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Lo que tiene que hacer Obama para arreglar la economía

La crisis en Estados Unidos requiere un nuevo tipo de macroeconomía, tras su desplome el año pasado. La economía de EE.UU. está cayendo en la recesión, con déficits presupuestarios enormes.

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La elección de Barack Obama ofrece una impresionante esperanza de recuperación económica, ciertamente una esperanza de proporciones históricas para Estados Unidos y para el mundo entero. Y podemos concretar el cambio si logramos escapar de un pensamiento estrecho y de hacer apenas pequeños ajustes al margen de la política pública.

Más trucos del estilo de los cheques de reembolso impositivo o tasas de interés cero por parte de la Reserva Federal, como algunos están proponiendo, no serán suficientes. El gobierno necesita una clara estrategia a mediano plazo para revigorizar los gastos de inversiones privadas. También necesitará acrecentar los ingresos presupuestarios en los próximos años para efectuar urgentes inversiones públicas en el corto plazo, y una vasta reestructuración en el largo plazo. Una recuperación en el corto plazo podrá concretarse si existe claridad en la dirección a largo plazo del cambio económico.

En resumidas cuentas, la crisis económica de Estados Unidos requiere un nuevo tipo de macroeconomía y es la tarea más urgente del presidente electo Barack Obama.

El fin del boom del consumo señala el colapso de una era que comenzó con Ronald Reagan. Algunos expertos y políticos querrían retornar a la era de Bill Clinton, pero la política económica de esa época era un compromiso con el reaganismo que ahora no resulta suficiente.

La economía de Estados Unidos está cayendo en la recesión. Los déficits presupuestarios son enormes. La Reserva Federal alentó el exceso irresponsable de préstamos para la compra de viviendas y para las tarjetas de crédito, alegando que era la forma de mantener el crecimiento de la economía.

Un país en el que nadie ahorra durante años, y pide prestado en el extranjero, está destinado a pagar un fuerte precio, y el momento de ese ajuste de cuentas ha llegado a Estados Unidos. Pero, inclusive hay factores aún peores.

Mientras crecían las burbujas de las viviendas y del consumo, y la guerra en Irak no sólo causaba pérdidas de vidas, sino también de dinero, surgieron una serie de otros cruciales desafíos. Se hizo caso omiso del medio ambiente, de la energía, de la infraestructura, de la desigualdad y de la pobreza global. Ahora, la macroeconomía y la crisis estructural se han aunado.

He aquí un resumen de nuestras miserias a nivel macroeconómico. La década del setenta marcó el fin de dos eras: la del sistema monetario respaldado por el oro (que concluyó entre 1971 y 1973) y la era del petróleo barato, que culminó en 1973. Esa crisis dual causó varios dolorosos años de stagflation (una combinación de estancamiento del crecimiento económico y de inflación).

Jimmy Carter tenía razón al aludir al desafío a largo plazo que representaba el encarecimiento de la energía, pero muchos se burlaron de sus esfuerzos, que fueron abandonados apenas salió de la Casa Blanca.

Ronald Reagan hizo un mal diagnóstico de la stagflation. Y de esa forma, puso a Estados Unidos en un curso económico que resultó desastroso a largo plazo. Reagan y sus colegas señalaron, de manera equivocada, que los problemas eran resultado de la regulación del gobierno, de impuestos excesivos y de las dádivas de la Beneficencia Social. Se ignoró la necesidad de rediseñar la política monetaria y la política energética a largo plazo.

Por lo tanto, se procedió a desmantelar buena parte de la red de seguridad social. De esa manera, se creó una subclase en Estados Unidos que es sobrecogedora en relación con los estándares de cualquier economía avanzada. En estos momentos, Estados Unidos figura en el lugar 24 en expectativas de vida a nivel mundial y en el 25 en materia de mortalidad infantil.

Bill Clinton revirtió algunos de los excesos, pero básicamente su gobierno fue un compromiso con la era de Reagan. Durante la década del noventa, los impuestos por ingresos fueron bajos y Washington continuó desmantelando la red de seguridad social y acelerando la desregulación de los mercados financieros. Se redujo drásticamente la asistencia al extranjero durante la década del noventa, permitiendo que aumentaran la pandemia de sida y la hambruna en África. Entonces, como ahora, los norteamericanos no lograron entender que la hambruna y las enfermedades son terreno de cultivo del conflicto y del extremismo.

