Diplomacia de fusil

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Ante la extensión de la minga indígena en el Cauca, poco previsible para una tradición política acostumbrada a las protestas fugaces y a la resignación, empiezan a resonar las medidas de fusil si los tiempos se vuelven insostenibles para el curso de las vías y para la imagen y el prestigio del primer mandatario que sigue esperando soluciones desde un búnker. La tradición los obliga a reaccionar con la fuerza y no lo pensarán demasiado ahora que un diálogo resulta insostenible para ellos: un Gobierno que preferirá un desastre antes que aceptar una vez más otra concesión y otro reflejo de debilidad: su marca es la fuerza y la pureza de la verdad; su base teórica es la defensa del Estado contra toda sospecha y toda aparición anómala en la costumbre de los símbolos. Su historia es la historia del honor y la supremacía de las instituciones que los custodian. José Obdulio Gaviria lo ha sugerido con los impulsos propios del Cartel de Medellín: un despeje con fusiles que evite la prolongación de la protesta y la concentración progresiva de las comunidades. Paloma Valencia lo pide también bajo la tradición de su abuelo, ese antiguo diputado del Cauca que ascendió hasta las huestes del poder y ordenaría después el bombardeo de Marquetalia reinaugurando la guerra y otras décadas más de venganzas postergadas. Álvaro Uribe es el primer consejero en la reacia negativa del presidente de papel al diálogo: todo conllevaría inevitablemente a una devolución de tierras impensable: sus pertenencias y sus miles de hectáreas recapituladas en la historia moderna que no puede discutirse, tampoco la historia del conflicto ni los traspasos sospechosos entre grupos armados ilegales a los nuevos nombres que limpiaron la sangre y los procedimientos. Así que solo quedarán dos opciones si la minga se resiste a desaparecer por la vía incisiva del cansancio: usar todos los métodos y los recursos de la retórica para una nueva promesa dilatoria o el uso de las botas y el fuego de los fusiles para despejar la Panamericana y reafirmar, de una vez por todas, quién tiene la legitimidad y el privilegio oficial para nombrar lo correcto.

La Masacre de las Bananeras tuvo el mismo contexto y un final que tranquilizó a las multinacionales afectadas y al Gobierno de turno, pero cubrió todo el siglo de ceniza y abrió todos los frentes de la destrucción. Reprimieron una protesta a balazos, pacificaron el disenso, y esos mismos argumentos llegarían 100 años después con todos los muertos inútiles y un país destrozado. La historia puede repetirse ahora que una petición antigua sobre el resarcimiento de las tierras legítimas sigue ignorándose, amenazada con la represión de la fuerza pública si la insistencia en discutir problemas impronunciables sigue aumentando el desprestigio de la pureza estatal y el porcentaje de favorabilidad tan necesario para futuras estrategias. Pero los frentes de un Gobierno imposibilitado al reconocimiento de la complejidad siguen cercándose, y el presidente sigue sin hablar desde el desconocimiento profundo de su poder. La minga seguirá creciendo y un paso en falso en el uso de la fuerza puede incendiarlo todo, una vez más sobre el principio de otro siglo.

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