La traición a la utopía

Arturo Guerrero
05 de abril de 2019 – 12:00 a. m.

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En 1989, en su primer viaje a México, al novelista policiaco Leonardo Padura lo petrificó la caída del muro de Berlín. Visitó la casa donde fue asesinado Trotsky, casi sin saber quién había sido el segundo líder de la Revolución Bolchevique, después de Lenin. En la Cuba donde había nacido Padura, solo se conocía lo permitido por los dirigentes soviéticos, y Trotsky era anatema.

He aquí la conmoción humana que le produjo la casa-museo: “(es) un verdadero monumento a la zozobra, el miedo y la victoria del odio”. En ese sitio y momento el escritor quedó preñado de la novela El hombre que amaba a los perros, que le sirvió para reflexionar “sobre la perversión de la gran utopía del siglo XX, ese proceso en el que muchos invirtieron sus esperanzas y tantos hemos perdido sueños, años y hasta sangre y vida”.

Tiene 63 años, siempre ha vivido en La Habana. En entrevista para la revista Bocas destapó su manía creativa: “Siempre he trabajado como un animal”. Es el más grande y premiado novelista de cuantos viven “en las cuatro paredes de la isla”. Encamina su género negro a “descubrir una realidad, no a desenmascarar al asesino”.

Eso exactamente es la novela sobre el amor a los perros y el homicidio de Trotsky bajo el picante piolet del republicano español Ramón Mercader. Los lectores saben de antemano los ingredientes de la trama culminada en 1940. El verdugo está desenmascarado. No obstante, la estructura de la obra, su abigarrado caudal histórico, el escalofrío que va subiendo, sueldan los ojos sobre las 570 páginas.

¿Cuál es la realidad que descubre esta obra de arte, que es a la vez un pregón sobre el linaje contemporáneo? Se inmiscuye en el torbellino de la Revolución Rusa a partir del rapto del poder por Stalin, tras la muerte de Lenin en 1924. Rastrea el peregrinaje de Trotsky por Europa y Asia, luego de ser defenestrado de la URSS.

Respira en el hombro de la guerra civil española, uno de cuyos combatientes comunistas fue despojado de cerebro, identidad y emociones en una base de la inteligencia soviética, hasta convertirlo en máquina de matar. Husmea en las poquedades de los comunistas mexicanos, entre ellos los pintores Rivera y Siqueiros. Se detiene en “la pobreza equitativa” de la Cuba revolucionaria y en el desengaño de la generación que nació, creció, se ilusionó y se castró con ella.

Claro, este vasto muro del XX está atravesado por el pelambre muelle de los perros, que fascina a víctimas y victimarios. Los galgos rusos confieren humanidad al “desastre cósmico”, lamentado así por el narrador: “La Utopía fue traicionada y, peor aún, convertida en la estafa de los mejores anhelos de los humanos. El sueño estrictamente teórico y tan atractivo de la igualdad posible se había trocado en la mayor pesadilla autoritaria de la historia”.

Lo que hace este libro de Padura no lo han hecho las izquierdas del mundo. Mucho menos las de Colombia. No han mirado adentro de sus herencias despóticas, de la ideología de odio y miedo que las permea, del marco organizativo que las convirtió en iglesias.

arturoguerreror@gmail.com

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