El gran capital infectó aún más el sistema político, y demócratas y republicanos hicieron las paces con las vastas riquezas y con los innovadores de alto riesgo en Wall Street.

Marx dijo que la historia viene primero como tragedia y luego como farsa. Bajo la era de George W. Bush, tuvimos ambas cosas de manera simultánea. El gobierno de Bush consideró que la política macroeconómica consistía en consumir de manera desaforada y en hacer reducciones impositivas. Las familias solicitaron préstamos usando sus viviendas como colaterales.

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Como resultado de todos esos cambios, tenemos ahora una economía de rodillas. El gasto al consumidor está en caída libre, derribando industrias como la de la construcción, la del automóvil y otras que se basan en el consumo. El desempleo subirá varios puntos. El déficit del presupuesto se está acrecentando de manera acelerada.

La dependencia de Estados Unidos en materia de préstamos del exterior también ha adquirido proporciones insostenibles: más de 700.000 millones de dólares anuales, la mayor parte en bancos de Asia.

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El sector de energía está desquiciado. No hay una estrategia nacional para lidiar con la seguridad energética, su disponibilidad, y con el cambio climático.

Por cierto, la única cosa en que el gobierno de Bush consiguió financiamiento fue para sus invasiones militares y sus ocupaciones. Se trata de una inversión cuyo rendimiento es negativo en un 100%.

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La estrategia económica que divulgó Obama durante su campaña tiene las piezas correctas, pero deberá mostrar audacia para hacer un cambio real. Tiene razón cuando dice que debemos gastar más en investigaciones, en desarrollo y en la producción de energía limpia y sustentable. También está absolutamente correcto cuando dice que Estados Unidos estará mucho más seguro haciendo inversiones en el exterior que librando guerras. Ha propuesto 50.000 millones de dólares en asistencia para el desarrollo en 2012. Pero eso será insuficiente para lidiar con las múltiples crisis del agua, del hambre, de las enfermedades, de la población y del clima en África, el Medio Oriente y el Asia Central.

Estados Unidos tendrá que superar su alergia extrema a los impuestos, pues el gobierno sufre enormes déficits fiscales y no se han satisfecho urgentes necesidades públicas. Los asesores económicos de Obama han señalado que su propuesta de paquete impositivo permitirá obtener ingresos fiscales federales de alrededor del 18% del Producto Interno Bruto. Sería similar al promedio de recaudación impositiva de los años de Reagan. De esa manera, el reaganismo seguirá vivito y coleando, como lo hizo durante la época de Clinton.

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Se mantendrá en Estados Unidos un gobierno pequeño, que no permitirá resolver los problemas de energía, infraestructura y pobreza a nivel interno y externo.

El punto básico debe resultar bien claro: nuestros problemas necesitan un robusto programa fiscal, con un gradual ascenso, durante la próxima década, de los ingresos impositivos que constituyan una porción del PBI. De lo contrario, no podrán ser resueltos.

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Nuestros problemas macroeconómicos requieren grandes inversiones públicas en nuevas tecnologías, en infraestructura, en educación pública y en la disminución de la pobreza. En poco tiempo más, los norteamericanos tendrán que comenzar a pagar por esas inversiones, en lugar de seguir pidiendo prestado al exterior.

Existen apremiantes necesidades locales y globales, y el dinero tiene que venir de alguna parte. El único lugar de donde puede venir es de una base impositiva más vasta. Y para eso, hay que abandonar la mitología encarnada en Reagan y en Bush.

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En suma, las recetas que se han venido proponiendo desde 1981 han pasado de moda y son peligrosas para nuestra propia sobrevivencia.

Ha llegado el momento de dejar de hablar acerca de quién puede devolver más al público en reembolsos impositivos, y ponerse a hablar acerca de la forma de invertir en nuestro futuro a fin de salvar a los pobres, sostener al resto y crear un mundo decente para nuestros niños. Esos son los verdaderos valores familiares.

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 *El economista Jeffrey Sachs, autor de ‘The end of poverty’ y de ‘Common Wealth: economics for a crowded planet’, dirige el Earth’s Institute en la Universidad de Columbia. Es asesor especial del secretario general de las Naciones Unidas, Ban Ki-moon.

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