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Los hijos como testaferros políticos debilitan el poder y la imagen de un gobernante. Su presencia en el escenario, para dar explicaciones que corresponden al jefe del estado o del gobierno, da la sensación de impotencia, pérdida de control, temor fundado en consideraciones invisibles a la luz pública y, claro está, tendencia al monopolio familiar del poder.
La ausencia del jefe en momentos cruciales abre todo tipo de sospechas sobre su estado de ánimo y su verdadero margen de maniobra política. Además constituye una falta de consideración con el público, tanto hacia sus enemigos como hacia sus propios amigos.
Aunque el gobierno no lo quiera aceptar, la secuencia de agitación que afecta el mundo árabe ha avanzado de manera significativa en Libia. Lo que no es extraño, bajo las circunstancias del proceso de arreglo de cuentas de países que llevan varias décadas con el mismo gobernante y tienen una población joven que reclama renovación y nuevas perspectivas. Muammar Gaddafi apenas apareció furtivamente en los medios de comunicación para explicar que se encuentra todavía en el país. Lo que resulta curioso, significativo y digno de toda sospecha, es que haya sido su hijo Saif al Islam, quien compareció a manifestarse como vocero del gobierno y sustentador de la línea política del gobernante que por cuarenta y dos años ha regido ese enormemente rico país petrolero, líder del radicalismo anti-occidental.
Las particularidades de Libia deben ser tenidas en cuenta, para tratar de entender lo que sucede y, sobre todo, para imaginar lo que se aproxima. La índole del gobierno de Gaddafi es muy distinta de la de los regímenes recién caídos de Túnez y Egipto. Nada de agenciamiento de intereses occidentales, nada de búsqueda de prestigio y apoyo en los medios tradicionales del poder, y al parecer nada de corrupción que involucre al jefe. Lo que indica que el único denominador común con los regímenes que hicieron agua hace unas semanas es la longevidad del régimen y su carácter represivo.
La división cultural y política entre la Libia oriental y la occidental, con sus respectivas capitales de Benghazi y Trípoli, lo mismo que las rivalidades tribales que jamás han desaparecido, hacen complejo el panorama. Y las experiencias durísimas de actos implacables de abuso del poder armado, como el de la muerte de mil prisioneros a manos de las fuerzas de seguridad con motivo de un motín en la cárcel de Abu Silaim, en la capital, hacen pensar que existen suficientes razones para contradecir al régimen, lo mismo que para defenderlo. Hasta el momento parece evidente que los rebeldes han conseguido el control de la región de Cirenaica, al oriente del país. Pero también es cierto que las manifestaciones más importantes ocurridas en la capital fueron protagonizadas por los seguidores, y no por los oponentes, al régimen de Gaddafi. Lo que hace aún más peligrosa la situación, porque siendo así las cosas, la advertencia de la eventualidad de una guerra civil, hecha por el hijo del gobernante, parecen estar muy cerca de la realidad.
El intento de acallar las voces de protesta con base en amenazas, no puede ser más contraproducente. Así haya tratado de ser matizado con excusas por los posibles errores y excesos de los primeros días, cuando las fuerzas de seguridad, según su costumbre, trataron de acallar las voces de protesta conforme a su tradicional sistema de producir unos cuantos muertos, para escarmiento de quienes pudiesen pensar en insistir en su campaña. Pero todo parece indicar que el pueblo libio que milita en la oposición no está listo a desmovilizarse. Salido ya a la calle, con la segunda ciudad del país ejerciendo un protagonismo notable, con las tribus divididas, con la represa de millones de jóvenes, otra vez, desencantados con el cierre de oportunidades de disfrutar de lo que ven a otros disfrutar gracias a los medios de comunicación, el pueblo está dispuesto al parecer a ir hasta el final, en lugar de devolverse al escondite de la casa. De donde, piensa, lo sacarán más tarde para tomarle cuentas.
Los elementos de la disputa por un poder hasta ahora indiscutido están planteados. Y no es solamente el gobierno el que se puede dar el lujo de amenazar y conminar con la seguridad de que los manifestantes saldrán corriendo. Los manifestantes también pueden anunciar y producir una intensificación de las protestas, para terminar en una de esas andanadas populares contra las que no hay ninguna posibilidad de actuar, siempre y cuando no sea mediante la apelación a la masacre. Vista la sangre, han dicho los manifestantes, se acabó el miedo.
Como sucedió al parecer en Egipto, y como suele suceder en casos similares, la clave la tienen las fuerzas armadas, compuestas por al menos ciento veinte mil soldados hasta ahora fieles al Coronel, que a la hora de la verdad tendrían que escoger entre responder al clamor y la resolución populares, o dedicarse a matar compatriotas hasta la última bala. Con lo cual estarían sembrando la semilla de la autodestrucción del país. Cosa que la sensatez no recomienda.