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En la galería Marlborough de Madrid hay una muestra de pinturas recientes de Fernando Botero, y lo que más impacta de entrada, apenas se cruza la puerta, es el refrescante contraste con la mayor parte del arte contemporáneo.
Los temas son familiares: bodegones, un torero, una escena de calle, una dama de sociedad. Cada uno está pintado en el famoso estilo del maestro, que busca, insaciable, exaltar el volumen y comunicar la grandeza de las formas, lo que la gente a menudo confunde, con gracia, con la gordura.
Pero lo más notable, repito, es el contraste con el arte actual. Porque éste parece regido por un solo objetivo, que es denunciar los conflictos de la modernidad. Y aunque Botero ha hecho eso mismo en otras series, su prioridad siempre ha sido, ante todo, crear belleza. Y aquí esa meta es exclusiva: brindar deleite estético. Por eso el contraste es refrescante, lleno de luz y optimismo, pues rebosa alegría y entusiasmo por la vida.
En la obra de Botero no predomina el dolor o la angustia, como vemos en el arte de Edvard Munch o Francis Bacon, sino la celebración de aquel milagro fugaz que es la existencia. ¿De dónde viene esta tesis de Botero? De una de sus mayores convicciones: la vida vale la pena de ser vivida, y la función del arte es festejar la vida y no rebajarla. No es una creencia ingenua. Al contrario: nace de un largo estudio de la historia del arte, de comprobar que la mayoría de cuadros, dibujos, frescos y esculturas que han hecho los artistas desde siempre, y a pesar de sus muchas diferencias de estilos, tiempos, lugares y culturas, ha sido sobre temas amables y con un fin: celebrar la vida, la belleza y el placer. La obra de Botero comunica la alegría de vivir, y eso sucede no sólo por su filosofía y por su dominio de la historia del arte (y pese a las duras vivencias que el artista ha padecido en su carrera), sino también por el placer tan grande que él siente al trabajar.
Ahora, a diferencia de otros artistas que captaron la velocidad de la acción, como se aprecia en el famoso cuadro de Velázquez de las hilanderas, donde se ve el giro de la rueda en trazos borrosos, la obra de Botero se nutre del arte italiano del Renacimiento y en particular de Piero della Francesca. Y se nota en la quietud de las figuras, el instante detenido para siempre que alude a la eternidad.
Más aún, en estas pinturas están presentes todos los rasgos del estilo de Botero, como son la serenidad de sus personajes. La importancia del volumen. La poesía y la monumentalidad de las formas. La precisión geométrica de la composición. La atmósfera de calma y placidez. La elegancia formal. La expresión impávida de las personas. Y el hecho de que cada objeto está pintado en un color propio. Y qué colores son. Porque aquí la pureza de los pigmentos y la luminosidad que emiten reflejan la vitalidad de una mano juvenil. Como lo suele hacer la pintura más sublime del arte universal.
Lo he dicho antes: la explicación de la importancia de Botero consiste en la creación de un estilo único, original y fácil de reconocer. Y la explicación de su popularidad consiste en que su obra irradia belleza y sensualidad, ofrece deleite estético y, ante todo, celebra la vida. Por eso siempre digo que su arte capta el verso de Octavio Paz: “El olvidado asombro de estar vivos”.