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El Loro

Lidis Viloria vio morir a su tío a manos de paramilitares en Arboletes.

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Lidis Viloria, una mujer muy humilde, es la persona que nos ha ayudado en la casa por un tiempo largo. Esta mujer, nacida en el Urabá antioqueño, en Arboletes, recuerda a su tío José Luis Ramos como una persona alegre que siempre estaba dispuesta a ayudar a los demás. Con el Loro, como ella cariñosamente le decía, vivió grandes momentos. Momentos que van más allá de las risas: él fue su figura paterna durante la infancia, después de que su padre la abandonara a los pocos años de haber nacido. Lidis habla de su infancia como unos “años tranquilos, aunque hubiera paramilitares en la zona”. Cuenta que Arboletes era controlado por este grupo, sin embargo, nunca le habían hecho nada a ella ni a su familia hasta que cumplió 11 años.

Lidis recuerda que su tío la ayudaba a escaparse de la casa y la llevaba al río San Juan, allí jugaban a cruzarlo a escondidas de su mamá, Ana. Recuerda que su tío se paraba a un lado y le amarraba una cuerda a la cintura para que pudiera pasar sin que la corriente se la llevara. También recuerda que su tío la defendía cada vez que su mamá la iba a regañar, y que él le sacaba chiste a todo para que su familia estuviera feliz. Recuerda que en las noches la oscuridad inundaba las calles por la falta de luz pública y que esa oscuridad era rota por las antorchas que clavaban con su tío para que pudiera jugar junto con otros niños. Lidis recuerda a este hombre con gran alegría, pero a la vez con nostalgia: no pudo crear más recuerdos después del 11 de febrero de 1991.

José Luis Ramos empezó a prestar el servicio militar a los 17 años en el batallón de Caucasia, Antioquia. Cada vez que llegaba el momento de visitar a su familia en Arboletes se dejaba crecer un poco el pelo para que los paramilitares no se dieran cuenta de que era un militar. Mientras él prestó el servicio, Arboletes vivió una época relativamente tranquila. Relativa porque aunque no hubiera ataques de los paramilitares, la gente se sentía vulnerable e impotente frente a ellos. El Loro escondía su identidad militar previniendo que vieran su corte de pelo, y cada vez que iba a su pueblo toda su familia lo recibía con grandes ansias. No le importaba tener que hacer el doble de ejercicios por tener el pelo largo, ya que en su vida primaba la seguridad. José Luis, además de cumplir con el servicio, se dedicaba a jugar béisbol. Lidis recuerda que su tío se ponía el uniforme del equipo de Arboletes con gran orgullo. Cuenta que le encantaba este deporte y era uno de los mejores jugadores del equipo. Recuerda cómo se veía con su uniforme de color rojo y cómo cada vez que salía, su familia y vecinos se reían con cariño, ya que el uniforme era “bien pegadito al cuerpo”. El Loro daba todo por el béisbol y uno de sus sueños era llegar a ser un jugador profesional.

Pero el sueño que más anhelaba era formar una familia. Quería tener dos hijos con su novia y sacarlos adelante. Lidis cuenta que ella lo molestaba diciéndole que no iba a poder tener una familia porque cocinaba muy feo, pero él, como siempre, se reía de todo e igualmente sabía que ella lo hacía por molestar, ya que eso era lo que se pasaban haciendo juntos. Aunque fuera un “pelaíto” (como ella lo describe), era un hombre muy religioso. Iba a misa frecuentemente y siempre llevaba un rosario en su cuello. No se lo quitaba nunca ni se lo prestaba a nadie. Este fue un regalo que le dio un amigo que era sacristán. La única vez que prestó el rosario fue el día de la primera comunión de Lidis. Como este objeto estaba bendito, el Loro se lo prestó en la preparación de esta celebración. Le dijo que era un préstamo, pero que el día que él se fuera de la casa se lo iba a regalar para que lo recordara.

Los años pasaron y los noventa llegaron con fuerza a destruir familias enteras. Los paramilitares se descontrolaron y arrasaron con el pueblo de Arboletes. La seguridad en esta zona disminuyó notablemente y la presencia del Estado o las Fuerzas Militares fueron nulas. Reclutaron a hombres y niñas. Los primeros, para que se unieran al grupo armado, y las segundas, para explotarlas y violarlas. Ana, hermana de José Luis y madre de Lidis, le decía al Loro que se fuera a Cartagena (quedaba a ocho horas en bus) o, en su defecto, a Montería, a sólo 45 minutos del pueblo. Pero José Luis no quiso irse: amaba a Arboletes. Le encantaba compartir con sus vecinos campesinos. Incluso, durante este tiempo, el Loro conoció a una mujer y se enamoró de ella. Empezó a cumplir su sueño, ya que ella quedó embarazada.

Los recuerdos de asesinatos, incendios, disparos y desapariciones empezaron a crearse en la mente de Lidis por todas las acciones inhumanas que tomó este grupo armado. Hay una muy fuerte en su memoria: una casa incendiada por los paramilitares y, junto a ella, todos los integrantes de una familia ardiendo en llamas. Pero el recuerdo que más la marcó fue el día que los paramilitares asesinaron a su tío.

Todo ocurrió el 13 de febrero de 1991. Lidis, que tenía 11 años, se encontraba en casa con su tío, su hermano y su mamá. Ninguno de ellos era mayor de 30 años. El Loro acababa de llegar de jugar béisbol y estaba a punto de quitarse su uniforme mientras Ana cocinaba la cena. Lidis recuerda estar correteando en la sala de su casa con Álvaro (su hermano menor) y con su tío. El olor de la comida fue interrumpido por el sonido de unos disparos y Ana ordenó a sus hijos y a su hermano que se encerraran en su cuarto. Ana sabía que la situación se estaba poniendo bastante peligrosa, ya que sus vecinas le habían contado que los paramilitares andaban reclutando jóvenes. Lidis recuerda haber oído a la gente hablar sobre unas listas que tenían estos hombres. Ellos sabían quién era cada habitante del pueblo, su edad y qué tan bueno iba a ser para reclutarlo.

