaran, haciendo sentar a la mamá durante dos tardes con una peineta ( mi peor enemiga ), para arrancarme de mi mismísima alma y una por una esa mano de liendras, que hay que ver cómo estaban de bien acomodadas en cada hebra de mi animalidad. En vista de que la señora madre no daba abasto, me echaron petróleo, vinagre, Diablo Rojo y finalmente Cruz Azul para neutralizar la invasión pero no había nada qué hacer. Se tomaron medidas drásticas y me pasaron una máquina rasuradora sin compasión.?
El paisaje triste de la devastación era la cabecita de esta niña que lloró semanas enteras por mi súbita desaparición. Pasaron los años mientras se cumplía el juramento de que nunca, nunca, me volvería a dejar cortar. Así fue. Desde ese entonces, no es que hayamos sido felices para siempre porque esta mujer es necia a veces, y yo me le rebelo porque no me gusta que me esté echando cosas raras. La última fue un tratamiento dizque para relajarme y de pura pica me le quedé baboso y dormido como por dos años hasta que me despertó Ella de un tijeretazo. Sí, le hice falta yo, su estropajo libertario de toda la vida! Comprobé lo que siempre he pensado.(Qué pena con Doña Margarita pero ella sin mí no es nadie).