El miedo invadió a Lidis y a su familia y, al recordar el sonido de esos disparos, cuenta que sintió un escalofrío en su cuerpo. Los hombres tumbaron la puerta y entraron sin piedad. Le preguntaron a Ana si se encontraba su hermano y ella dijo que sólo estaban sus dos hijos. Dice que aunque hubiera estado encerrada podía oír todo porque la casa era de madera. Ella estaba debajo de la cama, abrazando a su hermano, pero su tío estaba escondido detrás de la puerta del cuarto. Los paramilitares empujaron a Ana a un lado, y tumbaron otra puerta: la del cuarto en la que se escondía José Luis. Al ver cómo los paramilitares lo cogieron y lo forzaron a ir a la sala, Lidis y su hermano salieron y corrieron a abrazarlo. Los paramilitares la empujaron y le dijeron a Ana que los “cogiera duro para que no estorbaran”. Lidis recuerda los gritos de Ana diciendo: “Mi hermano no le ha hecho nada a nadie. Él no les ha hecho nada malo”. Y como respuesta frente a sus súplicas, recibía con una voz gruesa: “No nos importa. A este nos lo vamos a llevar. Así sea a las buenas o a las malas”.

Su tío tuvo una respuesta muy particular, ya que era una persona muy firme en su carácter y no iba a obedecer órdenes de esos hombres. “Háganle, mátenme. Pero yo no les voy a caminar”. Lo sacaron arrastrado hacia la entrada de la casa. Lidis se tuvo que quedar adentro, abrazada de su mamá y su hermano, viendo cómo torturaban a su tío. “A esas personas no les importaba nada. Era como si no tuvieran familia, hermanos, mamá, nada. Como si no tuvieran corazón”, cuenta Lidis. Mientras era arrastrado, Lidis gritaba con todas su fuerzas y entre lágrimas: “Tío, tío…”, Ana trató de hablar con los paramilitares; la única respuesta fue “o se va con nosotros o se muere. Así de simple”. Ana decidió coger a sus hijos y darles la vuelta. Los paramilitares le prohibieron a Lidis, a Álvaro y Ana gritar o llorar cuando escucharan los disparos que acabarían con la vida de su familiar y le ordenaron a Ana que “callara a los pelaos”. Lidis recuerda que era imposible tragarse las lágrimas que la invadieron. “Cómo no vas a llorar tú la muerte de un ser querido. Cómo pretendían que uno no se ahogara en las lágrimas. Cómo pretendían que a uno no le importara el fin de los sueños y anhelos de una familia”, dice. Las últimas palabras que recuerda del Loro fueron lo que él le pidió a Ana: “Mi hermana, lo único que te digo es que cuides a los pelaos”. Lidis corrió a abrazar a su tío y vio cómo se desangraba por la boca. Los paramilitares se montaron en sus caballos y se fueron. “Como si nada. Sin decir nada”.

Cuando enterraron al Loro todo cambió. Lidis recuerda que se sentía como si faltara un pedazo de ella. Recuerda cómo caminaba y sentía que la soledad la invadía. Cuenta que desde ahí todo fue más difícil. Ya se tenía que cuidar más. Ya no salía a jugar. Ya no tenía con quién jugar.

Quince días después llegó el ejército. “¿Ya para qué?”, cuestiona Lidis. Lidis recuerda que en ese mismo año hubo una pelea entre las Farc y los paramilitares por un territorio y recuerda el sonido de la bomba puesta en un puente que mató a catorce oficiales del Ejército. Lidis dice que desde ahí se “desató una guerra en la que uno no sabía ni pa dónde coger”. Tuvo que desplazarse a Necoclí, y cuenta que ahí todo fue peor. Estaba en el corazón del Urabá. Tuvo que dormir en la montaña, tapándose con hojas de los árboles porque no tuvo tiempo de sacar nada.

El tiempo pasó y la vida la llevó de vuelta a Arboletes. Ahí es donde actualmente vive su familia, mientras ella trabaja en Bogotá. Dice que la zona sigue siendo controlada por los paramilitares y que hay muy poca presencia del Estado. Dice que todo es más calmado, sin embargo, sigue siendo peligroso. Cuenta que uno camina por el monte y encuentra fosas comunes. Lidis vive con el miedo de que se lleven a su hija, porque eso no ha cambiado: “a las vírgenes se las llevan. Las muchachitas son un plato fuerte para los paramilitares”. Lidis cuenta que siente mucho miedo e incertidumbre porque no sabe qué puede llegar a pasar con su hija.

Lidis dice que el aprendizaje que esto le dejó fue que “uno muchas veces cree que todo va a durar para siempre, pero no es así. Aunque no todo sea duradero, siempre va a haber una esperanza, así se nos caiga el mundo encima. Siempre va a haber una luz que nos va a dar fuerza”. Y esa luz de la que habla Lidis son los recuerdos que le quedaron de su tío. Recuerdos que sobresalen cada vez que mira las pelotas de béisbol con las que el Loro jugó, o cada vez que mira dentro de un cofre, el rosario que su tío le dejó. Son simples objetos, sin embargo, llenan la memoria de Lidis ya que le recuerdan todo lo vivido con su tío. Dice que los hechos de la violencia están ahí. Que el hecho de que ya haya pasado mucho tiempo, no significa que lo haya olvidado. Dice que es algo bien difícil, pero cierra su relato diciendo que “recordar es vivir”.

* Estudiante del colegio Los Nogales.

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